Cuando el covid es el carcelero de la mente

La pandemia inflige un daño anímico equiparable al físico en una población agotada y vulnerable

Pandemia teledirigida como un misil hacia la mente. Contra esto, la distancia social no salva, mata. Y más que mascarilla, es necesaria una máscara que maquille los momentos en los que el gesto se tuerce. Que ya son demasiados, sobre todo para algunos sectores de población. Tres de ellos, especialmente vulnerables tras un año de crisis sanitaria. Personas mayores, adultos en situación laboral comprometida y menores de edad están en la diana. Son los otros héroes. Los que intentan derrotar a sus demonios interiores cada mañana, cada noche, cada minuto. Y, además, tratando de no caer víctimas del virus.

mayores

César Bugallo: «A edades avanzadas somatízase moito». César Bugallo, psicólogo, geriatra y gerontólogo, presidente de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer y otras Demencias de Fisterra e Soneira, explica que «o confinamento afectou, pero as secuelas reais (a nivel funcional e emocional) veranse co paso do tempo. Non é igual a merma nunha persona pechada na casa que cun xardín, incluso cun balcón, ou no ámbito rural ou urbano». «A idades avanzadas, as persoas somatizan moito. O ánimo condiciona o estado físico. E non todo o mundo o leva igual. Hai persoas que están soas moi a gusto, pero non é o mesmo una soidade non desexada. Sufren e cambian o carácter e se complican as relacións ata con un mesmo. Emocionalmente destrúense», añade.

MENORES DE EDAD

María Eugenia Ínsua: «La pandemia no es una causa, sino un factor de agravamiento». Tiene claro María Eugenia Ínsua, psicoanalista y psicóloga clínica, que «esta situación de pandemia y repliegue tendrá consecuencias en las relaciones sociales, en las que el contacto tenderá a ser por medio de las redes sociales y las pantallas, fruto del aumento de recursos en ese aspecto». «Antes, los padres se quejaban de que los hijos estaban demasiado delante del ordenador, y resulta que se convirtió en una herramienta más, aunque con demasiado uso», analiza. «Y los niños, antes se quejaban de tener que ir a clase y ahora les parece una maravilla, tanto a nivel social como lectivo. Su preocupación es que nos les cierren», añade. «Desde el punto de vista clínico no observo en la pandemia una causa, sino un factor de agravamiento de problemas existentes, conductas o conflictos que toman mayor relieve, se agudizan», desgrana. «En el futuro, los jóvenes (que poseen ese empuje, pero se ven privados de su edad crítica de interrelacionarse) sufrirán más los efectos que los niños (a quienes los padres mantienen en sus burbujas muy inteligentemente)», concluye antes de destacar que «también hay mejoras, como el trabajo de los padres y los colegios».

Tamara Pablos: «Las dolencias se presentan con más intensidad, frecuencia y rebeldía al tratamiento». Tamara Pablos, neuróloga pediátrica, observa un aumento de trastornos de sueño, como insomnio y despertares frecuentes «por las preocupaciones derivadas de las conversaciones de los adultos que no saben manejar, el miedo a contagiarse o la situación económica del hogar». También migrañas y dolores de cabeza «por el uso de mascarilla, la práctica de deporte en lugares cerrados». «Las dolencias se presentan con más frecuencia, intensidad o más rebeldía al tratamiento», apunta. «No saber gestionar la situación y la intolerancia a las normas provoca ansiedad, tristeza, enfados constantes y conductas inapropiadas», explica. «El aprendizaje se ve afectado en los niños que iban un poco más justos. La dislexia, el PDH... se hicieron más evidentes con el reinicio del curso. Gestionar lo estudios, los recreos controlados, nuevos recursos y menor sensibilidad lo acentúan», argumenta. «Los más pequeños acusan falta de estimulación social, porque el círculo para el estímulo del neurodesarrollo es más reducido. Afecta, por ejemplo al lenguaje o ciertos déficits, como el trastorno del espectro autista», explica. «Y el abuso de la tecnología provocará una adicción que dará la cara más adelante», avanza.

