Saborearon las vacas gordas de la construcción y ahora están al paro; la mayoría intentará rehacer su vida en otros sectores
07 sep 2008 . Actualizado a las 12:02 h.Las previsiones de crecimiento económico siguen a la baja, la cesta de la compra se dispara en sentido opuesto, el precio para llenar el depósito del coche se ha multiplicado en los últimos meses y los datos del paro no dejan de subir. El origen de todos los males, al margen de las turbulencias financieras internacionales, es el parón del negocio inmobiliario. En un país donde la construcción representó la panacea para muchos empresarios, se está empezando a desvanecer el sueño del ladrillo. Las primeras víctimas tiene nombres y apellidos. Son la cara y la cruz de un sector que pasó de mover millones de euros a encontrarse cerradas las puertas de su particular cielo: el banco.
Albañiles, encofradores, agentes inmobiliarios o marmolistas, ente otros, son los primeros en engrosar una lista de parados que se ya ha alcanzado una tasa en el sector del 9,9%. Los últimos datos hechos públicos por el ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, indican que los trabajadores de la construcción afectados por expedientes de regulación de empleo en la primera mitad del año multiplican por cuatro las cifras de hace un año. Ante el deterioro del mercado laboral, el Gobierno ve cada vez más difícil conseguir la recolocación de todos los trabajadores parados, tal y como había anunciado hace meses. Desde los sindicatos piden que aunque haya que asumir los despidos, no se tome como excusa la crisis para regular el sector.
Victorio Cabaleiro 50 años, era encofrador y ahora comenzará un curso de carpintería
En pocos días, Victorio Cabaleiro cambiará la profesión de encofrador por la madera y dará por tercera vez en su vida un nuevo giro a su currículum. Primero sufrió la reconversión de los 80 y su puesto en una empresa del sector de la automoción se desvaneció para convertirse en un profesional de la albañilería. Ahora, la crisis de la construcción ha vuelto a azotar al eslabón más débil de la cadena. La constructora para la que trabajaba comenzó a recortar personal y el pasado mes de febrero les entregó la carta de despido a él y a muchos de sus compañeros, según relata Cabaleiro.
A pesar de la desesperanza, el martes comenzará junto a más compañeros de profesión un curso de formación en carpintería. «É como empezar de novo. Votaremos sete horas alí pechados con moita teoría e práctica e cando rematemos a ver se nos recolocan», señala Victorio, a quien después de varios desengaños profesionales, las promesas le suenan a imposibles: «Dixéronnos que o 60% dos alumnos que fan o curso, atopan traballo», explica. Cuando echa la vista atrás se arrepiente de no haber tomado otro camino hace unos años, cuando lo llamaron para trabajar en otra empresa. «Dixen que non porque nesta estaba fixo, e mira agora o que pasou», lamenta.
Este redondelano de 50 años ha cerrado los ojos a la esperanza y asegura que encontrar trabajo ahora «é unha lotería». Con la situación de desempleo muy presente, Victorio recuerda que cuando empezó de era oficial de encofrador cobraban por metro trabajado y a un suelo base de 1.050 euros, había muchos pluses que convertían la minuta mensual en una cifra que les permitía vivir con soltura a él y a su familia. «En la zona de Vigo había mucho trabajo pero la llegada de portugueses y latinoamericanos a la construcción tiro por tierra los salarios», critica.
Él y sus compañeros asegura que con las obras del AVE habría mucho trabajo y no tendrían que estar en el paro, pero lo que hace años era una profesión bien remunerada se convirtió en un empleo donde le pagan por horas: «Para sacarse un sueldo digno hay que estar muchísimas horas trabajando y no compensa». Todavía le quedan letras de la hipoteca por pagar, pero, asegura, no es algo que le preocupe. Después de toda una vida trabajando, su casa ya está casi pagada y las mensualidades al banco no suponen un quebradero de cabeza para Victorio. Además, su mujer y sus hijos trabajan, y ayudan con su sueldo a que esta dura etapa sea solo un espacio transitorio en la vida del futuro carpintero.
