Saint-Pierre


De todas las historias colectivas que me han interesado desde que comenzó el año, la del pueblo de Saint-Pierre-de-Frugie es la que me ha parecido más esperanzadora. La contamos en la última de La Voz en el primer ejemplar del 2017, y considero acertado el criterio por más que Nueva Aquitania, ese rincón de Francia por el que pasa el Camino de Santiago, nos suene lejano.

Su problema, sin embargo, es tan global y cercano que debe servirnos de inspiración. Hago un resumen ejecutivo: un pueblo se va quedando sin habitantes, ve cómo cierran sus últimos negocios y en las casas y en las calles empieza a aparecer el musgo. ¿Les pilla ahora más de cerca? En el 2008 solo quedaban cuarenta vecinos. Hoy son más de cuatrocientos, y la culpa, circunstancial para mi reflexión, fue de la agricultura biológica, que atrajo a nuevos productores y, en consecuencia, otros negocios con bríos y urbanitas en busca de un entorno agradable, sostenible y saludable.

Un alcalde inteligente y un puñado de emprendedores comprometidos obraron el pequeño milagro que nunca deberíamos intentar en nuestras casas, porque la flauta suena una vez, pero es inevitable pensar que en las cuestiones demográficas y de desarrollo socioeconómico todo funciona mejor de abajo a arriba. Por más que se tiren al suelo las cargas fiscales y se subvencione hasta el respirar, tener hijos en un entorno rural y promover un negocio es, a día de hoy, una temeridad, Pero tampoco es imposible. Siempre podemos volver sobre nuestros pasos, desandar el Camino y comernos una ensalada ecológica en Saint-Pierre-de-Frugie. O esperar y ver crecer nuestro propio musgo.

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