La revuelta en Libia sorprendió al ribadense José Luis Dorrego en España, recién aterrizado de Trípoli con un equipaje de solo tres kilos. En el paÍs africano tiene desde hace 28 años su otra casa. No sabe cuándo, pero confía en poder regresar algún día
27 mar 2011 . Actualizado a las 14:41 h.Una mañana, ojeando un periódico, José Luis Dorrego leyó un anuncio que ofrecía un puesto de trabajo como intérprete en Libia. Con escasa convicción y el ímpetu de la juventud acudió a la entrevista sin decírselo a su esposa. «Entonces tenía 27 años. Me fui a Libia pensando estar tres meses... pero ya van 28 años». Al otro lado del teléfono se intuye una sonrisa sobre un habla pausada y abierta, sincera. Desde entonces su vida discurre entre Trípoli y Ribadeo, donde reside su familia. En ese trasiego estaba el pasado 14 de febrero, cuando aterrizó en Madrid con una maleta de tres kilos de peso. Unas horas después le sorprendía la noticia del estallido de la revuelta popular en Libia. Transcurrido un mes no ha podido regresar al chalé en el que desde hace años vive de alquiler en las afueras de Trípoli, aunque confía en poder hacerlo en unas semanas. Allí está buena parte de su vida. En tanto, continúa con su trabajo para la compañía británica LCM Oil en el golfo Pérsico, momentáneamente en Dubái.
Al conversar con José Luis Dorrego se evidencia el poso de los 28 años que ha pasado en Libia. Habla de otra Libia, la menos conocida, la cotidiana, de las entrañas de un país de 6,5 millones de habitantes que figura a la cabeza de África en los índices de esperanza de vida y de desarrollo humano. Y como sin quererlo, con pasmosa facilidad, desentraña algunas de las claves que subyacen tras el conflicto. Al valorarlo, opina: «Se ha creado una barrera de odio que perdurará mucho tiempo».
La vida en Trípoli
La ciudad se ajusta al horario occidental, al menos al nivel en que se mueve José Luis Dorrego como ejecutivo. Inicia su jornada a las ocho de la mañana y la concluye a las cinco de la tarde. «En nuestras oficinas del país tenemos 150 empleados libios y todos tienen el mismo horario. En Trípoli hay una población local que está bastante bien preparada en cuanto al dominio de herramientas informáticas. Y todo el mundo habla más o menos un poco de inglés». Pero es un país de contrastes, con grandes extensiones de desierto: «Lo que he notado, y he viajado bastante por el interior del país, de hecho una semana antes de regresar a España recorrí más de 3.000 kilómetros desde Bengasi al interior del desierto, es que en Trípoli están los más favorecidos. Probablemente por eso sea el último bastión del régimen. Hay grandes diferencias y hablar de Trípoli es hacerlo de otro mundo».
Dinero a espuertas
«En Libia hay mucho dinero y creo que en los últimos tiempos el régimen se dio cuenta de que tenía que modernizar el país y repartir un poco la riqueza. De ahí el bum de la construcción, que en los últimos años ha sido impresionante. De hecho, ha sido una sorpresa que el hijo de Gadafi, Saif al Islam, se muestre tan radical, porque era un modelo de persona moderna, que quería poner Libia a la altura de los Emiratos Árabes. Había un proyecto maestro de modernización del país que era muy avanzado», explica Dorrego, quien no evita sonreír cuando le insinúo un vago escepticismo: ¿Es tanto el dinero que da el petroleo? «Dos millones de barriles al día, a 100 euros cada uno. Ese es el dinero que entra limpio... ¡cada día! La oposición está echando las cuentas de Gadafi. En los últimos 40 años sabemos cuánto petroleo se ha vendido, pero ignoramos dónde está el dinero». El 95% de las exportaciones de Libia se deben al petróleo.
Sueldos que se compensan
En el proceso de occidentalización iniciado por Libia los salarios también han experimentado un repunte. «Hasta hace poco estaban establecidos por ley. Un director de operaciones de una compañía de petróleo cobraba el equivalente al sueldo mínimo en España, unos 700 euros. Estoy hablando de gente con cualificación. En el caso del Ejército eran unos 400 euros al mes», explica Dorrego. Y añade: «Desde hace cuatro o cinco años, al permitir el régimen que se pueda trabajar para empresas extranjeras y negociar los salarios, sin ser muy altos, sí han subido algo. Una persona cualificada puede cobrar unos mil euros». Son cifras que ofrecen una visión engañosa, que no se corresponde con las casas, coches y nivel de vida de muchos de los habitantes. La explicación hay que buscarla en el régimen: «Tiene una forma de compensar a los leales, con precios muy económicos, por debajo del coste, para adquirir vivienda y coches, con créditos sin intereses, a largo plazo, que a veces no se pagan... Sorprende ver la cantidad de todoterrenos y vehículos de alta gama que hay en Trípoli».
La gasolina a diez céntimos
Dorrego cree que la revuelta dejará su impronta en una menor seguridad en las calles. «Hasta ahora la seguridad y tranquilidad eran absolutas, porque había cinco o seis aparatos de seguridad, en capas que se superponían», dice, y recurre a una tan próxima como evidente comparación: «Es igual que en los tiempos de Franco. No se mueve nadie. Lo que la revuelta ha demostrado es que había cosas que no se veían, la represión oculta, y que siempre hay una parte de la gente que sufre mucho. Si protestas vas a la cárcel, y ya está». Él reconoce que no ha estado a esos niveles e ignora cuál era la situación real. No obstante, matiza: «En Trípoli creo que la gente vivía bien. Ahora se ha visto que no todo era así, pero la gente con la que yo me movía, las casas y coches, así lo indicaban. El pan, por ejemplo, lo regalaban si comprabas más de cinco piezas, y la gasolina estaba a diez céntimos de euro el litro. ¡El agua es más cara!». Y presagia: «Ahora se ha dado armas de forma indiscriminada a la población y la sensación de seguridad en las calles se tardará en recuperar».
La juventud
En este punto, la opinión de José Luis Dorrego es tajante. En su discurso se aprecia una cierta decepción: «La gente de 35, 40 o 50 años con la que me relaciono es muy maja, pero de la joven no puedo decir lo mismo. Hay muchos chavales de 24 años que se ve que están echados a perder, porque lo han conseguido todo sin esfuerzo. Cuando les ves hacer tonterías con los coches de sus padres, que cuestan 100.000 euros... es una lástima».
Lo mejor y lo peor
Es la cara y la cruz de la misma moneda, una cierta mentalidad relajante, disipada, mediterránea: «Lo que más me gusta es la despreocupación, esa filosofía de que lo que no se puede hacer hoy ya se hará mañana. Y lo que más me disgusta es eso mismo. Y por supuesto la basura, que hay por todos lados, en la calle».