Las últimas horas de Moore

Rubén Ventureira A CORUÑA

A CORUÑA

Reportaje | Reconstrucción de la muerte del militar escocés Un cañonazo apea al sir de su corcel crema y negro. Un brazo le queda colgando. Lo trasladan a una casa del Cantón, donde fallece tras pronunciar el nombre de su madre

17 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

«¡Mis bravos escoceses: ¡acordaos de Egipto!», arenga sir John Moore. Falta hacen los ánimos. Las cuentas no cuadran y no queda otra que apelar a la épica. Los otros son más, se dice que 24.200. Los suyos, 15.000. Elviña es esta tarde del 16 de enero de 1809 un campo de batalla por el que el escocés Moore galopa hacia su fin, pero eso aún no lo sabe. No lee el futuro, evoca el pasado como quien lanza un conjuro: «Acordaos de Egipto», repite desde la experiencia de quien lleva en la pelea, en el Ejército, desde los 13 años. Y tiene 47. Es, no hay duda, una leyenda viva, y como tal lo escuchan los valientes del 42 Royal Highland Regiment, que estuvieron con el general en Egipto. Enfrente, tanto entonces como hoy, los invasores franceses. Hay que frenarlos a la entrada de la ciudad. Como sea. No se trata de vencer o morir, sino de arañar minutos, de resistir, de retener. Juega a la defensiva Moore, y el mariscal Soult lo hace al ataque por orden de Napoleón, que estaría aquí, en Elviña, tras los talones del sir y los suyos, si no le hubiese llegado mensaje de que en París estaban conspirando contra su imperial persona. Tormenta en Fisterra Moore tiene 15.000 hombres y una única obsesión: ganar tiempo hasta que arriben a puerto coruñés todos los barcos que días atrás zarparon de Vigo al mando del almirante Hood. En ellos embarcarán las tropas y la larga retirada se habrá completado con éxito. Ése es el único plan. Pero una tormenta en el cabo Fisterra ha retrasado la llegada de la flota salvadora. Pim, pam, pum. La arenga cala en la tropa. Los franceses no se darán un paseo militar hasta A Coruña, no. Cuidado. Problemas en el flanco izquierdo que defienden los escoceses. La munición está en las últimas. Moore vuelve a recurrir al tono épico: «¡Mis valientes! Juntaros a vuestros compañeros y no os olvidéis de vuestras bayonetas». Desgarro Suena un cañonazo. Desde allá arriba, desde el monte de A Zapateira, lo han enviado los franceses. Moore se cae de su corcel de color crema y negro. Sólo crema y negro. El rojo es sangre de sir. Le han dado al general en el hombro izquierdo. Qué desgarro. Un único ligamento le sujeta el brazo. Moore se acuerda de Holanda, de la campaña de 1799 contra los franceses, en la que resultó herido tres veces. Y también de Egipto, de la batalla de Alejandría, cuando ocho años atrás le dejaron la pierna fuera de combate. ¿Quiénes? También los napoleónicos. Entonces, acordaos de Egipto, fueron derrotadas las tropas del general Jacques Menou, el que después se convirtió al Islam, tomó el nombre de Abdullah-Jacques Menou y se casó con una egipcia descendiente de un profeta. Pero ésa es otra historia militar. Mentira piadosa Envuelto en una manta se llevan sus oficiales a Moore. Van camino de la ciudad. Cruzan las murallas. «¿Ya fueron batidos los franceses?», pregunta el herido de muerte, que ya intuye su destino. Alguien le consuela con una mentira piadosa, con un sí. «Muero como siempre he deseado morir. Espero que el pueblo inglés quede satisfecho y que mi país me haga justicia». Llegan a su alojamiento coruñés, la casa del comerciante Genaro Fontenla, en el número 13 del Cantón Grande. A las cinco y media de la tarde, allá en Elviña, la batalla cesa sin vencedores ni vencidos. Para entonces, Moore agoniza pese a los esfuerzos médicos. Sobre las diez y media de la noche, el general pronuncia el nombre de su madre y cruza la frontera de la muerte. Había pedido que lo enterrasen allí donde cayese en combate, y así se hace. Sin quitarle la ropa de combate, lo envuelven en una bandera y lo trasladan hasta el cercano baluarte de San Carlos. No hay tiempo para buscarle un féretro. Moore ya no verá el embarque de sus tropas, completado dos días después. Soult cañonea a la flota desde Santa Margarita y el Castrillón y causa daños graves en 15 de los 100 navíos. Después toma la ciudad. Y, fiel al código militar, rinde honores al sir.