Bélgica y las urnas del miedo

Juan Oliver BRUSELAS/LA VOZ.

INTERNACIONAL

Flamencos y valones temen que las elecciones que se celebran hoy permitan a sus élites políticas seguir ahondando en la profunda brecha que los separa

13 jun 2010 . Actualizado a las 11:49 h.

El rey Balduino ordenó levantar de la nada la nueva ciudad cuando el claustro flamenco de la Universidad de Lovaina acordó expulsar a los estudiantes y profesores francófonos alegando que allí, en Flandes, se debía estudiar solamente en neerlandés. Las continuas algaradas, con miles de estudiantes neerlandófonos gritando cada noche «¡Valones fuera!», llevaron al país al borde de la escisión.

El Gobierno decidió entonces comprar 900 hectáreas de terreno en territorio de Valonia, y fundó allí la Nueva Lovaina. Se construyeron viviendas para estudiantes y profesores, facultades e institutos y una nueva biblioteca que acogió los fondos del centenario archivo universitario que les correspondieron en el reparto a los valones: para ellos los libros de las estanterías pares, y para los flamencos, los volúmenes de los estantes impares.

La Nueva Lovaina es hoy una urbe moderna, limpia, peatonal y ajardinada, en la que viven 10.000 alumnos y docentes que se jactan de habitar la villa más joven de Europa. Porque todo lo anterior no ocurrió en la Edad Media, sino a finales de los sesenta. Como entonces, los conflictos que envenenan la convivencia entre las dos comunidades de Bélgica sigue condicionando la vida política del país, que hoy celebra elecciones.

Élites políticas

«Mis padres estaban en Lovaina en el 68 y dicen que el país estuvo a punto de dividirse», narra Sébastien Doeraene, un estudiante de Informática que pasea con dos compañeros por la calle de los Valones de la Nueva Lovaina. «Pero lo de la escisión es un cuento de las élites políticas, el pueblo no siente el problema con la intensidad con que ellos lo exponen», responde su amigo Anthony Liégeois.

Los belgas no se fían de sus políticos, ni de un sistema electoral que impide la existencia de partidos nacionales porque, salvo en Bruselas, flamencos y valones solo pueden votar por los candidatos de su propia comunidad lingüística. Y como los primeros son 6 millones y los segundos 3,5 millones, Flandes siempre tiene mayoría en el Parlamento.

Desde los años setenta, todos los primeros ministros han sido flamencos. Pero cuando se les pregunta a los jóvenes valones quién ganará hoy las elecciones, responden citando a los suyos: «Di Rupo [socialista] parece favorito, pero Reynders [liberal] también puede ganar», comenta en francés Hadefi Chedi. Traducido al español, es algo así como si un catalán dijera que las próximas elecciones legislativas en España las ganará Duran i Lleida.

Treinta kilómetros al norte, en la Lovaina original y muy cerca del centro geográfico del país, no se oye una sola palabra de francés. Aunque Sören Vanwinkelen y Sophie Massy saben hablarlo: «Tenemos amigos francófonos, pero aquí nos entendemos en neerlandés o en inglés».

Sophie estudia en la Facultad de Humanidades y Sören empezará el año que viene. Pero no les suena el caso de un joven alumno de su Universidad que hace dos años quiso matricularse en la Nueva Lovaina, como muestra de que creía en la unidad del país y en la convivencia entre sus dos mitades. Las administraciones le pusieron tantas pegas que al final solo pudo conseguirlo apuntándose al programa Erasmus de la UE, como si fuera un extranjero.

Inversiones

El caso puede parecer insólito, pero los belgas están acostumbrados a eso y a mucho más. Porque aquí, como sucedió con la biblioteca de Lovaina, todo se reparte. Desde el ruido de los aviones, que despegan del aeropuerto de Bruselas alternativamente hacia Flandes y hacia Valonia para compartir las molestias, hasta el mensaje navideño del rey, que empieza cada año felicitando las fiestas en una lengua para cambiar a la otra justo a mitad de discurso. También se reparten con milimétrica equidad las inversiones estatales, sean cuales sean las necesidades reales de cada región.

Cuestión de tiempo

Esa división en dos de todo lo que tenga que ver con la administración del interés y de los bienes y servicios públicos ha ido dejando en el imaginario de los belgas la sensación de que, les guste o no, el divorcio es solo cuestión de tiempo. Y el mejor ejemplo es que las encuestas dan ganador a Bart de Wever, un nacionalista flamenco moderado que promete montarla reduciendo el Gobierno a dos ministerios (Defensa y Exteriores) y trasladando el resto de competencias a las regiones. Los sondeos le dan a su partido, el N-VA, un 26% de votos en Flandes. Y eso que, según esas mismas encuestas, no hay más de un 10% de flamencos partidarios de la independencia.