La pandemia hace mella en la estabilidad emocional de todos y, sobre todo, de los que sufren en primera línea el zarpazo económico o de salud del covid
08 mar 2021 . Actualizado a las 17:56 h.José Luis Otero Iglesias, de 42 años, no se reconoce en su yo actual. «Soy optimista, alegre y activo. Y ahora muchos días me pregunto para qué voy a levantarme de la cama. Me encierro en mi mundo porque esta situación me supera. No hay vía de escape, no hay cómo desconectar», lamenta. Porque antes, José Luis desconectaba subiéndose a su moto y haciendo carretera. Durante meses, no ha podido. «Ni tampoco algo tan sencillo como bajar a la calle de madrugada a pasear y escuchar música... El insomnio antes no era un problema», apunta.
José Luis es dueño de la parrillada As Ribeiras, en Perillo (Oleiros). Los zarandeos de la pandemia han dejado al sector de la hostelería herido de muerte y este empresario lo sufre en silencio. «Los cierres me generan problemas en el trabajo, claro, con empleados en ERTE, pero también a nivel personal. Vivo solo y mis hijos (de 22 y 18 años) viven en Ourense. Estamos muy unidos, pero no nos podemos ver desde hace meses. Y a ellos también les cuesta, sin ver a sus parejas o amistades, ni a los abuelos, porque uno tiene cáncer y hay miedo a contagiarlo... Yo tampoco veo a mis padres. Todo es una preocupación constante que te va minando, no saber si abres ni cómo abres... Intento ser positivo, pero llega un momento en que te pasa factura», relata.
«En diciembre no dábamos hecho, y de repente, otra vez al paro, y cada mes valorando si merece la pena seguir con el negocio. Me llegué a plantear otros oficios. Yo antes era camionero de ruta internacional... y ni esa manera de estar solo era tan dolorosa», explica.
«Nunca una situación externa me había afectado tanto, siempre había escapatoria. Yo soy extrovertido y activo, pero ahora me cuesta todo: levantarme, caminar, hablar con la gente... Todo es muy complejo, empezando por la inestabilidad laboral, con la dificultad de pagar el alquiler, el teléfono, el agua... Toda preocupación se maximiza», relata. «Y al vivir solo, te tragas todo, por mucha videollamada que hagas. Y hasta por la calle te paras lo mínimo, a ver si te van a multar, o a contagiar...», detalla.
Ayudas que no llegan
«Y por mucho que digan las Administraciones, las ayudas no llegan. La única para mí fue en mayo, por cese de actividad. Después me la denegaron por absurdeces, deudas que no eran mías, burocracias. Me paso los días llamando al banco, a la gestoría, con pánico al nuevo problema que surgirá... Es una lucha constante que desgasta», concluye.