Cómo saber que están en un bar gallego

el callejón del viento J.R. Alonso de la torre REDACCIÓN / LA VOZ

AROUSA

MARTINA MISER

En Vilagarcía, los refrescos no llevan hielo, las cervezas son grandes y hay varios periódicos

28 jul 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Si entras en un bar, pides una Cocacola y te la sirven con limón, pero sin hielo, no hay duda, amigo, estás en Galicia. Cada región tiene sus costumbres hosteleras y el turista es el primer sorprendido ante las novedades. Al nativo, estas peculiaridades no le llaman tanto la atención, está habituado a ellas, pero los forasteros ponen caras raras.

Una de las costumbres que caracterizan a la hostelería de O Salnés y de Galicia entera es cómo se sirven las cervezas. No se trata de que en España, Danone sea sinónimo de yogur, Albal sea sinónimo de papel de aluminio y, en Galicia, Estrella sea sinónimo de cerveza. Lo que singulariza a la hostelería gallega es que aquí, pides una cerveza y te sirven un tercio, mientras que en el resto de España, salvo que especifiques, una cerveza o es caña o es un botellín de un quinto.

Este hábito de la cerveza grande, ande o no ande, es también característico de la hostelería portuguesa, donde te sirven tercios de Sagres o Súper Bock a menos que dejes claro que quieres una mini, lo cual, al igual que en los bares gallegos con los quintos, suele ser misión imposible.

La llegada del verano acentúa la importancia de la hostelería y sus peculiaridades regionales y locales. En Vilagarcía, por ejemplo, los turistas quedan encantados cuando llegan a una terraza, piden un café con leche y les traen el café, un plato con bizcocho y un vasito de zumo. Este servicio tan espléndido lo hemos asumido como algo normal, habitual, de toda la vida, pero hace nada, en Vilagarcía se servía el café a palo seco y si querías zumo o bizcochito, lo pedías y pagabas aparte. En verano, suelo tomar un café frente a la estación de ferrocarril y salgo del bar bien desayunado porque, con el café con leche, además de zumo, te ponen gratis, supongo que lo siguen haciendo, una tostada con mantequilla. ¡Es inaudito!

Otra de las costumbres que entusiasman a los turistas es la gran cantidad de periódicos que ofertan los bares gallegos a sus clientes. En el Stocolmo 2.0 de A Baldosa vilagarciana, da gusto entrar temprano y encontrarte una mesa que parece más de biblioteca que de bar. Sobre ella, ordenados y tentadores, se disponen hasta diez periódicos regionales, nacionales y deportivos. ¡Lo nunca visto! Eso es servicio de calidad al cliente y eso hace que los turistas se vayan asombrados de Vilagarcía, no ya por la oferta abrumadora del Stocolmo, que más que The New Concept of European Bar, debería anunciar en su toldo: The New Concept of European Hemeroteca, sino porque en cualquier taberna de cualquier aldea de O Salnés, el nativo y el turista van a encontrar a su disposición al menos dos periódicos.

Colegas periodistas extremeños me comentaban asombrados que, cuando van a Galicia, encuentran cafés donde hay dos ejemplares de La Voz de Galicia y uno del resto de la prensa regional a disposición del personal. Aquí, la prensa escrita resiste mejor gracias a los miles de bares con miles de periódicos.

A veces, estas costumbres diferentes provocan alguna discusión o malentendido. Es el caso del servicio de refrescos sin hielo. De Zamora hacia abajo, tú pides una Fanta o una Schweppes y te llenan el vaso de hielo. Si no te gusta la bebida tan aguada o te sienta mal tanto frío en la garganta, has de avisar de que la quieres sin cubitos. En Galicia, es al revés y he visto a turistas indignados porque su Aquarius les parecía triste, como si el hielo convirtiera la bebida en una fiesta.

Una de las novedades de los últimos años que han convertido a Vilagarcía en una plaza hostelera única es el desayuno. Más allá de los chupitos de zumo gratis y las porciones de bizcocho de regalo, la ciudad es el único lugar que conozco donde es preciso hacer una reserva para desayunar. El Augamare de Carril, templo vilagarciano de la delicadeza y el buen gusto, es el local donde la calidad y el mimo puestos en cada desayuno ha obligado a crear una lista de reservas, como si aquello fuera El Bulli del pequeño almoço, que dirían los portugueses.