Anxo Corbillón, 58 años: «A los 48 llegué al límite, no podía seguir en el banco. Lo tenía todo, pero yo no estaba bien»
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El valor del cambio no es fácil de medir. Este directivo de banca dio un giro radical tras un sueño revelador. «Con mis amigos de la facultad llegué a tener mi momento Escarlata O'Hara de ''a Dios pongo por testigo... ¡que si algo tengo claro es que nunca trabajaré para la banca!''... Al final, estuve 26 años trabajando en la banca», revela. Estudió Psicología y hoy ofrece terapia, yoga y meditación en Loto Pontevedra
20 ene 2026 . Actualizado a las 11:36 h.La comentada despedida de Xabi Alonso del Real Madrid tiene algo que ver con Cortázar. Con esa frase del autor de Rayuela que te invita a saltar fuera del cuadro: «Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo». Y esa frase es un espejo de la decisión que tomó Anxo Corbillón (Pontevedra, 1967) a los 48 años. La experiencia es grado, y posgrado. Él tenía carrera, hijos, un buen puesto y buena consideración en el banco en el que trabajaba y probó a hacer de todo.
Anxo se vio en el centro de una vida confortable y eficientemente montada, pero sintió una punzada, tuvo un sueño y pensó que si moría mañana estaría fatal... No por morirse, sino por no haber vivido esa vida a la que no se atrevió. «Me vi en la cama de mayor, como si me hubiera jubilado en el banco, con una cara de tristeza profunda. ‘‘Sabías que no era ahí y dejaste pasar la vida’’», relata. Qué bello es vivir.
El estado del malestar es una forma de vida relativamente común. Cuesta salir, pero merece la pena elegir, si no otros eligen por ti. Así lo sintió Anxo, que dice que «la clave para los que acabamos cambiando es que tenemos la sensación de que algo no va bien y no siempre nos atrevemos a dar el paso. A veces la vida no te lo permite, hay que tener algo de suerte también». A él le «picó el bicho» de preguntarse por el sentido. Nunca son a medida los muebles de un vacío interior. «Yo he estado siempre preguntándome cómo hacer para cumplir las expectativas que había sobre mí», revela este emprendedor, hoy psicólogo, terapeuta Gestalt (tipo de terapia en que se acompaña un proceso de autodescubrimiento y crecimiento personal) y profesor de yoga en Loto Pontevedra, que de adolescente brillaba en el expediente escolar. Anxo siempre tuvo buenas calificaciones, lo que le dio la idea de hacer Medicina y Psiquiatría, «para entender y ayudar».
Esa «parte perezosa» que hay en él le borró esa idea. «A los 18, pensé en hacer algo que pudiera permitirme vivir bien. Dije: ‘‘Voy a ser honesto, a buscar algo que tenga que ver con el dinero’’» y se decidió por Económicas en Santiago. Tomó la práctica decisión de cortar por lo sano con sus deseos, de desatender lo que él consideraba «caprichos» y tomar el camino más económico. «Después haría Psicología. Tanto Económicas como Psicología son dos carreras digamos mentirosas, porque en las dos la parte científica es de aquella manera... Es difícil aplicarles el proceso científico, porque todo tiene causas y condiciones, que dicen los budistas, y hay que entenderlo desde un punto de vista holístico», considera.
¿Crisis de los 40? A los 17 años tuvo ya la primera crisis el profesional que hoy acompaña a «gente que siente que tiene la responsabilidad y la capacidad de tomar las riendas de su vida». Entre sus clientes se cuenta gente de 25 que «se ve ante la rueda del hámster». «Me emociona eso, digo: ‘‘Qué suerte, pararse a los 25, verse y decidir’’. A los 17 yo tuve la primera crisis, tenía una vinculación con el cristianismo, con la idea de que las cosas tenían que ser de una manera. Me pasó cuando me iba a confirmar y sentí un vacío muy grande al perder la fe en eso que me sostenía espiritualmente». Ese sentimiento enlazó después con el descubrimiento del yoga en el 2016 y con el budismo. «Los 20 o los 25 son clave. Ahí el sistema te va a decir: ‘‘O entras o serás un inadaptado’’», resume Anxo, que acompaña hoy como terapeuta a gente que, en su mayoría, tiene en torno a los 45. «A los treinta y pico aún crees en que te faltan retoques, que debes hacer mejor lo que haces, tienes hijos, hay que decorar el salón, poner muebles... A los 45 o 50 tus hijos ya son mayores y te dices: ‘‘¡Ostras, me queda otro tanto! ¿Qué hago del resto de mi vida?’’», despliega.
EL EJERCICIO DE LA PIRÁMIDE
Cambiar por cambiar no es su filosofía. Sí el escucharse, prestar atención, si lo sientes, al malestar enquistado, al día a día bajo el chaparrón de la queja y a ese enfado con el mundo que él mismo vivió. «No hay una forma de estar bien única —advierte—. Uno puede estar bien siendo ebanista y llegar el siguiente cliente y decirte que no es feliz de ebanista. El problema es ceder soberanía emocional a cambio de seguridad. Porque quedamos enganchados a la necesidad de una seguridad subcontratada, que es falsa. Si estuviéramos seguros, no tendríamos ansiedad. Nuestro sistema nervioso está completamente alterado si vivimos en precario».
¿La salida? Atención. «Atender a ese adolescente que tenía una ilusión». Él, en consulta, hace el ejercicio de la pirámide invertida: «Exploramos primero la fantasía, después la ilusión, para llegar al deseo y poder ponerlo en marcha. La materia del deseo es la fantasía, y tiene que ser una fantasía propia (ojo, no de otros)».
