Avatares del edificio Conde de Fenosa

Francisco Martelo TRIBUNA ABIERTA

A CORUÑA

Aveces la vida no me deja hacer algo que me encanta: leer el periódico bien temprano. No sé si es ya demasiado tarde para dormir, pero no me importa. A lo largo de todo el día mis pacientes me dijeron «ha salido la sentencia definitiva. Le tiran la casa». Se refieren a un edificio al que están acostumbrados a ir, porque en él intento aliviarles, cuando puedo, sus males. Es el edificio Conde de Fenosa, de nuevo, portada de los periódicos.

Los que nos metimos en la compra de uno de sus pisos, no supimos leer bien nuestras estrellas, porque junto al esfuerzo y las privaciones de la hipoteca, nos encontramos con una demanda judicial, que nos ocultaron y que se basa en una licencia municipal que el demandante vio inadecuada. Si el Tribunal Supremo dice que venga la piqueta, quizá sea la última estación de un duro camino por el que llevamos caminando dieciocho años. Es fácil entender que son muchos años y, lógicamente, vivir ese tiempo da lugar, inexorablemente, a roturas familiares, traslados a otras ciudades, jubilaciones, fallecimientos, etcétera. En estas situaciones, hay necesidad de desprenderse del piso; pero no se puede, porque tu patrimonio nada vale y surge la angustia. Es un mal sueño, donde tú eres exclusivamente la víctima engañada, sin participación alguna en el origen del conflicto.

Después de tantos años los vecinos seguimos desconsolados, los políticos asustados, unos, porque no pueden con el peso de sus responsabilidades, otros, porque no saben cómo será el futuro con las arcas vacías tras las obras y las indemnizaciones que van a llegar. También adivino al demandante cansado y lo imagino crispado, con los dientes apretados cada vez que expresa su hartazgo en la radio y en la prensa. No sé si, alguna vez, nos ha visto a nosotros los vecinos, al otro lado de su trinchera junto a los malhechores. Aseguraría que no, pero para mí, el tiempo lo ha colocado en el escenario de un sufridor más, diluyendo su papel del cazador en el bosque de una justicia interminable que él verá como algo similar aunque sea muy diferente: la justicia perezosa. Mientras tanto, nuestros conciudadanos coruñeses, meros espectadores, lo que parece lógico, porque es tiempo de preocupaciones propias.

Ojalá encontremos entre todos la salida para que los políticos se relajen, los contribuyentes no paguemos daños, los vecinos seamos felices y el señor de la crispación sonría. Parece utópico, pero siempre hay que mirar al ideal para que las cosas se solucionen o al menos vayan mejor.

Mientras tanto, en Madrid los magistrados del Supremo, mortificando sin tregua a nuestro Concello, trabajando por el libro y con la obligación de pontificar. Ese trabajo parece fácil. Más difícil lo tienen los de aquí, ya que la realidad que aporta la proximidad pone en sus manos la maraña complicada, para desliar el odio, las rencillas, las cábalas con el dinero que el Ayuntamiento no tiene y que el contribuyente no puede aportar, mientras imaginan a los vecinos y al demandante deseando terminar una pesadilla demasiado larga; intentado dormir tranquilos después de tantos años.

A pesar de la oscuridad, no tengo dudas de que intentarán resolver el galimatías con el menor daño para todos y con el mínimo coste posible para nuestra sociedad, sin desviarse de lo justo. Lo conseguirán, aunque sea difícil. Si fuera fácil cualquiera sería juez togado.

Estoy deseando que un día no lejano mi amigo de la mañana me consienta leer las malas noticias de su letra impresa sin protagonismo alguno, sólo como espectador, aunque permitiéndome mantener mi rebeldía.