Aquel verano del 68


Cómo han pasado los años! Así canta nuestro amigo Sito Sedes. Mantiene la elegancia de aquellos vocalistas de hace cincuenta años. Cuando las orquestas tocaban de verdad. Cuando los bailes en salones y verbenas eran acontecimientos sociales para «conjugar el verbo amar».

Los estudiados. Una minoría selecta para la disposición y acceso a los equipamientos educativos. Aprovechábamos el largo y brillante veraneo en la costa más al norte del norte. Mientras nos bañábamos en la sinfonía que la naturaleza interpretaba por aquellas hermosas playas, una flota de boniteros estaban llenando sus bodegas para descargar en las lonjas-rulas el bonito del norte que daría trabajo a todas las conserveras. Esas fábricas de transformación que fueron industria para fomentadores y manos femeninas, tal como recoge el magnífico libro de Carlos Nuevo Cal y Vicente Míguez Salgueiro.

A 37 pesetas el kilo se habían subastado los 5.500 kilos que trajeron a puerto en agosto de 1968 la flota con base en San Ciprián. Por cierto que desde febrero se hacía lo imposible, tanto en Burela como en San Ciprián, para disponer de una fábrica de hielo. Pero la acumulación de boniteros, entre La Concha y el muelle de San Ciprián, constituía un espectáculo que era antesala para aquel dinero procedente de los «quiñones» y así cambiar la vida de nuestras parroquias.

Mientras, casi estaba terminado el muro de la Anxuela, tras 27 años de su inicio para proteger a los barcos de la Cofradía.

Aun conservo aquel artículo del «Pueblo Gallego» realizado por Francisco Rivera Manso, primer presidente del CIT que se crea en 1967, y que llevaba años siendo cliente del Hostal Pablo en San Ciprián. «El impulso económico y turístico de San Ciprián es impresionante». Había dos hermosas referencias. La historia de las carpinterías de rivera, que se remonta al siglo XV y que en 1968 eran una de las peculiaridades de la ría del Cobo. Hubo veraneantes que encargaron su embarcación a remos o vela latina en tales, con el fin de poder pescar o echar pie a tierra en Os Farillóns tras las mejores piñas e percebes.

Precisamente, a la riqueza marisquera se refería el periodista. «El cazadero de mariscos del Cantábrico», que llegaban en las nasas de madera, y que se degustaban en lugares tan señalados como el establecimiento hostelero de Marcelino Díaz y Esperanza Rey.

Toda la juventud acudía a Viveiro. Sus fiestas, ambiente, playas, casco histórico con sus inigualables cantinas, aquellas fabulosas orquestas -Variedades y Píndaros- amén de la rivalidad en los torneos veraniegos con aquel Viveiro de los hermanos Soya. Las noches de «troula» terminaban en la playa de Area, junto al albergue de la Sección Femenina, dónde aquellas rapazas en servicio social aguardaban a la muchachada.

Mientras en el Portiño de Moras, seguían entrando ballenas y cachalotes, que daban tres noticias. El olor a saín cuando el viento se ponía del noreste. Trabajo para gentes de las parroquias de Xove. Carne de ballena para las tapas en algunos de nuestros bares.

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