¿Hay niños buenos y niños malos?

CONTRA LAS ETIQUETAS. Son inevitables, y muy poderosas. Su blanco perfecto son hoy los niños y sus padres. «Parece que el niño 'bueno' es un adulto en miniatura», apunta Alberto Soler, autor de la guía «Niños sin etiquetas»

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Nadie dice que educar a un niño sea fácil, pero a la mala educación le sobran modelos comunes y aliados profesionales. «Mírame a la cara cuando te hablo», «Escúchame bien lo que te voy a decir», «¿Eres tonto o qué?». ¿A quién se le suele hablar en estos términos? Son frases reales, anotadas un día de playa del 2019 por el nutricionista Julio Basulto, frases de padres a hijos que nos suenan, ¿no? «¿Dónde está la línea que separa el tratar mal del maltrato? Podemos ponerla donde queramos, porque, en realidad, esa línea no existe. Tratar mal es maltratar», afirma el psicólogo Alberto Soler, que invita a romper clichés en el libro Niños sin etiquetas.

¿Somos propensos a etiquetar? «Etiquetamos porque no podemos evitarlo. Forma parte de la manera en la que funciona el cerebro -explica Soler- para tratar la realidad que nos rodea. Pero en ese proceso de simplificación se cometen errores», señala.

Una de las primeras etiquetas, y de las que más se llevan, es la que distingue al niño bueno del malo. «No hay niños buenos y niños malos, los niños son el resultado de las expectativas que tenemos acerca de ellos. Cuando hablamos de bondad o de maldad estamos hablando de atributos morales, y es complicado ponerlos a la infancia. No hay niños buenos y malos, hay criaturas que encajan más o menos en las expectativas que sus familias, que el entorno, tienen de ellos». Puede haber, matiza, niños «más fáciles o difíciles», demandantes o conformistas. ¿Y de qué depende? «Eres fácil o difícil en relación con algo. La mayor parte de los niños, si podemos atender a las necesidades que tienen, serán más fáciles de llevar. Pero, en el contexto de la sociedad que tenemos, hay niños que se adaptan mejor y niños a los que les cuesta más, ¡pero es que es muy difícil...! Más que hablar de conciliación deberíamos hablar de yincana. Hoy, las familias no pueden ser autosuficientes a la hora de gestionar su día a día. Así que, en un contexto en el que, para llegar a la línea de meta que es la noche, necesitamos recurrir a horas extra en las guarderías, extraescolares, cuidadores, abuelos, favores, la niña o el niño que a todo dice que sí se convierte en el ‘niño bueno’, en el ‘fácil’, y el que cuestiona y protesta un poco más es el ‘incómodo’, el ‘malo’».

«Parece que el niño bueno es un adulto en miniatura, el que tiene atributos poco esperables en un niño»

¿Queremos niños cómodos, niños poco niños? «Sí, parece que el niño bueno es un adulto en miniatura, ese que tiene unos atributos poco esperables de un niño. Y el niño que se comporta como un niño es ‘el malo’. Y no es justo. No es justo que se le ponga esta etiqueta a niños que, realmente, se comportan como niños. Esto es más un problema social que un problema de la infancia». Es más, es preocupante que a un niño le parezca todo bien siempre, «porque probablemente detrás de eso se esconde un miedo al rechazo, al abandono, al castigo», apunta. «Los padres somos contradictorios: queremos que los niños sean personas hechas y derechas, críticos, independientes, pero a la vez queremos que agachen cabeza. Si no les rompemos su impulso natural, los niños preguntan, cuestionan, analizan. ¡Y tienen que hacerlo!», afirma Soler.

 «Socialmente, blanqueamos la violencia hacia la infancia. Estamos hoy, con la infancia, en el punto en que estábamos en los 80 en relación con la violencia hacia la mujer»

LOS NIÑOS CÓMODOS

¿Están normalizadas la amenaza, la violencia verbal en el trato a los niños? «El problema es que socialmente blanqueamos la violencia hacia la infancia. Estamos hoy, en el 2020, en relación con el trato a los niños en el mismo punto que estábamos en los 80 en relación con la violencia hacia la mujer. En los 80 si oías una discusión violenta de pareja en casa, si tenías la tentación de decir algo, te podía el ‘No te metas, son asuntos de marido y mujer’. Hoy ante un trato violento, humillante, hacia un niño, te dirán: ‘No te metas en la forma de educar de cada familia, cada familia sabrá cómo hacer’», expone Soler. Hay incluso una cultura que defiende el cachete como modelo de educación. «Lo que nos ha influido el modelo Hermano mayor, Supernanny, todos estos programas de psicología pop, de modificación de conducta popular. Parece que la educación se resuelve con una serie de recetas con castigos, premios, refuerzos... Y es mucho más complejo», sostiene. ¿Entonces, esas recetas, al final, no funcionan? «Funcionan sí, pero que algo funcione no quiere decir que sea bueno. Yo a padres que me preguntan: ‘¿Y si funciona, por qué no hacerlo?’, les digo: ‘A ver: ¿tu hijo cómo duerme?’. ‘Le cuesta’. ‘Bueno, pues antes de dormir dale un vasito de ginebra. Funciona...’», ironiza Soler.

TICS QUE NOS PENALIZAN

«Nuestra sociedad castiga la infancia. Tenemos tics que penalizan a las familias y a las criaturas. Porque no nos gusta cómo son los niños, que se muevan tanto, que se ensucien... Esperamos que los niños sean adultos y no lo son», subraya Soler. Y esperando de ellos que sean lo que no son les privamos de espacios adecuados, de horarios razonables y de algunos de sus derechos, como «el derecho al juego, el derecho a participar en la sociedad o la necesidad que tienen de pertenencia, de sentir que forman parte de algo». Sin embargo, hay una tendencia que se aleja de estas necesidades: «Hoteles y restaurantes solo para adultos, configuraciones horarias incompatibles con la infancia... Y esto acaba dando una imagen de cómo es un niño que es irreal. Las expectativas del adulto configuran la realidad. El problema no es tu hijo, es la sociedad, ciudades solo pensadas para adultos sanos, jóvenes y productivos». Etiquetas imponentes, que hacen difícil la diversidad.

¿Qué son los «niños tiranos», qué realidad hay tras esta etiqueta? «Nos referimos a niños tiranos como lo que no son -advierte Alberto Soler-. Los niños tiranos son niños con problemas graves que pueden desembocar en lo que entendemos como psicopatía. Son niños que roban, que maltratan, que se escapan de casa, que violan... Y eso no encaja con lo que coloquialmente llamamos niños tiranos. El niño tirano no es un niño consentido ni caprichoso. En el niño tirano, aparte de una carga biológica, suele haber unas necesidades básicas no atendidas. Que un niño sea caprichoso o consentido no esconde ninguna patología. Por supuesto, los padres debemos poner límites y saber decir que no, pero sin dejar de entender que a veces lo que más necesita un niño de nosotros no lo puede tener: tiempo, nuestra atención exclusiva».

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