Xoán Fórneas: «Me encanta la gente normal, yo soy de aldea»

No sabe si su piel clara es la razón de que le lluevan personajes históricos, pero le ha vuelto a pasar. Este joven gallego, que se considera tímido, divertido y raruno, interpreta a Pardines en «La línea invisible», un guardia civil de Malpica que fue la primera víctima de ETA


Sus abuelos son dos de los pocos más de cien habitantes que tiene la parroquia de San Martiño de Goberno, en Castro de Rei, Lugo. El lugar al que regresa siempre que puede Xoán Fórneas (Lugo, 1993). Salió de allí, animado por sus padres, especialmente por su progenitor, para formarse y forjarse un futuro como actor. La capital tiene todo lo que le gusta: formación, oportunidades, oferta de ocio... pero también actitudes que no van con su manera de ser. Regresó a Galicia por trabajo, pero su personaje de Íñigo en Acacias lo llevó de nuevo a Madrid hace ya un par de años. Ahora, acaba de estrenar La línea invisible, la serie de Movistar que narra los orígenes de ETA.

-¿A qué te dedicas estos días?

-Estoy aprovechando para ver pelis, leer, hacer alguna clase online, aprovechando el tiempo...

-¿Qué es lo que peor llevas?

-Pues no lo llevo nada mal, quizás lo que peor es pensar que hasta junio no puedo ir a Galicia y se cumplirían seis meses desde que no estoy en casa. Pero en general, estoy bastante bien.

-¿No se te viene encima la casa?

-No, para nada, tengo la suerte de vivir en un piso exterior que tiene buena luz, unos pequeños balconcitos, y si en algún momento se necesita, puedo salir fuera. Por ese lado bien, no estoy agobiado, cumpliendo a rajatabla lo que se pide.

-Estrenáis la serie en un momento en el que la gente está consumiendo más televisión que nunca.

-Ojalá funcione bien, tengo muchas ganas de verla, personalmente creo que está muy bien. Todavía no la he visto.

-A ti te ha tocado el bando de los «buenos», ¿te hubiera supuesto algún conflicto haber hecho de etarra?

-No, realmente no. La escena que te mandan preparar para el cásting es un papel de ETA. Antes de ir a la prueba, leí que la primera víctima había sido Pardines (un guardia civil gallego), y al ver que era gallego, que teníamos una edad parecida, tuve una especie de conexión mística o un flechazo, pero incluso antes de saber que existía ese personaje. Pasó el tiempo, y me dijeron: ‘Te queremos ver para Pardines’. Ahí dije: ‘¡Qué fuerte, qué curioso!’. No me sorprendió que me llamasen por ser gallego, pero sí por todo aquello que había pasado antes. La línea invisible es cuando se les va, cuando exceden su libertad de pensamiento, y como actor tienes que estar dispuesto a contar de todo, desde alguien que está equivocado, alguien que pudo haber sido un asesino... No, no tendría problema. Una vez que me llamaron para hacer de Pardines, fue una responsabilidad y traté de hacer una representación de muchas víctimas. Da susto y presión porque quieres rendir un homenaje a todos y que, en la medida de lo posible, se lo tomen bien.

 

-Un tema delicado pero necesario también para una generación que ya cogimos el conflicto muy enquistado, abordar cómo y por qué empezó todo ¿no?

-Efectivamente, yo que soy un poco más joven que tú [risas], tampoco en Historia nunca me han hablado de esto, y en el momento que empiezo a leer cómo acontecen las cosas y qué fue lo que pasó, te das cuenta de que nadie nos lo ha contado. Este país tiende a olvidarse de las cosas, nunca hace un ejercicio de memoria.

-¿Crees que dará que hablar?