Isabel García: «La falta de recursos económicos está evidenciando la falta de recursos parentales». Desde Pestudio-periodismo social, su presidenta, Isabel García, (y responsable de comunicación de Asociación para a Saúde Emocional na Infancia e Adolescencia, Aseia) recuerda que «los recursos económicos no pueden justificar nunca, por sí solos, la retirada de un menor de su entorno familiar». «Los poderes públicos deben poner todos los medios para que no suceda. Ahora, situaciones económicas concretas llevan a los cuidadores principales de estos menores a buscar respuesta en un sistema de protección que no está para resolver cuestiones que deben manejarse desde los servicios sociales de proximidad», analiza. «La falta de recursos económicos está evidenciando la falta de recursos parentales para atender las necesidades de sus hijos», concluye.

trabajadores

Cheché Real: «A incerteza está a causar problemas de convivencia nas familias». A la obvia preocupación de quienes se han quedado sin trabajo, se une la de quienes ven el suyo pender de un hilo. La incertidumbre mina el ánimo, y en sectores como la hostelería, el continúo vaivén de aperturas y cierres no ayuda. «Os empregados están como os galgos nos canís das carreiras, sempre esperando a ver cando saen», compara Cheché Real, presidente de los hosteleros de Lugo. Sentirse señalados como fuente de contagios empeora una situación que él califica de «tremenda». «Estamos a ver na xente do sector problemas psicolóxicos e mesmo problemas de convivencia nas familias pola presión», indica.

 

JOSÉ LUIS OTERO Y elda rodríguez (hosteleros)

«Me pregunto para qué voy a levantarme de la cama»

José Luis Otero Iglesias tiene 42 años y él no era así. Ni lo es. «Soy optimista, alegre y activo. Y ahora muchos días me pregunto para qué voy a levantarme de la cama. Me encierro en mi mundo porque esta situación me supera. No hay vía de escape, no hay cómo desconectar», lamenta. Porque antes, José Luis desconectaba subiéndose a su moto y haciendo carretera. Pero ahora no puede. «Ni tampoco algo tan sencillo como bajar a la calle de madrugada a pasear y escuchar música... el insomnio antes no era un problema», apunta.

José Luis Otero es el dueño de la parrillada As Ribeiras, en Perillo (Oleiros). Los zarandeos de la pandemia han dejado al sector de la hostelería herido de muerte y este empresario lo sufre en silencio. «Los cierres me generan problemas en el trabajo, claro, con empleados en el ERTE, pero también a nivel personal. Vivo solo y mis hijos (de 22 y 18 años) viven en Ourense. Estamos muy unidos, pero no nos podemos ver desde hace meses. Y a ellos también les cuesta, sin ver a sus parejas o amistades, ni a los abuelos, porque uno tiene cáncer y hay miedo a contagiarlo... Yo tampoco veo a mis padres. Todo es una preocupación constante que te va minando, no saber si abres ni cómo abres... intento ser positivo, pero llega un momento en que te pasa factura», relata. «En diciembre no dábamos hecho y de repente, otra vez al paro, y cada mes valorando si merece la pena seguir con el negocio. Me llegué a plantear otros oficios. Yo antes era camionero de ruta internacional... y ni esa manera de estar solo era tan dolorosa», explica.

«Nunca una situación externa me había afectado tanto, siempre había escapatoria, porque parte de las necesidades de tu vida estaban cubiertas. Es que yo soy extrovertido y activo, pero ahora me cuesta todo: levantarme, caminar, hablar con la gente... todo es muy complejo ahora, ya empezando por la inestabilidad laboral, con la dificultad de pagar el alquiler, el teléfono, el agua... y toda preocupación externa se maximiza», relata. «Y al vivir solo te tragas todo, por mucha videollamada que hagas. Todo es muy superficial. Ya hasta por la calle te paras lo mínimo, a ver si te van a multar, o a contagiar...», detalla.

