José Cuenca: «En mi casa no hay salero»

«Sin modificar los hábitos de vida no vamos a ningún lado», asegura el jefe de Cirugía Cardíaca del Chuac


Charlamos en el Soho de Matogrande. Habla a corazón abierto. «El momento más duro de mi vida fue cuando hace un año le tuve que comunicar a mi mujer que tenía cáncer de mama. Era justo el día de su cumpleaños. Afortunadamente, ahora está fantástica porque se lo detectó con autoexploración. Es fundamental el diagnóstico precoz», confiesa José Cuenca Castillo, jefe de Cirugía Cardíaca del Chuac, cirujano del hospital San Rafael, y profesor asociado de la Facultad de Medicina de la Universidade de Santiago.

El 18 de julio cumplió 55 años. «Empiezo a notar la edad por la presbicia y porque mis hijas cada vez son más mayores», asegura este facultativo considerado una referencia. Afortunadamente, la estirpe Cuenca parece garantizada. La hija mayor, de 24 años, está preparando el MIR y la pequeña, de 19, cursa 2.º de Medicina. «Estoy feliz porque me encanta mi profesión y espero que ellas la sientan como yo, aunque son conscientes de que el sacrificio para prepararse es importante. Es lo mejor que se puede hacer si te gusta. Ofrece muchas posibilidades para todas las personalidades, la retribución es buena y gozas de reconocimiento social», asegura.

Natural de Almansa, casado con una manchega como él, a los 18 años se fue a estudiar la carrera a Murcia. De ahí a Madrid, hasta que Alberto Juffé y Gonzalo Pradas se fijaron en él y Galicia apareció en su vida. «No conocíamos esta tierra. Vinimos el verano del 92 unos días de vacaciones para ir conociéndola. El 4 de enero de 1993, un mes después del accidente del Mar Egeo, empecé en el hospital. Vivíamos en Santa Cristina y todas las tardes iba de paseo por la playa con mi mujer, que estaba embarazada de la mayor. Veinticinco años después podemos decir que estamos encantados y que el clima de A Coruña es el mejor. Tengo más cosas de gallego que de manchego», apunta sonriente y apura su cortado. Estamos cerca de la máquina de tabaco, a la que acaba de acercarse un chico a comprar.

Educar en salud

Es contundente. «Sin modificar los hábitos de vida no vamos a ningún lado», sentencia el doctor Cuenca. «Es básico educar en salud. Comprendo las dificultades para realizar cambios a cierta edad. La clave es empezar en el jardín de infancia. Simplemente sin fumar, que es algo evitable desde que somos pequeños, y realizando actividad física, las patologías que vemos a diario caerían en picado. Y no se trata de ir al gimnasio, sino de moverse para hacer las cosas. Dejar el coche e ir caminando», recomienda con vehemencia. Dice que predica con el ejemplo, «pero soy muy goloso y necesito mis dosis de azúcar. Salgo a correr aunque las rodillas empiezan a flaquear. Intento marcarme el objetivo de apuntarme en un medio maratón al año. Lo más importante es que hemos conseguido integrar el deporte en el ocio familiar. Correr con tu pareja es muy aconsejable y saludable», asegura.

Va al cine cada semana, pero no a cualquier sala. «Odio a muerte las películas de terror». Sigue escuchando a los Dire Straits. En Navidad cocina natillas siguiendo la receta de su madre. No es de los que pide platos sin sal en el restaurante, pero «en mi casa no hay salero. Sí que hay vino. Un poquito es saludable», afirma este médico que considera que la paciencia es su principal virtud. Se pone serio cuando le preguntó por qué se implica tanto en Twitter con el tema catalán. «El nacionalismo ha traído lo peor al mundo. Y si proviene de los ricos me parece abominable. Es tremendamente insolidario. Hace 20 años, cuando aquí era jefe de sección, me ofrecieron la jefatura de servicio en un hospital de Badalona. Era una oferta laboral muy buena. Estuve allí una semana y me di cuenta de que si me quedaba siempre sería un ciudadano de segunda por no ser catalán. No podría escoger un colegio para mi hija de educación similar a la que tenía en Galicia. Y no fui a Cataluña por eso», sentencia.

Reconoce que la cuesta separar lo profesional de lo personal. «Me llevo la cirugía a la cama. Por ejemplo, es imposible acostumbrarte a la muerte de un paciente. Afortunadamente hay muchos más casos de curación. Es una satisfacción cambiar la calidad y cantidad de vida de la gente». Antes de la despedida insiste: «Nadie es sano muriéndose de hambre. El acento hay que ponerlo en la actividad física».

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