Los «dibus» más allá de «Space Jam»

borja crespo MADRID / COLPISA

CULTURA

Warner Bros

La unión de personajes animados y actores ha dado grandes títulos en la historia del cine de entretenimiento

03 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Lo habitual es mencionar ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, o la propia Space Jam, además de varios clásicos de Disney, con La bruja novata y Mary Poppins a la cabeza, a la hora de citar películas conocidas que integran animación e imagen real. Sin embargo, las referencias son muchas desde que el gran historietista Winsor McCay, autor de Little Nemo in Slumberland, una de las grandes obras de la historia del noveno arte, realizase el llamativo cortometraje Gertie the Dinosaur, donde el dibujo animado de un animal prehistórico compartía el relato con actores de carne y hueso, sin interactuar entre sí. La pieza, que data de 1914, no es realmente la primera muestra que emplea con acierto la técnica de animar fotograma a fotograma sobre papel, pero sí es una propuesta pionera en algunos aspectos, anticipándose a las fantasías animadas del perspicaz Walt Disney. El lanzamiento de Space Jam: Nuevas leyendas, veinticinco años después del estreno de su predecesora, invita a dar un repaso a algunos ejemplos cinematográficos básicos, y otros menos populares pero sumamente sugestivos, que despuntan en este rico ámbito audiovisual donde la creatividad vuela.

En el terreno del stop motion, una laboriosa variante de la animación que consiste en dar vida a un muñeco frente a la cámara, generalmente de plastilina, moviéndolo físicamente lo mínimo para fotografiar el cambio milimétrico hasta conseguir 24 frames por segundo, dando así la sensación de dinamismo, cuenta con el cineasta Ray Harryhausen como maestro indiscutible. Ya en los años 50 mezclaba esta técnica con imagen real colaborando en títulos como El monstruo de los tiempos remotos (1953) o El monstruo de otro planeta (1957), antes de dejar su impronta en Jason y los Argonautas (1963) o Furia de titanes (1981).

Disney estrenó la exitosa Mary Poppins en 1964, pero años antes la todopoderosa compañía ya había experimentado con cortometrajes y otras producciones, entre ellas Canción del sur (1946), cuya historia resulta tan controvertida hoy en día que no está disponible en la plataforma de pago Disney+, decisión que ha sembrado la polémica. Los tres caballeros (1946) es otro cantar, una joya como Pedro y el Dragón Elliot (1977), pero ya en los años 20 juntaron a una actriz real y dibujos animados en varias piezas cortas que partían de Alicia en el País de Las Maravillas. Fue antes del nacimiento de Mickey Mouse, la primera opción para bailar con Gene Kelly en Levando anclas (1945), cuyas coreografías de baile permanecen en la memoria colectiva. Los estudios del famoso ratón no cedieron los derechos de su criatura y finalmente quien compartió encuadre y piruetas con el rostro de Cantando bajo la lluvia fue otro roedor, el mítico Jerry, sin Tom.

Precisamente ambos animalitos, rivales sempiternos, estrenaron a principios de la presente temporada una adaptación del clásico propiedad de Hanna-Barbera que mezcla animación y live action, como se denomina ahora.

El musical Levando anclas está reconocido como uno de los títulos clave en la inserción de dibujos animados en películas de acción real, aunque existan muestras anteriores en la historia del cine. A día de hoy es difícil acotar las producciones que emplean esta técnica. La propia Disney está rehaciendo sus clásicos de la animación con actores reales e infografía. Remakes como El libro de la selva (2016) o Aladdin (2019) así lo confirman, con buenas recaudaciones en el circuito de exhibición tradicional.

