Todo lo que debes saber sobre Herbón y sus pimientos

El lugar es un paraíso lleno de misterio y belleza y sus frutos se extienden por España


redacción / la voz

El cartero rural de Herbón (Padrón) me dijo una vez: «Eu, cando vou a Padrón, digo que non creo nesas cousas das meigas para que non se rían de min, pero aquí, na aldea, carallo si creo». Me acuerdo de Herbón y de su carteiro todos los viernes cuando me acerco en Cáceres por la pescadería de mi amigo Felipe Salgado y compro pimientos de Padrón, almejas y berberechos de A Illa de Arousa y mejillones de O Grove.

Que vendan moluscos gallegos en una pescadería cacereña es normal, lo sorprendente es que tengan también pimientos de Padrón. En realidad, son del Val do Salnés, pero son pimientos fetén, de verdad, es decir, no pican. Porque como todos ustedes saben, los pimientos de Herbón auténticos no pican y si lo hacen, solo es a finales de agosto y si se han dejado cinco o seis días en la mata.

Todo lo que sé sobre los pimientos de Padrón me lo enseñó Camilo Basadre, que fue presidente de la asociación padronesa de empresarios y estudió en el colegio León XIII de Vilagarcía. Basadre casó con Socorrito Barreiro, de Carril, hermana del recordado concejal Emilio Barreiro. Regentaban una panadería estupenda en A Matanza, cerca de la casa museo de Rosalía de Castro y a un paso de Herbón, de su convento franciscano, de su iglesia románica del siglo XII y de sus plantaciones de pimientos. La panadería data de 1918 y en su horno de leña se coció tanto el pan que alimentó a los prisioneros de la Guerra Civil encerrados en el campo de concentración de la azucarera de Iria, como el que realzó el banquete de inauguración de la fundación Camilo José Cela con los reyes Juan Carlos y Sofía, el banquero Mario Conde y el propio escritor presentes.

Herbón es un paraíso formidable, lleno de historia y sabores, que puede ser un magnífico destino de turismo interior en esta Semana Santa de cierres perimetrales. En las orillas del Ulla, se levanta el convento al que se retiraban a descansar los misioneros franciscanos que regresaban de Tierra Santa o el trovador Xoán Rodríguez do Padrón tras sufrir un desengaño amoroso. Fue fundado en 1396 y ha sido lugar de penitencia, de retiro y hasta cárcel.

Además de las instalaciones conventuales, en el monasterio franciscano de Herbón destaca su huerta, en la que se han plantado a lo largo de los siglos semillas exóticas y sagradas que traían los misioneros desde los monasterios de Jerusalén, Getsemaní, Belén y Caná, pertenecientes a la provincia franciscana de Compostela. Allí crecen el árbol del tomate, olivos del huerto de Getsemaní, una palmera de Tierra Santa o un pino del campo de los pastores de Belén. Estos frailes fueron pioneros en el cultivo del kiwi en Galicia y aquí y en Allariz se recogieron las primeras patatas gallegas. La leyenda dice que ellos introdujeron los famosos pimientos, pero no hay nada demostrado. De todas maneras, sería un origen lógico y se supone que fue una guindilla traída de Chile por algún misionero franciscano.

Además de por sus pimientos, Herbón tiene un atractivo mágico, un misterio esencial que te empapa a medida que te vas adentrando en el valle y te acercas al Ulla. Su cartero me contaba su actitud chaquetera ante las meigas cuando recordábamos el caso de Castriño, un señor del lugar que adivinaba cuándo iba a haber un muerto de la zona. Su pronóstico más sonado fue cuando anunció que un vecino moriría en León tal día. Y murió ese día.

Hasta 1985, morirse en León era más sencillo que morirse en algunos lugares de Herbón. En concreto, en las aldeas de Barca, Morono, Rocha, Cortiñas, Confurco o Condes, que pertenecían a Herbón, pero quedaban en la orilla izquierda del Ulla. Para poder ser enterrados en el cementerio parroquial, el féretro tenía que cruzar el Ulla en la barca mortuoria del señor Agustín, a quien, hasta 1977, los vecinos pagaban un canon de trigo, maíz y centeno, así tenían tarifa plana para cruzar en la barca cuanto quisieran. Ese año, el barquero dijo que se acabaron los tributos medievales y empezó a cobrar 5 pesetas por viaje. En 1985, cuando se inauguró el puente que unía las dos partes de Herbón y acababa con el negocio del transporte fluvial, el billete ya costaba 50 pesetas.

Mi amigo Basadre me enseñó cuanto sé de Herbón y me llevaba a comer pimientos y tortilla de patatas a Casa Dios, un bar del lugar abierto en 1959. Allí, Lourdes, nieta de O Dios, fundador del bar, me detalló cómo freír bien los pimientos de Herbón: hay que quitarles el rabo haciendo palanca con la uña o con el mango de una cucharilla de café, hay que echarlos en la sartén con el aceite de oliva caliente, pero no demasiado porque entonces se chascan, se queman y les salen ampollas y no se pueden dejar solos ni un momento, hay que removerlos continuamente con la espumadera hasta que estén fritos a gusto del consumidor. Después se salan y se echa con la espumadera un poco de aceite por encima. Con la maldita pandemia, hace tiempo que no puedo ir por Herbón, pero friendo pimientos cada fin de semana, evoco el lugar y disfruto.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
9 votos
Comentarios

Todo lo que debes saber sobre Herbón y sus pimientos