Wenceslao Sar Marcote, de 80 años, mantiene viva la tradición familiar de arreglar calzado, aunque ya como afición
28 ene 2009 . Actualizado a las 10:33 h.A Wenceslao todo el mundo lo llama Vituco. Exactamente, Vituco o do zapateiro . El indirecto se refiere a su padre, fallecido hace muchos años. Él era el zapatero, también su abuelo, y también algunos de sus hermanos. Unos cuantos hermanos: 16. Otros tiempos. De aquella prole solo quedan dos, Ramón y Wenceslao, pero la tradición fabril y reparadora quedó en manos de este último.
Además del eslabón final de una cadena antiguamente obrera y hoy sin duda artesana, Vituco es el él último del oficio en su villa natal, Muxía, y en todo el municipio. En la Costa da Morte aún van quedando algunos, pero si se juntasen en un club no pasarían de la veintena, cuando hace décadas eran centenares. Su vida se va entre largas jornadas de puntas, cuero, suelas y madera, con máquinas y martillo, escuchando la radio o mirando de vez en cuando por la ventana.
Él empezó hace casi 70 años. Cuando tenía 12. «O que facía de rapaz era coser zocos, os remendos a man. Así fun aprendendo». Después, a fabricar y a vender. «Fixen moitos. Para home, sobre todo, e algunha vez para muller. Zocos, tamén moitos. Antigamente a xente andaba moito con eles, pero iso xa foi a menos». No hace falta que lo jure. Pero, ir a menos no significa que falte trabajo. «Que va. Eu, realmente, fago isto por afección, por facerlle un favor á xente, aos amigos, pero venme veciños de todo o municipio para que lles arranxe o calzado». A eso se dedica ahora en sus ratos sueltos. No se le notan los 80 años que tiene y de vista y pulso anda bien. Además, se entretiene. «É que eu abúrrome polos bares e prefiro estar aquí sentado». No es su único pasatiempo, también le gusta el mar. Tiene una pequeña lancha y sale a pescar alguna vez. De hecho, sus descendientes han tirado más hacia los barcos que hacia el calzado. Uno de sus hijos, por cierto, es Javier Sar, conocido armador y patrón mayor de la cofradía muxiana. Ninguno quiso el relevo de los zapatos, prefirieron caminar por el mar.
Su otra afición es conducir. Lo hace en un coche de esos para los que no se precisa carné. Es su manera de viajar. Muchas otras no tuvo, salvo las dos veces que emigró a Suiza, algo temporal. El resto del tiempo, en la oficina de la Atalaia, usando, hasta hace unos diez años, una máquina que aparece en la imagen que Ramón Caamaño (recogida en un volumen de Manuel Sendón) tomó de su padre y hermanos el mismo año en el que él nació, 1928. La que usa ahora es muy parecida, pero no es la misma. Reconoce que, de su trabajo, «podíase vivir ben». Y ahora le gustar recordarlo, pero con otro ritmo.