El poder y la gloria


El poder y la gloria

, novela que Graham Greene escribió en 1940, fue el primer libro para reflexionar al que me enfrenté en mi juventud. Venía de leer La isla del tesoro, de Stevenson; el Gulliver de Swift, la Alicia de Carroll, el Pinocho de Collodi y el Peter Pan de Barry sin percatarme de que eran libros en los que, al releerlos muchos años después, habría de descubrir que escondían una lectura dura, muy dura en la que se reflejaban todas las vilezas que el ser humano es capaz de cometer. Revísenlos y verán cómo es cierto que en esas páginas aparentemente inocentes, encuentran el maltrato, la esclavitud, el crimen, la extorsión, el robo, la corrupción, la tortura y la muerte. Como la vida misma.

Dada mi poca edad, lo había pasado por alto. Por eso leí entonces también La náusea de Sartre, La peste y El extranjero de Camus y el Manhattan Tránsfer de Dos Passos, para así enterarme de lo que me esperaba al otro lado de los 18 años. No debí hacer mucho caso a lo leído porque mi inocencia siguió conmigo muchos días y muchas noches, haciéndome caminar con frecuencia por la frontera del precipicio en cuya hondura todo desaparece. Lágrimas, besos, dolor, risa, familia, amigos, amor?. y el poder, el poder y la gloria.

No sé cómo ni en qué intersección de las carreteras secundarias del cerebro (tal vez me salté un stop) me encontré frente a estos recuerdos que dormían el sueño eterno de los días perdidos en la extensísima latitud de la memoria. Pero sí sé en qué momento se encendió la chispa que encendió este fuego que no cesa.

Hace casi un mes prendió la primera hojarasca débilmente pero el incendio que todo lo devora, el gran fuego, se extendió por mi interior cuando la albura de madera del ataúd del niño César, cegó al mismo sol en la plaza de O Tapal de Noia. Fue entonces cuando las llamas del recuerdo hicieron visibles todo el dolor y la desesperación que doblan la cerviz del personaje de Graham Greene. Es la desesperanza humana que se refleja en cada línea del libro que no son sino arrugas en la frente de quienes le conocían de cerca, lo palpaban a diario, le vieron nacer y lo animaron a dar sus primeros pasos al sol de marzo en la Alameda. Sus abuelos, a los que recuerdo casi niños, amparaban aquella soledad blanca que envolvía bajo las flores el cuerpo amado de César, y su padre guardaba la pena honda de una duda mantenida en la penumbra de un tiempo tal vez feliz.

Por las vetustas escaleras de piedra, bajo el reloj testigo de las horas fatales, descendió aquella urna sostenida por manos de niños, manos inocentes para portear una carga virgen camino del polvo de la tierra que pronto, en primavera, madurará en flores de miel. La compasión no podrá saciar una sed tan grande ante la incomprensión de los astros y los dioses. La eterna pregunta, el por qué a nosotros, estará para siempre pendiendo como una espada sobre sus cabezas.

Aquellos abuelos obnubilados por la pena, trajeron a mis manos desnudas los versos de Jorge Guillén: «Y se me escapa la vida/ ganando velocidad,/ como piedra en su caída». Y la queja de Gustavo Adolfo Bécquer: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!» Aunque los muertos sean niños de nácar, transparentes e ingrávidos como César, se quedan solos en medio de la nada buscando sus lápices de colores con los que, quién sabe, tal vez hubiera pintado una puesta de sol en Baleares para mandársela en Navidad a María José y a Víctor. Ellos y nosotros nos quedamos también solos con lo que Graham Greene dejó escrito. Como el santo no es aceptado en este mundo, el pecador ha de ser testigo de lo divino en la tierra.

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