«Y por mucho que digan las Administraciones, las ayudas no llegan. La única para mi fue en mayo, por cese de actividad. Después me la denegaron por absurdeces, deudas que no eran mías, burocracias. Me paso los días llamando al banco, a la gestoría, con pánico al nuevo problema que surgirá... Es una lucha constante que desgasta», concluye.

Tensión en los cierres y también en las aperturas

Elda y Ramón, cuyo medio de vida es la cervecería-tapería El Flaco de Vilagarcía, reconocen tener suerte en comparación con otros compañeros. No tienen hipoteca y el dueño del local se portó bien con el tema del alquiler. Pero hay otros gastos, y otras preocupaciones. «Yo necesito trabajar, estaba acostumbrada a ver gente distinta todos los días, hablar... Tengo demasiado tiempo para comerme la cabeza. Estoy todo el día pensando en el bar, pendiente de lo que anunciará la Xunta... Me acuesto con dolor de cabeza casi todos los días y me cuesta dormir», reconoce ella. Sentirse criminalizados es una de las cosas que peor lleva. «No dejan de echarnos la culpa. Así es que incluso cuando estábamos abiertos mucha gente dejó de venir, solo los que son muy de bar. Te preguntas si el resto volverán», cuenta.

Los períodos en que sí pudieron trabajar tampoco fueron fáciles. «Tenías que hacer de policía, y alguna gente se te ponía chula. Había quien llegaba al bar y como si estuvieran en su casa, ni mascarilla ni nada», recuerda. De ahí que cuando reabrieron trabajase con cierto miedo, por su salud y por la de su familia. «Tengo abuelos mayores, mi hermano con asma... ¿qué pasa si les llevas el virus desde el trabajo?» reflexiona, en una presión añadida que tampoco contribuye a su tranquilidad mental.

maría dosil (con 75 años, cuida a su marido con alzheimer)

«Eu doíame da miña nai, e míranos agora a nós...»

María Dosil vive en Campo das Cortes, en Muros. Lleva toda la vida allí, en un terreno cercano a la casa de su madre. Pero ahora, el paraíso se ha tornado prisión. Y el covid, su carcelero. «Nunca pensei que fora vivir unha cousa así. Nunca imaxinei que nos ía afectar ningunha cousa desa das de antes... e invisible», resume. «Eu doíame da miña nai, e mira agora nós», lamenta.

«Nós» son ella y su marido Manuel Antonio, a quien cuida y que sufre alzhéimer. «Estamos moi cansos. Con 30 anos non é como con 75 ou 76. As cousas acobardan moito máis. Incluso para ir ó medico, solucionar papeis... son anos para que che axuden», reflexiona.

María recuerda cuando Manuel Antonio iba a pasear por Muros, «porque o sentido da orientación non o perdeu». Pasaba por el bar, se tomaba algo y saludaba a los amigos. El bar. Ese bar que rebasa la categoría de hostelería para pasar casi a la de centro social. «Agora o meu marido non asimila esta situación. Non sabe onde ten que poñer ou sacar a máscara», cuenta María relatando cómo el gesto más simple de la lucha contra la pandemia es una acción imposible en circunstancias que se escapan del control de uno mismo.

«E estamos case sós», matiza María. «Porque as fins de semana viñan os fillos a comer e ata nos cambiaban o xeito de vivir e de rir. E agora... nada... e pasan os días, e pasan as noites», describe con amargura.

«Descargabas cos fillos»

«O meu marido aínda ten o vicio de fumar», ejemplifica, «e cando queda sen tabaco di: ‘Vou a Muros'. E eu dígolle: ‘Non podes'. E el retrúcame: ‘Por que? Se sei ir e vir só' e o que pasa é que non lle podo explicar que cando chega ó estanco e hai xente ten que agardar fóra. El non entende de aforos e entra igual».

El día a día de este matrimonio es demoledor sin contar con ayudas. «Teño que ir conducindo a Cee dúas veces á semana para a terapia. Pero éche o que hai», se resigna.

