Manel Botana: «Todos los domingos me caigo de la moto, pero no me hago daño»

Vinculado desde la infancia al mundo de las dos ruedas, el empresario da empleo a doce personas en sus concesionarios

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Charlamos en el moderno despacho de su imponente concesionario. Son las cuatro de la tarde y estamos en el 444 de la avenida de Finisterre. Su aspecto es saludable. «Intento hacer deporte dos o tres veces por semana antes de venir a trabajar. El jardín de mi casa de A Zapateira es mi paraíso. Donde desconecto y cargo las pilas. Hoy tomé un ratito al sol al mediodía antes de venir», comenta José Manuel Botana López, al que todo el mundo llama Manel. «Al concesionario le añadimos una ele (Manell) porque quedaba mejor a nivel comercial», aclara este coruñés que nació en el barrio de las Flores con una moto entre las piernas. «A los 4 años empecé a andar y llevo toda la vida vinculado al mundo de las dos ruedas. De pequeño soñaba con ser astronauta», recuerda este empresario que da empleo a doce personas en sus dos negocios situados en la misma avenida. Venden Yamaha y los modelos del grupo Piaggio, desde Vespa a Guzzi. «Vivo de las motos y mantengo la pasión por ellas, aunque más por las de trial, las de ir por el monte. Es una suerte trabajar y vivir de algo que te gusta», reflexiona Manel, que disfruta haciendo escapadas moteras con los amigos. «Todos los domingos me caigo de la moto. En las de trial es fácil caerse pero difícil lesionarse. Nunca me hago daño», reconoce. 

Pasión compartida

Es de la quinta del 69. A los ocho años conoció a Chus, la que más adelante sería su novia, después su mujer, la madre de sus dos hijos y ahora su mano derecha en el negocio. «Creo que incluso le gustan más las motos que a mí. A mis hijos no tanto. Adrián (de 23 años) está acabando ingeniería informática en la Politécnica de Madrid. Sale en moto, pero no es un apasionado. Andrea (de 18 años) tampoco es muy motera», confiesa. Pero Manel no es de los que viajan a los grandes premios o de los que se tatúan el número de Rossi en el brazo. «Me gustan más las motos que los pilotos. Me encanta que haya muchos españoles en los primeros puestos, pero nunca fui aficionado. La muerte de Ángel Nieto sí que nos afectó porque fue un hombre que marcó un antes y un después», afirma. Dice que su sector a nivel europeo está en crecimiento. «Las de ciudad están en auge porque cada vez resulta más difícil aparcar coches en las grandes capitales. Las eléctricas son un futuro que ya está aquí. Las grandes marcas ya empiezan a fabricar. Pero nunca se acabarán las pasionales, las motos deportivas o de carretera. Y cada vez hay más mujeres moteras. Fíjate que hace diez años no había cascos ni complementos para ellas. Y otra cosa que cambió es que ahora los chavales prefieren un iPhone x a un ciclomotor, pero hay mucha gente de nuestra edad (somos de la misma quinta) que quiere darse el gusto de tener una buena moto para llevar a cabo grandes aventuras», relata justo en el momento que su mujer entra en el despacho. 

Loco del dulce

De su trabajo lo que más le gusta es «el trato con el cliente». Me enseña un premio que los de Yamaha le concedieron hace 4 años. Parte está escrito en español y parte en japonés «Fuimos a Japón e impresiona su cultura y ver el orden y la disciplina que hay en las fábricas», destaca. Un amigo que tiene una BMW le manda un mensaje. «No soy un fanático. Tengo amigos que compraron otras marcas y no soy pesado con ellos», reconoce. Dice que le vuelve loco el dulce. Confiesa que antes tenía un defecto, que no sabía escuchar pero «cada vez escucho mejor», apunta sonriente. Le pregunto por su principal virtud. «Soy constante en el trabajo. Cuando algo positivo se me mete en la cabeza voy a por ello sin dudarlo». Su mujer, que asiste al tramo final de la charla, añade algo desde su mesa de trabajo. «Es buena persona. Íntegra», sentencia.

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