Los concellos de Santa Comba, Zas, Ponteceso y Coristanco acogieron el campeonato provincial de caza de zorro Los relojes de las torres de las iglesias marcan las siete. Aún preside la mañana la noche y la niebla. Luis, Alberto, José Manuel, José, Suso, Moncho, Codo y José Abelenda se acicalan para salir al monte con su escopeta. Son la cuadrilla de Cances que ayer participó en el campeonato provincial de caza del zorro que se disputó en Coristanco, Ponteceso, Santa Comba y Zas. Fueron ocho de los más de quinientos cazadores que intervinieron en esta jornada entre lo lúdico y lo deportivo y que arrojó el balance de una treintena de raposos muertos y una comida de hermandad en el pabellón municipal de Coristanco.
13 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Las ocho de la mañana era la hora de concentración en el bar Pataca de Coristanco. Los cazadores llegados de toda la provincia, desde Cedeira hasta el Barbanza, convertían las calles próximas a este local en un auténtico avispero de escopetas. Dentro del local, los deportistas desayunaban; los más cafés, y los menos optaban por el vino y el chupito de aguardiente encomendándose al refrán de que «un trago quita o frío». Lo hacía: cuatro grados en el vergel de Bergantiños. Conforme iban llegando los participantes, pasaban por el área de control donde se les entregaba una tarjeta identificativa, las reglas y un mapa de la zona en la que les correspondía por sorteo. Era momento de comentarios: que si los zorros están en zonas de brañas, que si al lado de las casas, que si entre todos se superarían los cien raposos. Entre el ajetreo, escondido como en una esquina, estaba feliz el presidente provincial de la especialidad: «É unha oportunidade para xuntarnos os cazadores da provincia. O importante non é gañar, senón estar todos xuntos», explica Manuel Blanco Grille. De las 52 cuadrillas participantes, 23 eran de la Costa da Morte. La batida Al grupo de Cances le ha tocado cazar en la zona número 32, un terreno situado en el Concello de Zas, ya en el límite con Laxe. Cuando llega el guía, éste les da las últimas instrucciones y les recuerda los límites de su área. Vestidos con catiuscas, con los cartuchos a punto y tocados sólo la niebla tronza el goce de los ocho cazadores. Hay que esperar a que se disipe. Pasadas las diez y cuarto se ponen en marcha, llevan tres cuartos de hora de retraso con respecto a sus compañeros. Nada más entrar en el monte, los perros empiezan a cantar al olor del rastro del zorro. Comienza una persecuación entre tojos, charcos y pinos. Falsa alarma. Será la tónica del día. A las dos, cuando se baja el telón cinegético, no tienen animal que echarse al zurrón. Pero como no hay mal que cien años dure, a la carretera y a la comida de Coristanco.