-Yo creo que sí, en esto de la Historia siempre hay gente con opiniones enfrentadas. Para sanarnos, si queremos superarlo, hay que contar un relato objetivo de los hechos. Yo cuando estuve leyendo, muchas asociaciones de víctimas decían esto mismo: que hay que contarlo de manera objetiva, porque si no, no sanará. Y es lo que se ha intentado hacer. Es difícil ser objetivo en un tema como este, porque nunca sabremos exactamente la historia más objetiva, pero ha habido un trabajo y un esfuerzo por conseguirlo. Gran parte del equipo era de Euskadi, otra parte catalán y otra de Madrid, y nadie se ofendió, había consenso de que estábamos contando de la manera más fidedigna posible los hechos históricos que se demostraron.

-Es difícil no empatizar, incluso con Xavi, el líder del movimiento radical, por mucho que sea el «malo». Al final ponerle cara al conflicto también tiene este riesgo ¿no?

-Date cuenta de que este movimiento en Euskadi es anterior a la guerra civil, hablo de la ideología política nacionalista, hay una guerra entre medias y una sociedad oprimida, y lo más fuerte es que son chavales muy jóvenes. Al principio parecía que había buenas intenciones, de luchar contra una represión, pero de pronto se les va de las manos. Es verdad que Xavi iba a matar, antes de matar a Pardines, pero lo de Pardines parece como «o tú o yo», porque si lo hubieran detenido, no sabemos qué podía haber pasado.

-Tu personaje: breve pero intenso, porque al final eres protagonista, primer muerto de ETA.

-Traté de hacerlo desde un lugar respetuoso, componiendo el personaje. Al final era un tío al que le gustaban mucho las motos, la velocidad, estaba en un buen momento cuando le pasó todo, era feliz y a la vez también era guardia civil, con lo que implica, había que ponerlo en situaciones en las que se tiene que empoderar. En algún momento pensé en ponerme en contacto con su familia para tener más información, porque había muy pocos datos sobre el personaje, pero vi que les echaba un poco para atrás esto, estaban un poco enfadados porque cayó en el olvido, nadie recuerda que es la primera víctima. Pero resulta que una de las mejores amigas de mi madre, que veraneaba cerca de Malpica, lo conoció, y un día mi madre le contó que estaba grabando la serie. Conocía a la familia y a él, me dijo algunas cosas de las que se acordaba y dije: 'Bueno, pues al menos esto que aparezca’.

-Por ejemplo.

-Que era un chaval muy majo, con una sonrisa muy llamativa, había algo tierno en ella, era muy querido, muy buena persona.

-Tanto que aprendiste a neutralizar el acento y mira tú por donde lo sacas más que nunca...

-Sí, sí, total. Yo hablo gallego en mi casa de toda la vida. Pardines era de Malpica, pero me dijeron que yo tenía un gallego muy bonito de Lugo y que era complicarlo demasiado intentar calcarlo, y que como también era un proyecto nacional no era necesario. Me dijeron: ‘Mejor ir con tu acento’. Eso sí, procuré intensificarlo para diferenciarlo un poco del vasco, porque para mucha gente somos «gente del norte». A nosotros también nos pasa, a veces nos cuesta diferenciar un acento de Murcia de uno de Granada. Yo me inspiré mucho en mi abuelo.

-¿Tu padre también quería que te dedicaras a la interpretación y que no vuelvas por Lugo? [Risas].

-No, mi padre siempre quiere que vuelva por Lugo. Yo tengo la suerte de que mis padres, y especialmente mi padre, siempre me apoyó. Cuando terminé el bachillerato, en el 2011, me cogió toda la crisis, ahí yo ya tenía claro lo de la interpretación, pero mi madre siempre me decía: ‘Haz algo que te asegure, algo más...’. Y mi padre siempre me dijo: ‘Tú haz lo que tú quieras, lo que se te dé bien’. Siempre me animó, a irme, a hacer lo que quisiera, pero siempre tiene ganas de que vuelva.

-¿Y vienes mucho?

-Siempre que voy a Galicia, voy a mi aldea, voy más allí que a Lugo. Mis padres viven en Lugo, pero los fines de semana van a la aldea, que es la segunda residencia, y mis abuelos también están allí. Mi aldea es mi casa.