Francisco Santos 26 años, es economista y trabajaba?en Fadesa, en A Coruña
Francisco Santos bromea a sus 26 años, con la posibilidad de dejar de ir al extranjero. «Hice dos viajes internacionales. Cuando volví del primero, me enteré de la suspensión de pagos de Fadesa y cuando regresé del segundo, ya estaba incluido en el Expediente de Regulación de Empleo de la compañía», recuerda.
Llegó a la empresa recién licenciado en Económicas, con una beca, que terminó en un contrato de trabajo temporal en el departamento internacional de la inmobiliaria, lo que le llevó a estudiar los destinos foráneos en los que Fadesa iba a levantar macrourbanizaciones o complejos residenciales. Ahora, todavía viviendo en casa de sus padres y con la mentalidad más de estar disfrutando de unas vacaciones que parado, se plantea presentarse a unas oposiciones de la Xunta para el grupo A y olvidar este trance.
A sus 26 años, reconoce que hay que ver el lado bueno de todo lo que pasa y seguir para delante. «No estoy preocupado. Mi situación no es como la de muchos otros compañeros. Yo vivo con mi familia y no tengo hipoteca», admite.
Su juventud y dos años de experiencia aún le pueden abrir muchas puertas, pero sin duda, los dos últimos meses de agonía laboral en el entorno de Fadesa le han servido para aprender. Francisco Santos asegura que nunca se imaginó que apenas dos años después de salir de la facultad de Económicas iba a tener que enfrentarse a su primera regulación de empleo. Ahora, espera que la liquidación le dé para poder cumplir algún capricho y se cierre el capítulo más negro de su corta vida profesional.
José Antonio Constenla. 39 años, no sabe que hará, tras tener que dejar el sector de la piedra mármol
José Antonio Constenla habla con la contundencia de quien atraviesa una situación injusta. Desde el primer momento se ofrece a contar su experiencia, aunque son muchos los compañeros de profesión que atraviesan un momento delicado. «Non sei como pinta o futuro pero o que teño claro e que neste sector non é nada fácil», sentencia. Junto a él, Alberto, Manuel o Fino, pasan por lo mismo tras dejar sus puestos de trabajo en una empresa de piedra mármol que se dedicaba a la colocación de fachadas.
Lleva parado desde el pasado 15 de julio. Ahora es su mujer la que ha tomado las riendas económicas de la casa, mientras la situación laboral de su marido no mejore. Hasta entonces vivía con la tranquilidad que da una nómina que ronda los 1.200 euros, una casa en propiedad y un coche. Sin embargo, quiere volver a trabajar, aunque asegura que «non ofrecen nada bo, todos os traballos que van saíndo son pésimos».
Según Constenla, la empresa ha reducido su personal en los últimos años y asegura que si hace tres años había más de treinta trabajadores, ahora apenas alcanzan siete. Un síntoma de la crisis que se extiende por toda la comunidad y que afecta, principalmente, a las firmas más pequeñas.
Nazzario Vila 33 años, trabaja como oficial de segunda en una constructora de Vigo
La mitad de su vida se la pasó trabajando en la misma empresa familiar y la otra mitad, hasta los 16 años, en su pueblo natal, Nigrán. Hoy cuenta los días hasta que expire el contrato de trabajo que lo mantiene ligado a la constructora desde hace 17 años.
La crisis ha acabado con su pequeña familia laboral, ya que Nazario Vila trabajaba en ella desde que era casi un adolescente. Reconoce que, aunque hay trabajo, va escaseando. Así que con solo un mes por delante de madrugones y jornadas interminables, los empleados quieren hacer coincidir la regulación de empleo que se avecina con el fin del trabajo en el que están ahora. «Solo nos queda este mes, así que esperamos que todo salga bien y nos vayamos cuando acabemos la contrata en la que estamos», indica. A buen seguro echará de menos su sueldo y las horas extras bien remuneradas que le inflaban la nómina casi cien euros al mes.
