En el 2003 el Gobierno encargó a la Sociedad Española de Neumología un estudio sobre el impacto del chapapote en la población, trabajo que sigue hoy en marcha
29 mar 2009 . Actualizado a las 03:00 h.Lo primero fue el fuel y con él llegó el caos. Corría un día fatídico de noviembre del 2002 cuando la Costa da Morte empezó a prepararse para el luto. Iba a quedar enlodada hasta las orejas gracias a un buque que lleva un gracioso nombre: Prestige .
Poco más se podrá contar de un desastre que permanece muy vivo en la memoria de todos los habitantes de la comarca. Las imágenes de Muxía pasaron a la historia y todo el mundo las conoce. Lo que es bastante menos conocido es el estudio que encargó el Gobierno entonces para conocer el impacto que la exposición al fuel pudo causar en las personas que estuvieron más tiempo en contacto con él.
Primero fue el fuel y la desesperación. Los marineros sacando aquel lodo negro con las manos, los voluntarios fajándose en las playas y entre las rocas sumergidos en aquella sustancia de funesto color. Pero poco a poco llegó la organización y ya en el 2003 sonaron las primeras voces de alarmas, aquellas que clamaban porque quienes iban a la faena diaria de la limpieza lo hicieran con guantes bien sellados y mascarillas.
Hoy se sabe que hubo diferencia entre quienes llevaron aquellas máscara y quienes no lo hicieron. Y eso gracias a un estudio realizado por la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica. Se puso a trabajar en el 2003 gracias a 420.000 euros procedentes del Fondo de Investigación Sanitaria del Ministerio de Sanidad y hoy, seis años más tarde, sigue con las manos en la masa. Hace tres años presentó sus primeros resultados, pero todavía estos días toman muestras entre cientos de marineros para hacer un seguimiento del impacto de aquellos gases.
El trabajo lo dirige la neumóloga Gema Rodríguez Trigo. Pero no está sola. Cuenta que tras el accidente se constituyó un equipo formado por médicos del Complejo Hospitalario de A Coruña, del Clinic de Barcelona, del 12 de octubre de Madrid, del Instituto Epidemiológico de Barcelona y de otras entidades de similar prestigio.
A los dos años habían pasado un cuestionario a 10.000 marineros, gran parte de ellos estuvieron en contacto con el fuel y otros fueron utilizados como población de referencia para comparar resultados.
«Se demostró que a los dos años se asociaba un aumento de expectoración y síntomas nasales», explica Rodríguez Trigo. El fuel, además de afecta al humor, afectó también a bronquios y pulmones.
La encuesta no fue, claro, el único medio para saberlo. Tras las preguntas, se puso en marcha una unidad móvil de laboratorio con una doctora y varias enfermeras. Se pusieron en contacto con los 10.000 marineros y, cuenta la doctora, cerca de 7.500 respondieron a su llamada.
De todos ellos el equipo seleccionó a 600 personas de las que estuvieron expuestas al fuel y a otras 200 que no lo estuvieron. A todos se les hicieron pruebas médicas, como la de la metacolina, para ver el exceso de reactividad en los bronquios. También en el condensado de aire exhalado y de indicadores genéticos. Muchas de las pruebas fueron remitidas a laboratorios de Barcelona para su análisis.
Fue ahí donde se vio que el Prestige afectaba negativamente a la salud, no asociado a una enfermedad concreta, dice la doctora, pero sí a determinados síntomas que se aprecian en quienes estuvieron más expuestos.
Los datos de aquel estudio fueron publicados en la revista American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine , una de las revistas especializadas más importantes del mundo en su campo.
Medio plazo
Pero el equipo no se contentó con esos resultados. Un estudio serio necesita seguimiento y volvieron a la carga un tiempo después para ver la evolución de los síntomas detectados entonces y determinar si remiten con el tiempo o si, por el contrario, se complican.
Ahora, cuenta Rodríguez, están a punto de terminar con la fase de recogida de muestras. De nuevo se han pateado la costa gallega, desde Marín a San Cibrao, parando en todas las cofradías, entidades que ayudaron en la organización del estudio.
Cuenta la doctora que el fin de los análisis no significa el fin del trabajo. Además de tener los resultados de cada caso, hay después un complejo proceso de estudio estadístico de las variables que aparecen en todos los casos. Con ese trabajo hecho, se publicarían los resultados en alguna revista internacional de prestigio y se aguardaría a que fueran estudiados y contrastados por especialistas internacionales. Solo entonces, dice la doctora, darán su versión. Con esa meticulosidad en el método, no es de extrañar que Rodríguez no quiera avanzar su opinión sobre cómo están ahora las cosas.
«Lo importante es seguir estudiando el caso para estar seguros de que no hay problemas graves», dice. Por ahora, lo que ha quedado claro, explica, es que el fuel produce gases tóxicos y que cuando se trabaja en ese ambiente es necesario poner barreras entre las personas y esas sustancias. «Es vital, ante otra catástrofe, proteger muy bien a las personas», cuenta.
Para eso hacen falta guantes que aíslen del contacto directo y mascarillas adecuadas, de doble filtro, que son las únicas que pueden impedir que partículas tan finas como las que desprende el fuel lleguen a los pulmones. «Mucha gente no las utilizó entonces o no usaron las adecuadas», dice.
En cualquier caso, los resultados muestran que es mejor utilizar algún tipo de mascarilla, el que sea, que no emplear ninguno. «No se puede quitar importancia a vertidos descomunales como el del Prestige . Un vertido de fuel puede suponer un problema de salud pública para los que lo limpian y para los que viven en la zona», alerta la especialista. Habrá que esperar para saber si la salud sigue arrastrando secuelas. Las mentales, seguro, están muy vivas.