Estreno en el Vaticano


El Vaticano es un territorio ficticio. Un Estado minúsculo en el que mandan hombres en falda, con unas normas refractarias a la modernidad y que fundamenta su poder en un pasado que arrancó hace veinte siglos. Todo eso se respira en ese puñado de hectáreas incrustado en el corazón de Roma, fascinante por singular y que en los últimos años, justo cuando se aventuraba su decadencia, se ha convertido en una sustanciosa fuente de inspiración para la ficción. El último giro en el guion de esta singular institución fue la renuncia de Benedicto XVI como Papa y la convivencia, de facto, de dos Papas que para algunos representan las dos almas de la iglesia: la latina y la europea; la espontánea y la estricta; la alemana y la argentina.

De ese insólito matrimonio beben las últimas series de Sorrentino y Meirelles, a los que es fácil imaginar fascinados con el guion que la realidad va escribiendo. El último episodio coloca al riguroso Joseph Ratzinger como víctima de una trampa editorial que quiere sacar partido de las tensiones que esas dos almas papales representan.

EL DEBATE SOBRE EL CELIBATO

La historia se sabe: un cardenal conservador, opuesto a las tesis ventiladoras del papa Francisco, publica un libro en el que trata de cortar el debate que Bergoglio ha abierto sobre el celibato sacerdotal y estampa la firma de Ratzinger en el volumen, convencido de que su presencia reforzará al bando católico más conservador en una guerra que el Vaticano teme. En Italia se habla ya de una ‘operación editorial’ de la que Benedicto XVI habría sido víctima, como demostraría la extraordinaria decisión que el emérito tomó el martes, instando a la retirada de su firma de un volumen que ya es de coleccionista. La música de fondo la mejoran los trombones del otro Papa, que en una pastoral critica «la esquizofrenia pastoral» de los sacerdotes que «dicen una cosa y hacen otra». En el sustrato, la posible manipulación de Joseph Ratzinger, de cuyo estado real de salud apenas se tienen intuiciones.

El episodio confirma la histórica capacidad que el Vaticano tiene para consolidar ese mito que la convierte en una institución dominada por la intriga y el secreto, una atmósfera cautivadora para tantos creadores, incluido Francis Ford Coppola que en su Padrino III recoge la desconcertante y súbita muerte de Juan Pablo I y el descomunal escándalo del Banco Ambrosiano, con desfalcos, mafia y asesinatos de por medio, en un relato muy de este mundo. En esa tradición tan terrenal se enmarca este nuevo capítulo de los dos papas, empeñados en competir con grandes realizadores para escribir el mejor guion.

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