«Dejamos la ciudad para ser felices en la aldea»

Cambiaron el ritmo de A Coruña por la vida en el campo. Y lo hicieron abriendo las puertas de su casa y de su experiencia volviendo a la aldea a través de Instagram. Esta es la historia de Pili y Davizón


«Hemos plantado en el medio del temporal nuestro primer limonero y un ciruelo japonés. ¡Esperemos que los pobres no se estresen mucho!». Ellos son Pili Casals y David Díaz, Davizón, dos coruñeses que abandonaron la ciudad para vivir en el rural. Para recuperar los ritmos de la aldea. Los dos son, desde enero de este año, ciudadanos de Irixoa, un municipio con 1.333 habitantes, donde en el ayuntamiento conocen a los vecinos por el nombre, donde la gente se saluda cuando se cruza por la carretera, donde un día puedes recibir por sorpresa la visita de una vaca: «Aquí es fácil que un vecino se acerque y te pregunte, ¿has visto pasar una vaca por aquí?».

«Sabíamos que queríamos una vida más cerca de la naturaleza y también recuperar los tiempos de la aldea, que no son los mismos que los de la ciudad. Aquí si un día te encuentras con un tractor parado en el medio de la carretera porque un vecino está hablando con otro, pues esperas. A nadie se le ocurre ponerse a tocar el claxon», explica Pili. No están solos en esto, tienen una familia cibernética que los acompaña: Vacas Nómadas es su perfil en Instagram y Facebook, donde tienen una comunidad de fans que sigue día a día su paso de la ciudad al campo, sus dudas, su aprendizaje y el paisaje que los rodea. «Nos escriben para decirnos: ‘¡Qué bien os está quedando la casa!’, para darnos ánimos y también para corregirnos y darnos consejo». Porque si algo tienen claro Pili y Davizón es que ellos quieren vivir en el campo como lo hacen sus vecinos: aprender de ellos y de sus costumbres. Compraron una casa con finca: «Y va a seguir siendo una casa de aldea, no queremos transformarla en otra cosa». De momento, están trabajando para crear un gallinero con materiales reciclados: «Los vecinos nos van ayudando y nos dicen dónde podemos comprar las gallinas, cómo tiene que ser el gallinero, qué se les da de comer…». También esperan tener ovejas para que les ayuden a cuidar del terreno. Y su idea es crear un huerto para autoconsumo. «Un día le pregunté a un vecino dónde podía comprar grelos, y me dijo: ‘¿Por qué no los plantas tú?’. Y tenía razón», cuenta Pili.

IR A IRIXOA, EL MEJOR PLAN

Cuando les contaron a sus familias que se querían comprar una casa de aldea se echaron las manos a la cabeza: «No entendían nada. Nos decían ‘estáis locos, no sabéis lo que es pasar un invierno allí’, y que por qué no probábamos antes a vivir de alquiler en una casa. Tampoco entendían por qué veníamos a Irixoa, porque no teníamos familia aquí». Pero un día de comida en familia al aire libre en la casa de Pili y David les hizo cambiar de opinión: «Mi madre está encantada, quiere venir cada dos por tres», cuenta Pili. «Mi padre, que está jubilado, vino un día con una sierra a podar unos árboles. Ahora quiere venir todas las semanas a pasar tiempo aquí». Entre los amigos y conocidos pensar en disfrutar de momentos en esa casa se ha convertido en el mejor plan.

A Pili y a David se les iluminan los ojos contando sus primeras experiencias en Irixoa. «Tenemos de todo. Hay un súper, una ferretería, una farmacia… El ayuntamiento tiene un gimnasio para los vecinos. Solo tienes que pedir la llave. Es como un gimnasio privado». Hacen la compra por la zona y se están aprendiendo las ferias que se celebran en el entorno para aprovechar al máximo las ventajas de vivir en un paraíso. «Poco a poco vas conociendo, vas encontrando tus sitios para ir a comer donde ya te conocen. Como estamos a 15 o 20 minutos de Betanzos y Guitiriz, podemos decidir adónde queremos ir. Por ejemplo, el otro día queríamos tomar algo al mediodía y dijimos :'Vamos a Guitiriz, que como ya es Lugo te ponen tropecientas tapas'». «Nos decían que aquí íbamos a estar solos, pero estamos rodeados de gente». Se sienten arropados por los vecinos: «Hasta el cartero es como de la familia». Su intención es compartir su forma de vida con más gente.

«Queremos tener una vida más sostenible, pero consiguiendo hacer un impacto positivo. Nuestra intención es generar algún tipo de modelo de negocio que nos permita a nosotros vivir de ello, pero que impacte positivamente en el entorno local», explica Pili. En la casa van a crear un pequeño apartamento: «Queremos que sirva de trueque». Intercambiar experiencias y conocimiento.

EXPERIENCIA SOSTENIBLE

Creen en la bioconstrucción y abren las puertas de su casa a todo el que quiera colaborar y aprender con ellos en su pequeña aventura: «Tenemos una profe que es experta en trabajo con materiales naturales, como la cal o la arcilla, y que va a hacer que las paredes interiores de la casa tengan un acabado en barro. La idea es hacer el proceso como un tema abierto para que el que quiera venir con su familia, con sus niños, venga y aprenda. Que la gente pueda pasar una jornada rural con un ocio activo». El concepto de participación forma parte de su ADN: «Ya lo hicimos con nuestra boda». Pili se emociona al recordarlo: los dos consiguieron involucrar a sus 200 invitados en el proceso. Crearon un grupo de Facebook y sus amigos y familiares participaron con ellos decidiendo la temática, creando la decoración… «Fue emocionante porque todo el mundo que estaba allí tenía la sensación de estar en algo propio». Los dos insisten en que están aprendiendo y disfrutando de la experiencia. Además del apoyo de su familia, de sus fans de las redes sociales y del cariño de los vecinos, hay otros tres compañeros que están encantados de que Pili y Davizón se hayan empadronado en el rural: son sus tres perritos, Bogut, Klay y Pipa. «Estar aquí, caminar por el campo, descubrir las flores, los colores… Es algo maravilloso». Son los nuevos neorrurales digitales.

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