Cuando se le pregunta de qué vive, contesta: «Con las cosas que van saliendo, pintando, cortando el césped, ayudando a sacar escombros de las obras, una mudanza. Está muy jorobado, cada día está peor». Pero, a pesar del diagnóstico, Ernesto Blanco Ameijenda es a sus 63 años un derroche de optimismo.
Nacido en Cabana de Bergantiños, está divorciado y tiene dos hijas, Paula Andrea y Romina Lorena. Vive en Avellaneda, una de las zonas más pobladas del llamado conurbano, en el límite sur entre Buenos Aires y la provincia. «No vine, me trajeron en 1950. Tenía cuatro años», explica. Hace poco pudo volver, aunque fuese por unos días: gracias a una colecta que hicieron algunos parientes, tuvo ocasión de regresar a su pueblo. «Quedé sin palabras, fui a la casa donde vivían mis padres, donde nací yo? me pone melancólico».
«Comiendo los ahorros»
En el 2001, el restaurante donde trabajaba cerró de un día para otro y Ernesto se quedó en la calle. Le dejaron sin pagar varios salarios y en poco tiempo se fue «comiendo los ahorros». Ahora no consigue trabajo fijo: «Es imposible conseguirlo con la edad que tengo. Ustedes sabrán lo difícil que está obtener trabajo, ni la gente con título puede hoy en día».
En realidad, Ernesto quería ser cantante o futbolista y recientemente logró cantar en el grupo de jubilados gallegos Papelavos, que tocan instrumentos hechos por ellos mismos solo con papel.
Una de sus hijas regresó de España hace poco. «La cosa se puso brava allí. Era secretaria. Ella tiene 36 años y ahora no sabe qué hacer». La otra, de 34, vive con su madre.
En el Centro Gallego de Jubilados de Avellaneda conoció a su novia, Azucena Álvarez, que también lo acompaña en sus inquietudes musicales. Ernesto asegura que hasta que le llegue la edad de la jubilación tiene que ajustarse el cinturón y así poder sobrevivir.