En un lugar triste lleno de sonrisas

SOCIEDAD

La ourensana Mafalda Soto lleva año y medio participando en un programa sanitario en uno de los países más castigados por el sida, la malaria y el cambio climático

02 mar 2010 . Actualizado a las 13:29 h.

«¡Cómo llueve ahí fuera! Llevamos días sin parar», dice Mafalda Soto. El ruido del agua al caer se aprecia con nitidez al otro lado del teléfono. Habla desde una zona rural a 110 kilómetros de Lilongüe, la capital de Malaui. Este estrecho país sudafricano es uno de los que sufren con más virulencia las consecuencias del cambio climático. En el 2002 y el 2005 padeció dos largos episodios de sequía a los que siguieron inundaciones. El resultado fueron miles de muertos por problemas de alimentación al quedar arrasadas las cosechas. Los últimos informes de la ONU sitúan a Malaui como uno de los puntos más devastados por el cambio climático. «Es el país de la lluvia, es que cae con mucha fuerza», dice sorprendida quien viene de otro país del agua, Galicia. No es solo el cambio climático lo que padece ese país. Allí las mujeres tienen que hacerse cargo de los cultivos, de traer el agua y la leña y de cuidar a los huérfanos que deja el sida.

Mafalda Soto, ourensana, aterrizó en Malaui recién llegado el otoño del 2008. Desde entonces colabora con África Directo, una organización vinculada al continente más empobrecido del planeta, presente en 25 países y que trabaja con contrapartes locales, la mayoría de ellas religiosas. Como en la que está Mafalda, echando una mano junto a un grupo de monjas en un hospital comunitario. «Es un proyecto sostenible, viable, con gente voluntaria», detalla.

Mafalda es la única blanca del hospital, pero no la única persona blanca a la que se atiende: «Trabajamos con la población albina, empezamos con 20 personas y ahora son unos 55 ¡Vienen de hasta 100 kilómetros de distancia!». Su tarea en el centro de salud tiene mucho de ver y de proponer. «Observo qué carencias tiene el hospital y cómo se puede ir mejorando la atención, siempre en colaboración con la gente local, y yo mantengo esa premisa de boca cerrada y ojos bien abiertos», relata.

La atención sanitaria se dispensa en el centro sanitario y también en clínicas móviles para acercarse a pacientes con sida. Además del trabajo con la población albina, otras prioridades son la atención a grupos vulnerables y huérfanos. Pero la tarea va más allá del servicio sanitario. A través del hospital y de África Directo también han puesto en marcha pequeñas fincas de producción agrícola. «Nosotros procuramos que la gente sepa que tiene que dar algo a cambio, que no estamos aquí para fomentar la mendicidad». Y junto a todo lo anterior, ahora se están poniendo en marcha programas de lucha contra la malnutrición y algunas granjas sostenibles. Lo siguiente será involucrar a las diferentes comunidades locales «para que tengan en cuenta a los más vulnerables».

El padre, pasando consulta

Los que pudieron ver el cambio de vida de su hija fueron sus padres. «Siempre me han apoyado». Tanto que su progenitor, médico, cuando pasó por el centro, se puso la bata y pasó consulta como otorrino.

¿Sirve para algo todo lo que se hace? «Los que llevan 20 años dicen que se ven cambios». Ella, al menos, ve otra cosa: «Antes de venir, la imagen que yo me hacía era la de un lugar triste, pero yo aquí solo veo sonrisas, y eso que es un país con una esperanza de vida baja y muy afectado por el sida y la malaria».