«Eu son soa con isto. E claro, nada de descanso. O meu fillo e a miña filla, os dous casados, viñan unha hora tódalas tardes. E agora, nin iso. Viñan os netos. E descargabas un pouco, falando. Aínda que fose queixándote dos problemas da semana. Descargabas. Agora, nada de nada», zanja.

NAIARA Y MARÍA JOSÉ (NIETA Y ABUELA DE ACOGIDA)

«Ahora tengo más paciencia, pero también mucho estrés»

«Yo antes era muy impaciente, pero ahora tengo más paciencia. Me acostumbré, como todos. Era más alocada y ahora tengo más responsabilidad, porque por lo que hacemos puede morir alguien». Habla Naiara, de 15 años. Es la mayor de seis hermanos (son tres niñas más y dos niños, de 1, 3, 4, 11 y 13 años). A todos los ha acogido su abuela, María José Alonso (que, además, es la presidenta de la Asociación Gallega de Acogimiento de Familia Extensa del Menor). «Ella nos cuida, pero todos ayudamos. Si no, no se podría llevar esto. Antes sentía presión por ser la mayor, pero ahora incluso más, porque si los pequeños hacen tonterías, pueden provocar daño a toda la familia», asume. «Creía que iba a ser peor, porque mis amigos, hijos únicos, decían que se aburrían en el confinamiento. Aquí no nos aburrimos», bromea. Sin embargo, pronto destaca el lado negativo. «Tengo mucho más estrés. Cuando salgo de casa, si me olvido la mascarilla; o cuando voy a un lugar público y no reponen el gel hidroalcohólico, me entra un estrés increíble, un estado de pánico», relata la joven.

María José corrobora las palabras de su nieta: «Ahora están más agobiados, sobre todo los mayores. Te cansas y ellos se cansan. Te agobias por ellos. Los mayores son conscientes de la situación, pero yo me pongo en su piel y me aburriría de estar escuchando todo el tiempo lo mismo». Se refiere a la retahíla de normas que la abuela repasa antes y después de que alguno de sus nietos salga de casa. «Antes era todo más despreocupado, pero ahora, desde el momento en que entran por la puerta, que si las mochilas, que si la ropa, que si sucedió algo en el colegio... Es nuestra rutina», explica.

«Lo llevan mal, sobre todo las mayores, porque los pequeñitos menos mal que van al colegio y se relacionan allí y tienen su dinámica de juego y de colegio, pero las preadolescentes, sin poder relacionarse con sus amigas, ni ir al conservatorio, pasantías... les cambia el carácter, las veo más tristonas, aburridísimas de esto. En casa lo noto. El ambiente está más crispado», describe la abuela.

María José Alonso reconoce que lo que peor lleva es lo de las redes sociales. «Lo llevo fatal. Todo es en línea, eso delimita sus relaciones sociales con otros compañeros, cada vez más. Les afecta a su vínculo con otros niños. Antes salían y ahora, no. A nivel social, va a tener consecuencias para ellas», concluye.

 

Depresión grave y ansiedad, los daños colaterales del covid

marta otero

Los expertos alertan de que uno de cuatro españoles presenta ya síntomas por fatiga pandémica

Ansiedad, miedo, culpa, soledad, trastornos alimentarios o abuso del alcohol para anestesiar las emociones. Los expertos llevan meses alertando de una cuarta ola de problemas psicológicos, como fobias, depresión o síndrome de estrés postraumático, que pueden prolongarse durante tres años.

La realidad ya ha confirmado la depresión grave o moderada como uno de los efectos colaterales de la pandemia. Detrás de esto están, dicen los especialistas, los constantes cambios que ha sufrido la población desde el inicio de del covid-19, además de la presencia de «múltiples situaciones estresantes». Así lo explica el Consejo General de la Psicología de España (COP) en su estudio Malestar psicológico derivado de la COVID-19 en la segunda ola, que concluye que «uno de cada 4 españoles presenta síntomas relacionados con la depresión grave o moderada por el covid-19».

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