Avatar (2009), el pepinazo de James Cameron, también mezclaba CGI y un reparto en carne y hueso. Antes ya lo habían exprimido iniciativas como Noche en el museo (2006), aventura y efectos especiales para toda la familia. Las criaturas expuestas en el museo cobran vida y la lían parda ante los ojos de un vigilante de seguridad atolondrado, léase Ben Stiller, que se las ve y se las desea para arreglar el desaguisado. Apartando a un lado las nuevas tecnologías, habiendo citado algunos ejemplos incontestables -a los que podemos añadir Arthur y los Minimoys, Casper, Alvin y las ardillas, la reciente Sonic, la película, incluso la terrible Cats-, toca centrarse en la animación tradicional para encontrar películas por descubrir, como El increíble Sr. Limpet (Un pez con gafas) (1964), donde un hombre obsesionado con alistarse como marinero se convierte en un pez al lanzarse al mar desde un muelle. Bajo el agua los deseos se pueden cumplir.

El primer título que viene a la mente al hablar del tema objeto de estas líneas, es ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), con Bob Hoskins liderando el reparto. El malogrado artista interpreta a un detective de poca monta que se cruza con las curvas de Jessica Rabbit, cuyo diálogo -«Yo no soy mala, es que me han dibujado así»- figura en el top de frases de la historia del séptimo arte.

El gran Robert Zemeckis firmó una imaginativa propuesta que daba la vuelta a algunos iconos del cine de animación. Baby Herman, el bebé gruñón fumando un puro, se adelantó a El bebé jefazo. Una rareza a destacar, Evil Toons (Dibujos maléficos, 1992), pergeñada por el viscoso Fred Olen Ray, estajanovista cineasta de serie B y Z que cuenta en su filmografía con entrañables despropósitos como Alienator o Hollywood Chainsaw Hookers. Aquí engañó a David Carradine y le enfrentó, por obra y gracia de la postproduccion, es un decir, con unos cartoons infames.

Por enumerar una cult-movie de calidad, La peligrosa vida de los Altar Boys (2002) no se reivindica lo suficiente. Un filme original, que mezcla imagen real y animación -con diseños de Todd McFarlane, el creador de Spawn- para contar la historia de unos estudiantes inconformistas que utilizan la imaginación para evadirse de la molesta realidad que les rodea. Deciden plasmar sus propias vidas en un cómic de superhéroes del que son protagonistas. La acción transcurre en los años 70. Una buena muestra de cine independiente con ideas.

Pinchó en su día, pero no deja de llamar la atención, Las Aventuras de Rocky y Bullwinkle (2000), uno de los grandes fracasos de Robert de Niro, aquí ejerciendo de carismático villano. Probablemente las tropelías de la ardilla Rocky y el alce Bullwinkle, famosas en EE.UU. en los años 60, no tuvieron el mismo tirón en el resto del mundo. También se estrelló Monkeybone (2001), a pesar de contar en la dirección con Henry Selick, responsable real -Tim Burton estaba en la producción- de la maravillosa Pesadilla antes de navidad. Brendan Fraser interactuaba con un mono animado que no convenció al respetable. El delirio no siempre satisface a una audiencia no exenta de prejuicios.

Reivindicable se antoja para el público familiar Encantada: la historia de Giselle (2007), con una espléndida Amy Adams antes de vivir por completo, merecidamente, las mieles de la fama. Una divertida comedia, original aunque algo mal rematada, que planteaba la posibilidad de que una princesa Disney acabase en el Nueva York real de entonces. Superó los 340 millones de dólares de recaudación en taquilla. Se ha anunciado una secuela para el año que viene, Desencantada.

Los hermanos Farrelly, máximos artífices de éxitos comerciales abonados a la escatología como Dos tontos muy tontos y Algo pasa con Mary, mezclaron animación tradicional e imagen real en la cinta de culto Osmosis Jones (2001), con Bill Murray en la piel de un hombre de maltrecha salud en cuyo interior habitan todo tipo de seres. Como la mítica serie televisiva Érase una vez.. el cuerpo humano, en plan hardcore. Son muchas las variantes que explotan un recurso audiovisual que permite experimentar con el medio y ofrecer al público obras diferentes, ingeniosas y trascendentes.

