Esencias de un pasado reciente

CARBALLO

Casa de Eduardo Pondal.
Casa de Eduardo Pondal. J. M. CASAL

Para entender Ponteceso es altamente recomendable el libro Ponteceso, el nacimiento de un pueblo, de Jaime Valdés Parga. Cómo de un lugar semivacío entre las parroquias de Tella y Cospindo, justo al lado del Anllóns y rellenos mediante, fue surgiendo la pujante localidad de hoy en día en la que se conserva una cierta armonía urbanística alejada de las grotescas construcciones que han infectado otras capitales municipales de la zona. Cierto que el desarrollo urbanístico apresurado sobre terrenos de escasa consistencia han traído los problemas conocidos (y las crecidas de amargo recuerdo), pero la factura general le gana a la particular. En pocos lugares se ha mantenido un paseo junto al Anllóns que incluso evoca otros municipios de arquitecturas respetuosas con sus raíces gracias a los cascos antiguos. La plaza es pequeña, pero al menos es plaza. El ascenso al consistorio evoca por segundos callejuelas de antaño, aunque más geométricas. El recuerdo también se apodera del paseante que sube hacia Anllóns (el lugar), apagado -este si- por nuevas construcciones. Ese misticismo es mayor si se elige la salida hacia A Graña. Y, muy superior, y cuestión aparte, es todo el entorno de la casa de Pondal. La suerte o las precauciones han permitido mantener el inmueble y su entorno sin más cambios que el de la luz de las estaciones, en este lugar particularmente cambiante sobre la capa fluvial. La casa es el testigo de un urbanismo que la Costa da Morte mereció tener, pero también de familias onerosas que se lo podían permitir, con apellidos que aún marcan los libros, las obras y calles de cuatro o cinco pueblos. Queda alguna en Corme de tradición marinera en Corme, y bien bonita, pero ahí los males urbanísticos son más conocidos. Brilla, eso sí el paisaje.