La Costa da Morte ha sufrido un cambio profundo en las casi mil horas que han pasado desde el desastre
19 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Han pasado casi mil horas desde que el Prestige apareció frente a Muxía y vistió de negro riguroso, de luto ecológico, la Costa da Morte. Desde entonces, y a las puertas de la Navidad, mucho ha pasado.? Ha nacido un poco de conciencia del mar como fin, en un lugar que siempre se ha visto como medio. Han llegado riadas de voluntarios, verdaderas estrellas de Navidad que recorren largos trechos para llevar buenas nuevas a donde comienzan a germinar nuevas épocas. En estas casi mil horas de trabajo, han salido los marineros a limpiar sus leiras de agua y asombrarse de cómo ésta tiene un sorprendente efecto multiplicador: de una gota de fuel -palabra que antes apenas usaban los petroquímicos y ahora es argot de bar- surgen miles de minúsculas partículas que impregnan mayúsculas playas, arenales y acantilados. Como el sudor, que una gota sudada a tiempo levanta morales a legiones, destacamentos, percebeiros y marineros.?En este tiempo, es sorprendente, los físicos no han reparado en esa ley del caos, subtipo de la armonía de contrarios, que establece que el horror se siente atraído por la belleza y nada más: ha ultrajado Reira, Touriñán, Traba, Razo, Caión, Corme, Laxe. No cualquiera sitio. El que produce. El que enamora. Los bajos del Cardenal. La desembocadura del Castro. Las Sisargas.?Esto es lo que hay y lo que habrá para Navidad. Champán cordón negro. Turrón de chapapote, el más caro del mundo. Postales desde el fin.