Cool World: una rubia entre dos mundos (1992), la respuesta ácida a la referencial ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, cuenta la historia de un preso (Brad Pitt) que puede salir de la cárcel creando un cómic titulado Cool World, con una voluptuosa y espectacular protagonista diseñada a imagen y semejanza de Kim Basinger. En este mundo de fantasía solo hay una norma: los dibujos no pueden tener sexo con los humanos, pero ya sabemos que la carne es débil (y, por lo que se ve, la tinta también). Dirigida por el legendario Ralph Bakshi, responsable de Tygra, hielo y fuego, la versión animada del Fritz the Cat de Robert Crumb y El señor de los anillos anterior a Peter Jackson, fue mal recibida por crítica y público, quizás debido a su tono experimental y transgresor. 

El congreso (2013) mezcla animación e imagen real al servicio de un relato imaginativo que fusiona drama y ciencia-ficción. Detrás de esta co-producción europea está Ari Folman, responsable de la sugestiva Vals con Bashir, de obligado visionado, un título igualmente indispensable en el presente listado que atiende a las mismas características. Basada en la novela Congreso de futurología, de Stanislaw Lem, la película es una propuesta inusual, que se deja llevar por la fantasía en la forma para arropar un discurso fatalista. La exquisita Robin Wright encarna a una actriz de éxito, ella misma, a la que proponen comprar su imagen como si firmase un pacto con el diablo. Al vender los derechos, su identidad, convenientemente escaneada, puede ser utilizada digitalmente por el cliente a su antojo. A cambio le ofrecen una cantidad de dinero desorbitada y la posibilidad de mantenerse siempre joven en las pantallas. Una atractiva premisa que se pierde en los mares de Matrix en su discurso mientras ofrece un espectáculo vibrante cuando entran en escena los cartoons. Un festival de dibujos animados fuera de lo convencional.

American Splendor (2003) pasó sin pena ni gloria por nuestras salas a pesar de su loable calidad. La cinta adapta la ácida serie homónima escrita por el casacarrabias Harvey Pekar, un tipo entrañable que se definía a sí mismo como un «izquierdista estridente». Publicada por primera vez en 1976, sus páginas dieron origen al género autobiográfico dentro del cómic. Convertido en cronista de su propia existencia, Pekar se reveló como un autor de culto durante los años 80 gracias a su colaboración con diversos dibujantes, entre ellos el indispensable Crumb. Tanto el cómic como la película retratan con ironía el estilo de vida de la clase obrera americana. Lo interesante del filme es el control y la fusión de los recursos que brindan ambos medios, detalle que brilla por su ausencia en la mayoría de las adaptaciones que conocemos. La notable interpretación de Paul Giamatti, entre la realidad y la ficción, las escenas de animación y una parte documental protagonizada por el verdadero Pekar, nos sumergen en el particular universo de un guionista crítico que golpea los cimientos del país de las barras y estrellas.

Por estos pagos Oscar Aibar se atrevió a algo similar, tiempo antes, con El gran Vázquez (2010), interpretado por Santiago Segura con algunas ilustraciones cobrando vida.

Paddington (2014) destaca como buen ejemplo de la correcta utilización de las nuevas tecnologías para animar un personaje en un entorno de imagen real. El salto a la gran pantalla de las aventuras del oso Paddington cuenta con dos entregas en formato largo que funcionan de maravilla, por encima de Los pitufos, Garfield, la película de Bob Esponja donde comparte imágenes con Antonio Banderas o Peter Rabbit. Habrá quién se acuerde de la inquietante serie de televisión de antaño, realizada con marionetas, también basada el aplaudido personaje creado por Michael Bond, un icono clásico de la literatura británica. Inteligente y divertida adaptación del cuento inglés, es una buena muestra de cine familiar, con ecos de la estética de Wes Anderson. La acción se centra en el revoltoso animal, crecido en las profundidades de la selva peruana. A su llegada a Londres, escondido en un barco después de que un terremoto destrozase su hogar, el entrañable oso conoce la amistad y vive divertidas tribulaciones, con algún traspié. El peludo protagonista se mete en varios líos que sirven de excusa para ofrecer al espectador un recomendable espectáculo plagado de buenos gags de acción que cuenta con una secuela igualmente encomiable.