Protagonistas de la lucha contra la marea negra relatan cómo hicieron frente al vertido
13 nov 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Hace nueve años, unos días después de aquel 13 de noviembre del 2002 en el que el fuel del petrolero Prestige comenzó a verter el carburante que tiñó de negro brillante la costa gallega, un vecino de Muxía, Manolo de Chelo, bajó hasta la ensenada de Cuño para ver cuánto chapapote había quedado varado en la playa. Con un palo midió la profundidad. Sobre las rocas parecía que había más de un metro. Ahí ahora todavía es fácil ver algunas piedras pintadas. Son los restos secos de una tragedia que los vecinos de la Costa da Morte, apodada como zona cero, no quieren olvidar. Igual que tampoco lo hacen en Arousa, Barbanza, A Guarda...
«Levamos toda a vida no mar. Por desgracia, tivemos que ver o Casón, que ten a carga aínda no fondo. Daquela xa lle chegara ben e cando vimos o Prestige... Pensei isto non o limpamos na vida». A Ramón Vilela, percebeiro hermano de percebeiros y entonces responsable del colectivo en el municipio, le cuesta creer que Cuño haya quedado como está.
Caminando con dificultad sobre las piedras, apoyado en unas muletas, recuerda como trabajaron en la ensenada. Allí estuvieron militares, marineros y parte de las decenas de miles de voluntarios que formaron la marea blanca que cubrió los arenales de Galicia. «Estivemos aquí, en Loureda, en toda a zona. Aquí repasamos todos os puntos e volteamos todas as penas», recuerda. A su lado están José y un hermano, Manuel. Los dos son percebeiros, igual que José y Luis, que durante más de once meses estuvieron quitando chapapote de la costa. Día a día. Semana a semana.
«Foron moitas mans as que houbo aquí», aseguran. Primero las de los trabajadores del mar, luego fueron llegando las de los voluntarios, las de los militares y las de personas contratadas por Tragsa. Y también ayudó el mar. «Non hai este mar e non limpa tan fácil. O mar traballou moito», dicen. La prueba está justo detrás de ellos. Porque el miércoles había el mismo mar que el día que el buque tuvo el accidente. Olas altas arañando las rocas. Viento.
«Que cheirume había aquí», recuerdan. Un hedor, el de Cuño, parecido al que también había en las Rías Baixas, adonde la mancha empezó a llegar más tarde.
En Arousa fue una lucha épica, un combate mano a mano contra el monstruo negro. «Fun dos primeiros que foi á boca para quitar o chapapote. Non tiñamos nada, nin traxe branco, nin guantes, nin nada. Indignación era o que sentiamos entón. Aínda teño no armario roupa manchada daquela época», recuerda Santiago Falcón. Este marinero de O Grove luchó durante quince días. Fue un cuerpo a cuerpo. Pero luego ya tubo que dejarlo. «Tiven unha bronquite, non estaba ben», dice.
Aquel incidente fue lo que le empujó a presentarse voluntario en el estudio Separ-Prestige, coordinado, entre otros, por el jefe de Servicio de Neumología del Complexo Hospitalario Universitario A Coruña (Chuac). «Fun alí varias veces, pero non viron nada raro», recuerda. El resultado de aquel trabajo epidemiológico fue que aquellos que habían estado en contacto con el combustible durante bastante tiempo presentaban algunos problemas respiratorios.
No fue el único trabajo que se ha hecho. También ha habido otro dedicado a analizar la consecuencia a nivel genotóxico. Las investigadoras de la Universidad de A Coruña, Blanca Laffon y Josefina Méndez dirigieron una tesis doctoral cuyos resultados fueron dados a conocer en el 2006. Ahí detectaban algunas alteraciones en el material genético de los expuestos durante meses al chapapote. Ahora está en marcha un segundo trabajo. «Las muestras se han tomado a principios del año anterior y el resultado no se conocerá hasta el año que viene», explica la investigadora. El objetivo es comprobar que esas alteraciones están corregidas o, al contrario, todavía permanecen. Lo que está presente entre aquellos que vivieron el Prestige es, como explican, algo que no hay que olvidar.