Poco le faltó al castillo del Cardenal de Corcubión para acabar convertido en piedra, morrillo destinado a cimiento de una obra pública. Fue lo que le ocurrió al Soberano de Camariñas y casi al de San Carlos de Fisterra, todos encargados de defender la Costa da Morte en otros tiempos. Eran del Ejército, y este los vendió o los recicló.
El de Corcubión, construido en el XVIII, fue vendido. Al mejor postor, en 1956, a un conocido médico de Berdoias. Treinta años más tarde, pasaba a la actual familia. Y esta, si encuentra un cliente con posibles, también lo venderá. Solo hacen falta cuatro millones de euros y buenas intenciones de conservación de una joya histórica.
La cifra de cuatro millones es la última. Pero un rastreo a la hemeroteca y a las webs especializadas en venta permite comprobar que en los últimos cinco años la tarifa no ha dejado de ir a más. En el 2003, los interesados lo tenían a su disposición por apenas 2,4 millones de euros. Poco después, en el 2007, portales como La Sal Inmobiliaria o uno alemán especializado en islas privadas y propiedades excepcionales lo colocaba en los 3,6 millones.
Desde hace algún tiempo, el desembolso debe ser ya de cuatro millones de euros. Una cantidad que, en principio, no se va a incrementar, señalaba ayer un miembro de la familia propietaria, a quien, por cierto, no le extraña que en este sector los precios no bajen como lo hacen en el resto de las propiedades. «La gente que se interesa por estas propiedades tiene dinero y la crisis no le afecta tanto», señala. Otra cosa es que se venda fácil. Son muchos los interesados, pero pocos los elegidos. A veces, porque las pretensiones empresariales futuras no se corresponden con lo que marca la normativa, o porque la burocracia hace que cualquier proyecto en zonas sensibles vaya más lento de lo habitual. Los dueños creen que, si se pudiese llevar a cabo un desarrollo turístico sostenible del castillo y su entorno, sería bueno para todos (proyecto, hay), pero sin descartar que aparezca una persona con capital suficiente y se quede a vivir en un lugar tranquilo y hermoso, como hizo el empresario que adquirió, por un precio similar, el vecino Castillo del Príncipe.
El castillo reúne todas las condiciones de lujo y grandeza que se le suponen. Incluido, según la leyenda que recoge el historiador Alejandro Lamas, un fantasma: el de don Liborio.