«La crisis afecta sobre todo a las pequeñas empresas, que son más vulnerables», indica. A sus 33 años no sabe qué va hacer con su futuro, pero tiene muy claro que la situación de desempleo no se puede alargar en el tiempo. «Vivo de alquiler con mi novia. Ella también tiene trabajos eventuales y el dinero hace mucha falta», explica, este oficial de segunda que hasta ahora disponía de un sueldo que le permitía vivir con tranquilidad.
A pesar de que su futuro más inmediato está ligado a la larga lista de los desempleados en la construcción, Nazario Vila no cree que vaya a estar en esa situación durante mucho tiempo. Por lo de pronto, recuerda que hace menos de un año hizo un curso de carretillero que dieron en el sindicato, Y quién sabe..., quizás ahora, se pueda acoger a esa formación laboral, que hasta ahora no necesitó.
Atilano Vázquez 60 años, trabajaba como albañil y?no se plantea cambiar de actividad
Atilano Vázquez Darriba es un lucense que llegó al sector de la construcción después de que cerrara la ferretería en la que llevaba trabajando 24 años. En los últimos seis estuvo en la nómina de una empresa de la construcción que se dedica a tabicar edificios, y que le entregó la carta de despido el 15 de julio pasado.
Al resto de sus compañeros, según Vázquez Darriba, el patrón los mandó de vacaciones y no saben qué será de su futuro cuando las acaben.
Con 60 años, Atilano Vázquez ya no se plantea cambiar de actividad, aunque reconoce que una jornada laboral colocando ladrillos no es muy fácil de soportar, especialmente después de haber pasado la mayor parte de su vida laboral detrás de un mostrador. Tampoco se siente con fuerzas de cambiar de profesión a estas alturas.
Este obrero lucense, a quien además el empresario le debe mes y medio de salario, y que todavía no ha empezado a cobrar el paro, asegura que todas las empresas para las que trabajaba la contrata en la que estaba empleado «tuvieron que cerrar todas por falta de liquidez». En su opinión, si la crisis se nota en estos momentos, dentro de un año será mucho peor.
Atilano está a la espera de empezar a cobrar el subsidio de desempleo, ingresos con los que viven él y su mujer. La única hija ya tiene treinta años y vive por su cuenta.
Manuel Iglesias 25 años, era ayudante de oficial. Ahora se está sacando el carné de camión
En una situación similar vive Manuel Iglesias. A sus 25 años, este vecino de Teo vio cómo sus planes de independizarse con su novia se iban al traste con su puesto de trabajo. «Vivo con mis abuelos y era el primer trabajo que tenía. Después de siete años en él me voy a la calle», señala. Al futuro espera llegar en la cabina de un camión. «Me estoy sacando en carné de conducir aunque ya tenía el C1», asegura Iglesias, quien reconoce que en los últimos dos meses solo le han ofrecido «borralla». Mañana se examinará del práctico y un aprobado puede abrirle las puertas a un nuevo mercado laboral, porque si algo tiene claro este ayudante de oficial es que de la construcción no quiere «ni oír hablar».
José Rodríguez 36 años, albañil; todavía no sabe?que hará con su futuro profesional
A sus 36 años, este delegado sindical de la constructora en la que trabajaba -y de la que prefiere no revelar su nombre-, ve el futuro muy oscuro para el sector de la construcción. José Rodríguez Barreiro reside en el popular barrio de Monelos, en A Coruña, y hasta el pasado junio, cuando le sorprendió el despido, trabajaba en una empresa de fabricación de puertas.
Tomando como ejemplo su experiencia, Rodríguez Barreiro cree que «las expectativas no son muy halagüeñas y muchas empresas van aprovechar este momento para echar a mucha gente a la calle».
Oficialmente, todavía no está en el paro porque el despido le coincidió cuando estaba de baja por enfermedad y todavía no puede entrar en la lista de desempleados. En pocos días será operado y después, buscará un empleo, que le permita sacar adelante a su familia. «Si no me llega trabajo de lo mío, no me puedo permitir estar parado», señala Rodríguez.