Así se vive en un internado: sin móvil y sin tele, pero felices

Lo que antes era un castigo, ahora es una elección de los padres o incluso de los hijos. Los internados ya no son esos centros donde te dejaban en junio y te recogían en septiembre, sino residencias con un nivel de exigencia alto donde vivir con amigos. Entramos en uno gallego


En la planta de abajo, un grupo de 40 chavales de entre 13 y 18 años. En la de arriba, la tele. Apagada. «Es una sala muy chula, cinco sofás, una tele de 40 pulgadas, y ahí está. No se ha encendido en lo que va de curso», advierte Juan Lestón, director de la residencia Peleteiro, en Santiago. Ver para creer, pero las ganas de socializar, de estar con gente, con gente de su edad, pueden a las de embobarse delante de la pantalla. «No te apetece, seguro que si estuviéramos en casa la veríamos más. Yo es que no me entero del mundo, estoy en el mío, aunque si me quiero enterar, pregunto. No me siento aislado, no me entero porque no tengo necesidad», explica Miguel Gil, que después de cuatro años, ya se ha ganado el título del veterano.

No les importa la tele, como tampoco que les quiten el móvil a las 22.30 horas y se lo devuelvan a las ocho de la mañana. A las 23 horas se apagan las luces y hay que dormir. Dos por habitación, antes eran tres, y sin armar follón. «Igual se levantan porque se les ha olvidado algo, no es algo férreo. ¿Que de vez en cuando hay alguno que sale de la habitación a charlar con el de al lado y lo pillas? Sí, no te voy a mentir. Con eso ya contamos. Si ese es el principal problema, firmamos ahora mismo», señala Juan. Admiten alumnos desde 1.º de ESO, pero el grueso está en bachillerato.

UNA ELECCIÓN PERSONAL

La mayoría de los alumnos que actualmente residen en este centro están por incitativa propia, y con un mismo objetivo: obtener buenos resultados académicos. Lejos queda la amenaza del internado como castigo. «Sí, en ese sentido, ha cambiado mucho el perfil. Siempre se ha visto como una inversión de futuro, pero hoy en día, los padres se informan mucho más a nivel pedagógico, y los niños también. Es un cambio de la sociedad en sí. Ahora hacen a los chavales partícipes de la decisión, les preguntan qué les parece...», explica el director.

A María Cobo sus padres le preguntaron. Su hermana ya había estado anteriormente, y como quedaron contentos, le ofrecieron la posibilidad de repetir. La carrera que quiere hacer tiene una nota de corte elevada, y pensó que estar en «un buen colegio» la «ayudaría». No se equivocó, la exigencia es alta, algo que ya le había contado su hermana, pero que ella misma comprobó. Los alumnos que viven en la residencia tiene varias horas de estudio obligatorias al día-un tiempo que se incrementa en épocas de exámenes-, incluso para los que se quedan de viernes a domingo. «Si nosotros vemos que en casa no se trabaja, en los últimos cursos recomendamos que se queden uno sí, uno no. En bachillerato hay que trabajar algo el fin de semana y queremos asegurarnos de que lo hacen. Si tengo la garantía de los padres, y me dicen: ‘Que vengan’, no hay problema, pero de otros no la tengo. Me cuentan que cuando van, no hacen nada, timbran a un amigo para quedar... A los padres les hacen menos caso, aquí no hay discusión», concluye Juan, que añade que estar tan encima de los chavales es clave para obtener resultados.