Tocar fondo es una manera de volver a empezar, sopesa. «A veces lo es, porque da la oportunidad de decirse: ‘‘No quiero vivir así más’’», manifiesta. Difícil distinguir entre una suerte grande y las suertes pequeñas. En ese inicio de su vida de adultez en la facultad de Económicas Anxo tuvo «la buena o mala suerte» de ver un anuncio «de que una caja de ahorros iba a iniciar una expansión grande». «Llegué a tener mi momento Escarlata O’Hara de ‘‘a Dios pongo por testigo... ¡que si algo tengo claro es que nunca trabajaré para la banca!’’». Las palabras cayeron a plomo sobre la realidad: «¡Al final, estuve 26 años trabajando en la banca, 26 años de traición emocional! No era un banco, era una caja de ahorros. Y pagaban genial nada más empezar». Empezó de cine, en la caja, a los 22, antes incluso de acabar la carrera de Económicas. Comenzó a tener un dinero y se iba «tempranito a Vigo cada mañana para no pagar la autopista». Madrugón a las 6.00 con la radio-despertador y el programa El primero de la mañana de Antonio Herrero. «Lo recuerdo, verme sentado en la cama como un niño al que los pies le colgaban sin llegarle al suelo. Un día pensé: ‘‘¿Toda la vida de adulto va a ser así?’’, y me eché a llorar. Y lloré y lloré y lloré... Y me fui a trabajar», cuenta. No acabó ahí.
«Al principio me dio vergüenza contar en Facebook que ese hombre dedicado teóricamente a ‘cosas serias’ se había pasado al yoga y a la meditación»
En cuanto le hicieron un contrato fijo pidió una excedencia, «pensando en que nunca iba a volver al banco». En ese período se convirtió en agente de la propiedad inmobiliaria. La excedencia expiró y le dejaron volver «relativamente cerca». Tenía entonces un bebé y decidió replegarse, volver al banco.
A su regreso a la caja de ahorros hizo «de todo», lo intentó «todo» para quedarse. Desde directivo de oficina, subdirector y director, a formador en un «proyecto increíble» de recursos humanos, fue presidente del comité de empresa... «Intenté hacer todo lo que se podía hacer para no irme. Y llegué al límite», comparte. Hacía números al tiempo que se dedicaba al balonmano. «Cuando mejor estaba en el banco, es decir, más cómodo..., no pude seguir. No fue culpa de nadie. Estoy muy agradecido al banco y a mi familia. El asunto era mi propia insatisfacción». Marcharse fue costoso. De valor.
Llegó a un acuerdo con la empresa y empezó con el yoga para «estar en paz». «No tenía trabajo y no sabía qué iba a hacer...», abunda. El yoga tibetano y su maestro lo ayudaron a enfilar un camino propio. Hoy, como psicólogo y terapeuta experto en meditación, Anxo trata de ayudar a otros a superar el miedo y el pudor. «Me dio vergüenza salir del armario, ese primer mensaje en Facebook diciendo que ese hombre al que todo el mundo había conocido haciendo cosas teóricamente serias ahora se había convertido en un tipo raro, dedicado a cosas medio esotéricas. Ahora que lo pienso, que recuerdo, me parece que fue otra vida».
«Psicólogo, terapeuta, buscador permanente, caminante curioso. Quiero estar bien y transformar malestares. Acompaño procesos de cambio y terapéuticos a través de cuerpo, palabra y mente. Cognitivo, existencial, gestáltico», se presenta en LinkedIn. Salir de la rueda, de ese lugar en el que estabas sintiendo que no era para ti es duro. «La libertad da miedo. Yo hablo, a veces, de nuestra propia carrera de Indias. Independientemente del personaje histórico que haya sido Colón, la epopeya de esa salida diciendo ''más o menos sé hacia dónde'' es interesante. Es esto, aunque yo buscaba una cosa y fue otra la que encontré», cuenta, como dice ese poema de Juarroz. «Siempre se llega, pero a otra parte. Todo pasa. Pero a la inversa».
«Cuando acompaño a gente les digo cómo hacemos para lanzar esa nave propia para un viaje tuyo que no conoce ni Dios. Yo te puedo contar, algo sé de alguna montaña, de la mía, de una fuerza para ayudar con esa mochila, de unas piedras, de la nieve..., sí, yo te acompaño, pero es tu viaje, no el mío. Necesitamos apropiarnos de nuestro viaje, de nuestro derecho a cagarla, a hundirse. Que hay gente a gusto con la vida que lleva desde un principio, perfecto. Pero estamos otros que no, y no hay nada malo en ello, no tenemos por qué sentir culpa», sostiene.
¿Qué tiene el yoga y en qué puede ayudar a sentirnos mejor? «Yo no puedo decir que el yoga sea lo que va a cambiarle la vida la gente. En mi caso fue así y creo que puede ayudar a cambiar a la gente a mejor. Pero quizá lo bueno para ti no es el yoga, sino conocer a alguien que te enseñe permacultura, u otra cosa. Lo que sí tiene el yoga es que no es una actividad física, aunque lleve a una mejora física obvia. El yoga es una puerta de entrada a parar, para poder mirarte y ver cómo es tu propia relación. La esterilla es la metáfora de la vida, cada uno hace un viaje en su esterilla. El yoga te da conocimiento, pausa, observación, es un camino de preparación para la meditación. No hay un objetivo en sí mismo, vendrá lo que tenga que venir, pero 'vas a llegar a otra parte', como dice ese poema de Juarroz», explica Anxo, que ultima una nueva web de terapia en cuerpopalabramente.com
Hay días malos, hay momentos de cansancio («¡me jubilaría ahora mismo en un sitio de calor!), y la vida contemplativa, más suave, está en su lista de propósitos para hacer espacioso el Año Nuevo.
El show de Truman terminó. La vida buena es otra película.