Ya parece claro que la inesperada y brusca caída del crudo trae consigo, además de efectos beneficiosos, un potencial de desestabilización de cierta importancia. Lo estamos viendo, sobre todo, con la grave tormenta que se cierne sobre Rusia (sus ingresos dependen casi en un 70 % del crudo). En su caso, la fuerte depreciación del rublo y las nuevas predicciones de caída del PIB del 5 % en el 2015 (en lo que también inciden las sanciones occidentales) se dan en un contexto de masiva huida de capitales, que hace temer que se desate un pánico bancario. La capacidad del Banco Central de Rusia para hacer frente a una situación así suscita muchas dudas.
Todo indica que la crisis rusa será grave e irá para largo. La cuestión es: ¿se producirá un contagio de otras economías y mercados? En principio, no parece que la dimensión de la economía de Rusia y su grado de integración en los flujos globales debieran hacer temer un impacto significativo sobre el resto del mundo. Pero, de pronto, muchos recuerdan la llamada crisis del sudeste asiático, a finales de los noventa: un episodio de inestabilidad cambiaria iniciada en países poco relevantes, como Tailandia, que se fue extendiendo, en un perverso dominó.
Si en términos generales la probabilidad de contagio aumenta cuando los mercados están ya intranquilos, esta crisis rusa se hace más inquietante por llegar en un momento de desaceleración general de las economías emergentes. Los inversores no las tiene ahora mismo todas consigo cuando piensan en Turquía, Sudáfrica, Brasil, o la mismísima China. La consecuencia de ello es esta nueva volatilidad de los mercados, que parece haber venido para quedarse una buena temporada. Y tampoco el hecho de que Putin haya demostrado que es un líder bastante imprevisible, y que aún dispone de instrumentos de presión importantes (como la posibilidad de provocar una crisis energética en Europa), contribuye a la tranquilidad general.