«Nos quitan los móviles y estudias porque no tienes más que hacer», apunta María, que explica que también se llevó una sorpresa (grata) con los profesores. «Son muy buenos, les gusta explicar, se empeñan en que entendamos. Se preocupan mucho por nosotros, en mi pueblo había de todo». Lo mismo opina Marina Mato. «Cuando te encuentras mal ya sea por la presión de los estudios o cualquier bajón que tengas, siempre te van a estar apoyando», indica esta joven de 17 años, que el año pasado ya estuvo cursando el año académico en Canadá. «Es duro irse de casa con 15 años, a mí me costó mucho porque estaba muy ligada a mis padres. Al principio se pasa mal, pero si te rodeas de buenas personas se hace más fácil». Es de Arzúa, y como sus padres no la pueden llevar diariamente hasta Santiago, otra de las razones para pernoctar en el centro, vive en la residencia. «No se parece en nada a lo que creía, pensé que iba a ser más carcelario, pero la verdad es que se vive muy bien. Cuando empiezas a conocer gente, y ves que nos ayudamos los unos a los otros... Para mí ese es el mejor momento», dice.

Un equipo de educadores, dos hombres y dos mujeres, conviven y duermen a diario con los chavales. Sin embargo, si hay alguien que tiene mucho que ver en que todo fluya, ese es Juan, que ejerce una especie de paternidad anónima sobre ellos. «Si no están bien emocionalmente, no pueden estudiar matemáticas», sentencia. «Las niñas acuden con frecuencia a las educadoras, les cuentan sus historias, de sus novietes... Los niños, en cambio, suelen venir a mí. Este año ha habido muchos picos de ansiedad, de estrés, y yo, como además soy psicopedagogo, les intento ayudar con esas cosas. También hay un orientador y cuando es necesario los derivo, pero en ocasiones quieren hablar como tú o como yo. A veces solo quieres que te escuchen, no quieres consejos. Vienen, lloran, te cuentan... Les dejas que se desahoguen, les haces ver que estás entendiendo perfectamente lo que les pasa, y sobre todo que sepan que es normal. No puedes decirle que es una tontería, porque para él es el gran problema. «Mi novia me va a dejar», ¿cómo que no pasa nada? Para ti es importantísimo y gravísimo. Hay que darle la importancia que tenga, aunque luego intentes que relativicen», explica Juan.

MOMENTOS DE SOLEDAD

María dice que el peor momento suele venir con los exámenes, cuando «igual te falta el apoyo de tus padres o echas de menos estar tranquilo en tu casa, porque en una residencia siempre vas a estar con gente. Esos momentos de ‘Déjame tranquila’, pero se pasan». A Miguel no le sucede, él prefiere estar rodeado, pero advierte que la residencia es muy grande y siempre te puedes aislar si lo necesitas. Él no lo necesita, de hecho no le hace falta nada, dice que lo tiene todo, cierto es, que en su caso se juntan los estudios con una de sus pasiones: el baloncesto. «El colegio tiene varios equipos a bastante buen nivel en Galicia y España. Ofrecen becas, y yo fui una de los más jóvenes en conseguirla. Llevo desde 2.º de ESO, este es mi cuarto año. No suelo estar mucho por el tema de los entrenamientos, pero cuando estoy, estoy feliz», señala.

Hablan con sus familias a diario, y la gran mayoría van a sus casas los fines de semana. Sin embargo, hay otros, no muchos, que no pueden, ni aun llevando los estudios al día. Ahora mismo tienen a dos niños de Guinea, donde viven sus padres, quienes querían mandarlos a un buen colegio en España; a una niña que los padres residen en Cancún... «Con esos chavales, hay que trabajar un poquito eso, -explica Juan- son períodos muy largos. Nosotros cerramos en Navidad, Semana Santa y carnaval, pero luego hay fechas, como el puente del Día del Padre, la Ascensión... o todos los fines de semana. Depende del perfil del chaval: hay niños que lo llevan mal y otros perfectamente. «Yo soy el tutor legal de los niños de Guinea, y cuando puedo me los llevo fuera, de compras, a tomar algo...», explica. No viven encerrados, ahora el covid ha puesto la agenda patas arriba, pero en condiciones normales pueden salir fuera de las instalaciones una tarde a la semana hasta la hora de la cena.

María, Marina y Miguel coinciden en que lo mejor de la experiencia son las amistades que se llevan y el alto nivel académico que les exigen, que les permite cumplir sus sueños. Mientras, ellos tan a gusto. Al fin y al cabo, «es tu familia».

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