El modelo de clústeres articulado por las empresas a principios de los 90 y el concierto fueron los pilares del resurgir de una región que estaba en quiebra tras la reconversión
03 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Sestao. Principios de los ochenta. Manuel sale de la fábrica en la que había trabajado como soldador durante siete años con una carta bajo el brazo. Es su despido. Junto a él, decenas de compañeros se encuentran en idéntica situación. La escena se repite en numerosas plantas del País Vasco. Son los años duros de la reconversión: los altos hornos se caen, las acerías se van al tacho, al igual que la industria naval. El fin del proteccionismo y la aparición de una competencia exterior implacable ponen en jaque a toda la economía española, pero especialmente a la vasca. La factura es devastadora: la tasa de paro en el País Vasco supera de largo el 25%, en algunos municipios como Sestao llega casi al 40%; el PIB registra una caída espectacular; y el goteo de empresas que cierran es incesante. La región se encuentra en quiebra técnica.
Sestao. Noviembre del 2007. Manuel aparece en un A6 del trinque. Viste un traje impoluto y calza unos mocasines italianos de diseño. Hoy es, junto a un socio, el propietario de una empresa con 150 trabajadores que presta servicios auxiliares a una multinacional. Tras el cierre de su fábrica, el hoy industrial vasco caminó por el desierto, al igual que la economía vasca, y a principios de los noventa fundó una empresa -cuyo nombre prefiere que no aparezca- que ha experimentado un crecimiento fulgurante y que ve el futuro con buenos ojos.
¿Cómo se cimentó este cambio? ¿Suerte? ¿Visión de negocios? ¿Apoyo institucional? La respuesta es sí a todo. En el camino de Manuel y su socio hubo un poco de todo. Una apuesta por un modelo de industrialización que ha resultado un éxito (el de los clústeres), un Gobierno autónomo con enormes facultades para apoyar la economía gracias al concierto vasco, y un tejido empresarial con iniciativa respaldado además por una masa de trabajadores formados con una sólida cultura industrial.
José Guillermo Zubía, secretario general de Confebask, la patronal vasca, considera que esta confluencia de intereses públicos y privados permitió reflotar un barco que se hundía. «Aquí hay una clase empresarial con una capacidad de lucha excepcional. Todos hemos entendido muy bien cuál era el papel de cada uno. La Administración apoyar, crear un marco, orientar, pero nunca sustituir. Todos hemos trabajado juntos. También hay que destacar la cualificación de nuestros trabajadores, y eso tiene mucho que ver con que ha funcionado el sistema vasco de formación profesional».
Zubía admite que la creación de los clústeres fue igualmente decisiva en este camino, si bien no cree que este haya sido el factor clave para superar la reconversión, algo en lo que sí cree Mikel Navarro, profesor de la Universidad de Deusto e investigador del Instituto Vasco de la Competitividad.
Sea como fuere, el País Vasco fue pionero a nivel mundial junto a Escocia en la implantación de este modelo de asociación empresarial a principios de los noventa. La estrecha colaboración del Gobierno vasco con el prestigioso economista estadounidense Michael Porter, diseñador de este modelo, fue determinante y entre 1992 y 1998 se constituyeron once clústeres (ver cuadro adjunto) cuyo funcionamiento es estudiado en todo el mundo. De hecho, tanto la propia UE como la OCDE recomiendan vivamente la aplicación de este tipo de políticas que, por ejemplo, sigue Galicia desde hace años.
Tanto Navarro como Zubía consideran que el éxito de estas organizaciones radica en que cambió el chip de las empresas, que pasaron de competir entre ellas a cooperar. «Los clústeres -razona el portavoz de Confebask- permitieron focalizar las potencialidades de la economía y fomentaron el espíritu de cooperación en lugar del de competitividad. Competimos en el mundo; somos demasiado pequeños para hacerlo entre nosotros».
Este plan basado en la apuesta tecnológica y de calidad iniciado tras la reconversión industrial sigue siendo uno de los pilares básicos para el futuro económico de la región. Todos lo tienen claro. Incluso Manuel, quien cree en las potencialidades de su tierra. «Si conseguimos acabar con fenómenos indeseables y potenciar lo que sabemos hacer bien, no tenemos que temer nada. Más bien al contrario, que tiemblen otros».