«Hace dos meses que no veo a mis tres hijos»

Con trabajos presenciales, Luisa y Antonio tuvieron que tomar una drástica decisión el 14 de marzo. Separarse de los niños y llevarlos a 200 kilómetros de distancia con los abuelos. Ahora, ocho semanas después, siguen sin tener solución


El caso de Luisa y Antonio es el de muchos padres a los que el confinamiento les ha obligado a tomar medidas drásticas para mantener sus empleos y poder ocuparse de sus hijos. Y tan drásticas, porque desde que comenzó el estado de alarma han tenido que llevarlos a casa de los padres de Luisa, en O Barco de Valdeorras, a 200 kilómetros de distancia de donde viven ellos en A Coruña para poder seguir trabajando como auxiliar de enfermería en quirófanos, en el caso de ella, y como operario de mantenimiento de fuentes, en el caso de él. Así han estado durante estos últimos dos meses. Separados de sus tres hijos, Manuela, de 7 años, Xonxa, de 5, y Breogán, de apenas 2. Solo podían verlos gracias al bendito WhatsApp, que se ha convertido en el fiel compañero de aquellos a los que el confinamiento los ha cogido separados.

«Los primeros quince días los llevé muy mal. Sobre todo fue la angustia de no saber cuánto iba a durar. Aún encima pensando en los niños, los alejas de sus padres, los dejas aquí en O Barco y no sabes cuándo los vas a volver a buscar. Eso fue lo que nos sobrepasó mentalmente. La situación, el no saber si nos dejarán ir a recogerlos o no», confiesa Luisa, que no olvida lo difícil que era hablar por las noches con ellos: «Al principio lloraban y entonces optamos por no llamarlos de noche porque se acordaban más de nosotros y por la mañana estaban más distraídos. Al ver que colgábamos, imagínate: lloraban y decían que querían vernos. Manuela es más de mostrar los sentimientos. Si quiere llorar, llora y si te extraña mucho, te lo dice, pero Xonxa no, es más reservada. Y cuando llegaba la noche se acordaba de todos los males, le dolían todas las partes del cuerpo...».

LOS ABUELOS, CUIDADORES

A esta angustia, hay que añadir la responsabilidad que han tenido que asumir los padres de Luisa de la noche a la mañana, con 73 y 69 años, además del riesgo de estar al cuidado de niños tan pequeños: «Mis padres están agotados. Breogán aún se despierta por la noche. Y a mis padres se les hace duro. Aunque las mayores ya se visten solas, hay que hacerles la comida, ducharlos, atenderlos, hacer los deberes del cole que Manuela ya está en primaria y le mandan deberes para hacer... Y ellos además de cuidarlos, aún tienen que hacer de profesores. Yo por eso arranqué en cuanto pude para aquí». Sí, porque desde hace unos días al fin se ha podido reencontrar ella con sus pequeños, mientras Antonio tuvo que quedarse en A Coruña. Eso sí, previa notificación a la Delegación del Gobierno para informar que el traslado se tenía que hacer para atender el cuidado de menores: «Mi marido ahora está más tranquilo. Antes de venir me dijo: ‘Si vas quince días son quince días, que tus padres descansan’». Así que en cuanto pudo reunir días libres, así lo hizo.

LOCOS DE ALEGRÍA

No es difícil imaginarse cómo fue el reencuentro: «Cuando me vieron se volvieron locos. El pequeño se quedó en estado de shock como media hora. Parado. Y después ya toda la tarde no se despegó de mí. Que si ya mamá para aquí, mamá para allá. Pero al principio se quedó callado. Y no decía nada. Como diciendo, ¿esta qué hace aquí después de estar casi dos meses hablándome por videollamada?».

Pero a pesar de la felicidad del reencuentro no puede disimular su preocupación por cómo podrá afrontar los próximos meses: «No veo una salida clara. Las guarderías tampoco tienen todas las de poder abrir y con el cole estamos en lo mismo. Aún encima te tienes que plantear separar a los hermanos. Llevarte a uno, dejar a dos aquí, o a ver qué haces. Es que me parece ya aún peor la situación. Imagínate que abre la guardería para Breo y el cole para Xonxa, me queda Manuela, que tiene más de seis años, ¿qué hago? ¿La dejo aquí? Se me parte el alma. Lo va a pasar fatal porque aún encima de quedarse sola sin sus hermanos, pensará por qué a mi no me llevan con ellos. No sé qué voy hacer, no sé si pagar a una cuidadora, o a ver qué podemos hacer», asegura visiblemente angustiada.

«Y ya me acabó de rematar la faena cuando escucho el otro día a la ministra decir que iban a empezar las clases en septiembre con el 50 % de los alumnos. ¿Qué haces, dejas de trabajar? Es que no hay ninguna solución, no te dan ninguna solución. No te dicen pues uno de los que se quede en casa o lo que sea. Luego te dicen que hay que fomentar la natalidad y ahora, ¿qué hacemos?».

Además critica que no haya medidas reales de conciliación en esta situación: «Yo lo que veo es que todo es la pasta. Se abren los negocios, pero con los niños no decimos ni chitón. Yo no sé, pero ¿el resto de la gente no tiene problemas con los niños?», dice esta madre que lleva la palabra sacrificio grabada en su piel y que prefirió esperar 15 días más para ver a sus hijos y así poder hacerse la prueba del covid y con todas las garantías: «El teletrabajo está muy bien si están los dos padres en casa y uno de ellos no trabaja y está con los niños. Pero además, no todos podemos teletrabajar. A mí lo que me sorprende es eso, que abren todo, pero para el problema de los niños no te da nadie ninguna solución. Me deja perpleja. A nosotros se nos planteó ese problema desde el minuto uno y dos meses después, seguimos en la misma situación», concluye quien puede hablar más alto, pero no más claro.

«Que dejen volver a mi mujer y a mi hijo conmigo»

SUSANA ACOSTA

A más de 8.000 kilómetros. Esa es la distancia que separa a Lorena y su hijo de su marido. El covid les cogió en Ecuador y desde entonces no pueden regresar. Solo quieren volver a estar juntos y que el Gobierno habilite un vuelo porque hay mucha más gente en su misma situación

Lo que en principio iba a ser unas vacaciones en Ecuador en casa de los abuelos del pequeño Daniel, se está convirtiendo en una auténtica pesadilla para Lorena Peralta y su hijo, pero también para su marido Daniel Rodríguez. La visita familiar está siendo un infierno para esta mujer de 31 años que no ve la manera de poder salir del país, después de que Iberia le hubiera cancelado su vuelo y el consulado español no le ofrezca una solución para salir del país y regresar a su casa de Oleiros, con su marido.

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