-¿Los directores de los cástings te ven cara de antiguo?

-No lo sé, podría ser... Como soy blanquito sobre todo en invierno... Soy un gran fan de las películas y series de época, así que como yo lo admiro tanto pues digo..., pero sí, es verdad, estoy tratando de que me saquen un poco de ahí.

-Con esos ojos casi del futuro.

-Vienen de mi familia paterna, aunque mi madre también tiene los ojos claros, pero el azul es de mi abuela, de mi padre, de mi bisabuelo, de mi bisabuela... todos tenían los ojos azules. Mi madre los tiene claros, así que iban a ser claros de por sí. La ceja también es paterna.

-Clavadito a tu padre.

-No lo sé, siempre me han dicho que me parezco mucho a mi padre, pero también a mi madre. Yo creo que soy una mezcla, pero el ojo y la ceja son de mi padre.

-Hay muy poquito sobre ti, hasta la fecha de nacimiento que circula por Internet te pone años...

-Eso lo llevo fatal, no me gusta ni cumplir años, ni hacerme viejo, ni nada... Pero hazme el favor de poner del 93 y que lo vayan interiorizando. [Risas].

-¿Cómo es Xoán?

-Soy un tío bastante divertido, simpático, a veces puedo ser tímido en lo personal, cuando conozco a alguien. Raruno, raro no, pero tengo mis peculiaridades, igual lo veo más en Madrid, porque como somos tantos y tan diferentes... Soy bastante normal. Apasionado de mi trabajo y de la gente. Me encanta la gente normal.

-Desde que estás en Madrid en contacto con este mundo, ¿has conocido a muchos «no normales»?

-Puede ser, sobre todo, porque en este trabajo hay mucha competitividad, muchas envidias, y suelen ser... gente que se sale de lo normal, quizás por inseguridad, por mostrarse más, por llamar la atención... Pero lo más fuerte es que la gente más grande que he tenido la oportunidad de conocer es la más normal. Muchas veces tienes prejuicios. Yo mismo estaba cagado por este rodaje, pensaba: ‘A ver esta gente cómo es, dónde me estoy metiendo’, y al final todo lo contrario. Me gusta la gente normal, las señoras... Es que soy de aldea.

-¿Y cómo alguien de aldea sobrevive en una ciudad de tan poco apego?

-El primer año fue de ajustarme un poco. El ritmo de la ciudad, solo como camina la gente es distinto, ten un formigueiro no cu y se te acaba pegando. Cuando voy a la aldea, me dicen: ‘¿Pero adónde vas caminado como un loco?

-Mientras no te salía nada como actor, trabajaste como cantante en un crucero.

-Ha sido uno de los trabajos más guais que he tenido nunca, ha sido una experiencia...

-Nos llevas ventaja en lo de no pisar la calle.

-Una de las imágenes más imponentes que tengo es estar en medio del mar y no ver tierra. Aislamiento total, sin cobertura, como un reality show. Fue un trabajo muy chulo, conocí gente de todo el mundo, trabajaba en barcos de 18 plantas, son pequeñas ciudades flotantes. Iba por el Mediterráneo, cada tres o cuatro días podíamos tocar tierra.

-Además de arte dramático, tienes formación musical.

-Yo me especialicé en teatro musical, ahora lo he dejado un poco de lado, no porque no me guste, pero el que hay hoy en día no me llama tanto la atención, y también ahora estoy más centrado en ser actor, pero no olvido lo de cantar.

-¿Cantas en casa o necesitas público?

-Canto, canto, no necesito público, de hecho cuando es un público reducido lo paso fatal. Me da bastante más vergüenza un público de cinco personas que uno de 2.000 o 3.000.

-Te vienes arriba.

-Total, de hecho estas cosas de «cántanos un poco», las llevo realmente mal, pero amo la música y me gustaría poder... Mi amigo Miguel Canalejo, un actor gallego, y Lucía Estévez han hecho una web serie que van a presentar en el festival de Carballo, y ya anuncio que va a haber una sorpresa.

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