Santos a gogó


En la dinámica inquebrantable de la niñez, las cosas eran de una solidez innegociable. Los veranos solían ser inacabables; los inviernos, de un frío cierto y cortante; la comida, de un sabor preciso; los amigos, de una sustancia sólida y los viajes, de una duración indefinida, siempre mucho más extensa de lo previsto.

Las vacaciones venían después de meses inacabables de rutina colegial; en Navidad el ciclo de las fiestas era implacable (nochebuena, pum... fin de año, pum... reyes, pum...); en Carnaval, el chute de los disfraces, una certeza y cada día de cumpleaños un bulebule hasta que amanecías con la seguridad de que ese 27 iba a ser un día estupendo.

En la dinámica inquebrantable de la niñez la gente no se moría, los tomates sabían a tomate y Nueva York era lugar inalcanzable.

En general, residías en un mundo de certezas en el que las cosas eran como solían y en el que lo fundamental estaba previsto, como si todo dependiera de un orden innegociable que no era posible ni deseable alterar.

Pero las cosas han cambiado. Muchísimo. En marzo sucedió lo del virus, con todas estas cosas extrañas, inesperadas y no vividas. El entorno se ha vuelto tan impredecible que incluso jugamos con el armazón rígido del calendario sin que a nadie le parezca demasiado anormal. Ahí está, sin ir más lejos, la extraña extensión del Xacobeo, promovida por la Xunta y aceptada por el Vaticano, que convertirá en santo un año que no lo era. No es imposible sentir que esa concesión no será la primera y que entre los cosas impensables de Pandemia y este precedente del Pelegrín nuestros calendarios de certezas estén a punto de saltar por los aires para nunca volver. Que las santidades se decidan a gogó anticipa un kaos definitivo, un terremoto de consecuencias impredecibles en el que ya no será posible saber si después del sábado vendrá el domingo, y después de este enero, un febrero normal. Así no hay forma.

Por Fernanda Tabarés DIRECTORA DE VOZ AUDIOVISUAL

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