XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS, profesor de Ciencia Política
13 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Vista la encuesta de Sondaxe, que se publicó ayer y hoy, parece que los gallegos tenemos un concepto muy especial del urbanismo, cuya definición podría formularse más o menos así: «conjunto de normas legales destinadas a meter en cintura a todos los vecinos que rodean nuestra casa, sin que ello afecte a la libre disponibilidad de nuestras parcelas ni a la capacidad de reformar, aumentar y modificar a capricho la estética de nuestra propia vivienda». Sólo así se explica que mientras una gran mayoría (88%) se posiciona a favor de la arquitectura tradicional, casi todos seamos responsables, propietarios o consentidores de la bárbara destrucción del paisaje y del patrimonio arquitectónico que se llevó a cabo en las últimas décadas. Y sólo así se entiende que el 92% de los ciudadanos se muestre de acuerdo en subvencionar la arquitectura popular, con la evidente intención de transferir toda la responsabilidad a los poderes públicos y con la inconfesada esperanza de recibir alguna limosniña para arreglar la palleira de la aldea. Máis aínda, como decían en mi pueblo: si somos tan amantes del paisaje y la arquitectura de nuestros abuelos, ¿cómo se explica que los alcaldes más votados coincidan con los regidores de esas villas de estilo neoyorquino que pululan por toda Galicia? ¿Cómo se puede entender que el 52% de los gallegos considere aceptable la estética de unas ciudades que, siendo pequeñas y disfrutando de entornos envidiables, hacinan su población en espacios raquíticos y acumulan en sus calles una sarta interminable de aberraciones urbanísticas? Las respuestas pueden ser estas. Primero, y fundamental, que hay un gran déficit cultural, que aconseja pensar en auténticas campañas de alfabetización urbanística. Segundo, que carecemos de modelos arquitectónicos que permitan cohonestar la conservación de lo que vale con el necesario tratamiento de las construcciones que son inadaptables a la vida moderna. Tercero, que estamos presos de políticas urbanísticas formuladas en negativo, sin que nadie se ocupe de dar una adecuada respuesta a las exigencias del crecimiento y de la modernidad. Y cuarto, que seguimos confiando en modelos de planeamiento de tipo geométrico, sin aceptar su fracaso frente al indescifrable guirigay de la propiedad y la parcelación del suelo. Por eso pasa lo que pasa: que sólo tenemos claro lo que debería hacer el vecino, mientras hacemos lo nuestro a ojo de buen cubero.