Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: Neichel Matrícula de honor en todas las guías gastronómicas al uso, un sentido ético y estético que no va a la zaga de la cocina, un lujo sobrio, sin alharacas, voilá Neichel
09 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Neichel (C/ Beltrán i Rózpide, 1-5, antes Av. De Pedralbes, Barcelona. Tel. 932 038 408) acaba de cumplir sus primeros veinticinco años de existencia. Seguramente los hijos de Jean Louis y Avelina, Mario, que ya ha terminado sus estudios de Hostelería en la Escuela de San Ignacio, y sus hermanas, las trillizas en flor Silvia, Mar y Paula, que continúan preparándose para devenir «mujeres de provecho», garantizan a este restaurante, matrícula de honor en todas las guías gastronómicas al uso, una larga vida. En lo que a mí se refiere, siempre es grato volver, volver, volver, atravesar el diminuto pero bucólico jardín de acceso, con aromas en primavera a lavanda y romero, capitidisminuídos ahora por el cruel invierno pero ya, o aún, con sus fragantes limones colgando del limonero; cuando la sobremesa se prolonga y la tarde comienza a declinar, el sol poniente acaricia su cara oeste con la misma fruición que si se tratase de pequeños planetas de un sistema solar ignoto, y contemplar esta magia desde los ventanales del comedor serena el alma. Jean Louis es alsaciano, conoció a Avelina fuera de España, por las foráneas trochas de la emigración, ahorraron, volvieron aquí, se asentaron originariamente en El Bulli, reclamados por el matrimonio Schilling como garantes de una buena mesa, ganaron la primera estrella Michelín para el hoy archifamoso restaurante y por fin «acougaron» en su propia creación, Neichel. Mas volvamos al hoy: una vez accedido el cliente al interior y acogido con pompa por Avelina Fuentes y Javier Petrirena, el maitre de toda la vida, nos sentiremos at home tomando de entrada un champagne o vaya usted a saber en la pequeña barra, mientras volvemos a contemplar en el techo las flores de María Girona, prolongación de las del jardín, y nos disponemos enseguida, ya sentados ante nuestra mesa, a disfrutar con los placeres añadidos y esenciales de la gastronomía. Me he decantado, de entrada, por los pulpitos y por las gambas de Palamós, dos musts de la casa, aunque desde la carta me hacían señas de «¡a mí!» las tostadas de trufas frescas y foie caliente, las espardenyes y, ¿por qué no decirlo?, el jamón ibérico de bellota reserva Guijuelo, ese manjar de dioses que los españoles, gracias a los hados, tenemos a nuestro alcance. El ravioli de trufas negras estaba sencillamente esplendoroso, pero sin hacer ascos, entre las sugerencias, al tartar de centollo, bogavante y carpaccio de vieiras al caviar oscientra, o el arroz de Pals, ya puestos. Hay cúspides sápidas tan inmarcesibles (aunque al final sucumban) como la becada del Llucanés en dos cocciones, postres tan suculentos y evocadores como el Strudel de plátano, yogur y pimienta de Sechuán, carritos de quesos y postres, cafés, tés e infusiones, tejas de romero, trufas de chocolate negro, croustillant de especias y, en fin, una larga teoría de migñardises. También, un menú Prestige por 78 euros con 10 productos mediterráneos seleccionados por el chef. Al final, grata sobremesa: el anfitrión está muy preocupado con la ley antitabaco.