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Un embaucador de peces que escapó de la ciudad

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PESCA Y MARISQUEO

CAPOTILLO

Cambió Pontevedra por una aldea de Barro, donde fabrica cebos para la pesca de forma artesanal

09 mar 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Es una pena que Emilio Martínez Lázaro, director de Ocho apellidos vascos, no conociese a Jon Joseba Barturen antes de ponerse con el filme. Así, igual en vez de ocho la película hablaba de diez apellidos, que son los que lleva detrás de su nombre este vasco de pura cepa pese a que, por vía materna, tiene antepasados gallegos. Jon Joseba, al que llaman Jon, saluda con un «hasta la cocina» cuando abre la puerta de la casa en la que vive en Barro; un hogar en medio de un prado, pegado a una iglesia, en el que solamente tiene un vecino. Jon, que llevaba años residiendo en Pontevedra, se escapó de la ciudad en noviembre. Lo hizo, principalmente, para poder llevar a cabo, sin molestar con ruidos ni olores de pintura, el proyecto que tiene entre manos. Quiere vivir de fabricar cebos para la pesca de forma artesana. Ya hizo unas cuantas hornadas; las primeras a navaja -los señuelos son de madera de pino gallego blanco- y las siguientes ayudándose con alguna máquina, pero respetando los procesos manuales. Y, por lo que cuenta, picar pican los peces con el embauco que él prepara.

Para contar la historia de Jon hay que viajar primero a Basauri. Allí nació, allí se crió y allí se convirtió en un punk que escuchaba Eskorbuto y ora llevaba cresta ora pelo rapado. En el año 1986, con 19 años, desembarcó en Pontevedra para hacer la mili en el cuartel de San Fernando. Para él, era la primera vez que venía a Galicia, porque no guardaba recuerdos de cuando sus padres lo habían traído a Paxariñas de vacaciones. Dice que se topó con una ciudad que le recordaba a su tierra, «con moito ambiente de bares» -pese a su procedencia, habla un gallego bien normativo-. Le gustó. Y, además, de enamoró de una pontevedresa, que fue su novia y con el paso del tiempo se marchó a Basauri con él. Aunque reconoce que no le pega mucho, se casó por la iglesia en el monasterio de Poio. El matrimonio, ahora divorciado y con dos hijos ya mayores, de los que Jon habla con sonrisa en la boca, vivió durante años en las tierras vascas, donde él se ganaba a la vida como programador informático. La morriña les trajo de vuelta a Galicia. Y Jon, de momento, no quiere marcharse.

Estudiar las especies

Llevaba años viviendo en Pontevedra. Trabajó en varios sectores, entre ellos el del metal. Fue representante de los trabajadores de su empresa y de ahí pasó a ser liberado sindical. Estuvo varios años con un cargo en un sindicato y trabajando para el mismo. Un día, hace año y medio, le dijo adiós: «Toquei o silbato e dixen que marchaba, xa non podía máis. Eu son así, cánsome e voume. Decidín que xa estaba canso de traballar como asalariado e que quería facer outra cousa». Fue ahí cuando decidió probar suerte con algo relacionado con su gran pasión, la pesca. «Xuntei as dúas cousas, o de pescar, que me gusta, porque a miña familia ven de Bermeo, un pobo mariñeiro, e o da artesanía, que tamén me atrae moito», explica. Empezó, primero, estudiando a los peces. Sí, sí. Dice que es fundamental ver cómo nadan, qué sonidos y movimientos activan a cada especie y ante qué estímulos responden para poder hacer los cebos más adecuados. En la mesa en la que trabaja, muestra un cebo hecho para la lubina. «¿Ves? Ten un sonido especial e vai ter un movemento pensado para a robaliza, pensando no que ela come. Eu todo o que fago vou ao mar a probalo para ver se así está ben e pican», indica.

Jon no se toma a broma lo de esas pruebas. Dice que va a pescar y a probar sus señuelos tres días a la semana en jornadas de ocho horas. «Si, si, estouno facendo como se fora unha xornada laboral, e iso que non son eu de ter horarios... pero quero que este proxecto arranque», indica. Luego, muestra vídeos de esta misma semana de A Lanzada, con una lubina picando en su señuelo. Uno le pregunta si se quiere convertir en embaucador de peces, y dice: «Efectivamente, este é a arte do engano».

Jon, mientras se toma un café que acaba de prepararse en una cafetera italiana de las de toda la vida en un hornillo de butano de los de siempre, dice que lo único que busca es «vivir tranquilo aquí mesmo, sen molestar a ninguén se fago ruido coa serra ou pinto os señuelos». Hasta casi final de año le durará el subsidio del paro. Luego, se lanzará a la aventura de comercializar sus cebos en serio. «Penso que non pido tanto, busco facer o que me gusta, e que me dea para comer», afirma. Y, antes de despedirse, en un salón cocina en el que suena una canción Ray Charles y el sol se acurruca en las ventanas, añade: «Rico nin vou ser nin quero ser. Teño 50 anos e só busco tranquilidade».

De momento, cobra el paro, pero pronto intentará comercialiar sus señuelos para vivir

Natural de Basauri, vino a Pontevedra a hacer la mili; le gustó la «cultura de bares» gallega