Ramón de Uña: «Este cuerpo no es mío»

Procurador y padre de dos hijos, a los 53 años sufrió un accidente practicando montañismo que dio un vuelco a su vida


Su sueño era escalar una montaña del Himalaya. Desde que tuvo el accidente, sus hazañas son distintas. «Ya he conseguido pasar las páginas de un libro. Y las del libro electrónico, perfectamente», comenta mientras explica el movimiento que logró aprender. «Del tronco para abajo no noto nada y de la mitad de los brazos hacia las manos, tampoco. Este cuerpo no es mío y viene sin instrucciones. Voy conociéndolo, y aprendo a controlarlo. Antes recuerdo que dormía mal y me levantaba o me cambiaba de postura, y ahora no lo puedo hacer», comenta Ramón de Uña Piñeiro. Es procurador, tiene 54 años y acaba de retomar su vida laboral tras más de un año de hospital en hospital y de adaptación a sus nuevas circunstancias vitales. 

Con sentido del humor

«Es un cambio completo. Lo que más me preocupaba del nuevo escenario eran mi mujer y mis hijos (tiene dos de 16 y 14). El cambio en mi familia. Siempre lo aceptaron y lo llevan con naturalidad. Al menos disfruté 30 años de lo que más me gustaba y lo hice con ganas», destaca. Lo espero a la salida del centro neurológico Sinapse, de la avenida de Oza, donde lleva varias horas en rehabilitación. Su dolencia la controlan los especialistas del hospital de Toledo, referente nacional en este campo y donde Ramón estuvo mucho meses. «Hacen falta tres años para que la lesión se estabilice. A partir de ahí es difícil que las cosas cambien», resume. Escoge para que charlemos el restaurante Manolito de Ramón y Cajal, porque es accesible. Le dice a Javier, la persona que le ayuda, que acelere un poco más la silla. Ramón hace que te sientas a gusto a su lado y no para de sonreír. «Las cosas que van a ocurrir van a ocurrir y si las afrontas con buen humor, mejor. Pero tengo mis momentos de cabreo y se oyen». 

Aquel fatídico día

Ramón no era un novato en una montaña. Desde que a los 12 años Antonio Lluch, un profesor de Peñarredonda, le metió en el cuerpo el gusanillo del montañismo ya no lo dejó. Pasó a la escalada con cuerda, viajó a montañas de Marruecos, de los Andes, de los Alpes o de Kazajistán. «Hubiese ido a más sitios, pero no tenía mucho dinero. Cuando empecé a tenerlo, lo que me faltaba era tiempo y después llegaron los niños…», resume. Con tanta experiencia acumulada, un día de agosto del 2018 avanzaba por una zona conocida, señalizada y no demasiado peligrosa del Tiro Llago de los Picos de Europa. «Había ido más veces. Pasa como con los accidentes de tráfico, que suceden en carreteras cercanas a casa. Y no estaba escalando, sino caminando. Nunca había tenido un accidente, y este... ¡Con la cantidad de veces que me pude haber matado y te caes en eso! Fue una chorrada», asegura. Recuerda perfectamente cada segundo. Fue consciente en todo momento. «Noté que la roca se desprendía y perdía el pie y la mano que apoyaba en la pared. Justo antes mis compañeros había pasado por el mismo sitio. Me llevó 30 metros para abajo y otro tanto rodando. Cuando paré, vi mis piernas y pensé ‘qué mala pinta tengo’. Me tocó. A veces piensas, y si hubiese ido por otro lado, y si, y si… Ocurrió y nada más», sentencia. Ahora hace frente a otros obstáculos. «Las Administraciones no están coordinadas y tienes que estar entregando una documentación que ya tienen. Además, económicamente es un palo y las ayudas no cubren ni de lejos lo que gastas día a día».

Aplauso de los procuradores

Hace unos días, el auditorio de Palexco se puso en pie cuando recibió la insignia de plata del Colegio de Procuradores por sus 25 años en la profesión. «Me sentí abrumado y emocionado», reconoce Ramón, que está encantado de volver a trabajar. Le gusta leer y tiene desde música clásica a rock en su lista de Spotify. «Voy a aprovechar todo lo que mi cuerpo me permite. Puede que no suba montañas altas, pero tengo la compañía de mis hijos, que eso no me lo impide la lesión. Valoras mucho más las pequeñas cosas. Nunca voy a encontrar un sitio en el que me falte un lugar para sentarme. La ventaja es que siempre voy sentado», comenta sonriente. Dice que sus amigos, que siempre estuvieron a su lado, le hablan con naturalidad de la montaña. «Lo que más se agradece es que te traten con naturalidad». Gracias, Ramón, una persona ejemplar.

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