«Amarse libremente es aún un pecado en muchos sitios»

Natalia de Molina no se despide, vuelve a la pantalla con «Adiós», un «thriller» flamenco de venganza. La Elisa de Isabel Coixet confiesa quién manda en su corazón: «Mi madre es el amor de mi vida. Casi todo lo hago para regalárselo, por todo lo que pasó»


No, no pertenece a la saga de los Molina. Sí, siente que la suerte le sonríe, porque se lo trabajó. «Me siento como la chica humilde que sale de la nada, y se ve de pronto en la alfombra roja, en Berlín, con Isabel Coixet. Ni en mis mejores sueños...», dice Natalia de Molina (Linares, 1990). La actriz vuelve el próximo viernes, día 22, a la pantalla con Adiós, «que tiene acción, violencia, drama, pero si algo marca la diferencia en esta película es su corazón». «Es una película con mucha verdad, que duele. La trama principal es el de un padre y una madre que pierden a su hija en circunstancias complicadas. La película es la búsqueda de respuestas a algo que nadie está preparado para vivir», avanza.

-¿Una historia de venganza?

-Sí, pero Adiós también habla de amor. La presencia del flamenco es importante. La película tiene esa cosa de la entraña, de la pasión, de lo más visceral.

-Te toca ponerte de nuevo en la piel de una madre. ¿Qué les ha dado de ti y qué te ha dejado ella dentro?

-Yo le doy mi sensibilidad. He intentado que el espectador vea cómo empieza y cómo acaba, cómo la vida le pasa por encima. Y me quedo con todo. Todos los personajes que hago me enseñan mucho, siento que es más lo que ellos me aportan a mí que lo que les doy.

-¿Actriz para vencer la timidez?

-Creo que sí, hay algo que también veo en otros actores que admiro. Veo que hay muchos que son súper tímidos. De repente, encuentras un lugar donde puedes explorar cosas que no tienen salida en el día a día. Cuando empecé a estudiar teatro tenía muchos problemas a nivel social, para relacionarme. Mis juegos de niña eran siempre sola cantando, bailando, interpretando. Me grababa con una cámara que tenía mi madre. Hubo siempre en mí una inquietud hacia lo artístico, pero en soledad. En el instituto me apunté a unas clases de teatro con miedo, y descubrí un lugar donde podía dar rienda suelta a mi imaginación, sin juzgarme. A veces el problema es que nos juzgamos demasiado.

-¿Quién fue el primero que te descubrió? ¿David Trueba en «Vivir es fácil con los ojos cerrados»?

-Estudié Interpretación y empecé a hacer obras de teatro en la escuela. Desde los 16 hasta los 23 estuve haciendo cástings de todo lo que se pueda imaginar cualquier persona. Solía llegar a la final, pero al final no me cogían... hasta que David me dio la oportunidad.

-¿Encajaste muchos noes?

-Ahora pienso que quizá todas las veces que me dijeron no fue porque no era ese mi camino. Mi camino es este en el que estoy y no me arrepiento de nada. Quizá lo pasé mal, me decía «Joder, ¿por qué?», pero ahora lo comprendo. Los noes me han puesto los pies en la tierra. Y me han empujado a decirme a mí misma que sí. Es lo importante. Soy insegura, trabajo con emociones, con lo intangible. Hay que convertir los miedos en impulsos. Hay que decirse que sí.

-Has ganado dos goyas antes de cumplir 30 años. No han tardado en sonreírte el reconocimiento y el éxito.

-Si estoy donde estoy, fundamentalmente es por trabajo. Sí pudo haber suerte en los inicios, algo como que se debieron de alinear los astros para encontrarme en el momento y el lugar oportunidad. Pero eso no sirve de nada si no trabajas duro.

-De los goyas, ¿cuál te emocionó más, el primero por «Vivir es fácil...» o el que te dio «Techo y comida» frente a actrices como Penélope Cruz o Juliette Binoche?

-En los dos me quedé en shock. La gente me decía «¿Pero no estás contenta?». ¡Estaba asustada! Fue increíble verme ahí, no lo había imaginado. Verme nominada con las diosas de la interpretación, llegar con Techo y comida, que era una película que habíamos hecho con crowdfunding sobre un tema que nadie quería contar, arriesgando... fue muy mágico. Pero las dos veces han sido mágicas.

-Una de las cosas que dijiste al recibir el premio fue: «¿Esto es de verdad?». ¿Aún tienes esa sensación?

-Sí, claro. Son increíbles muchas de las cosas que me han pasado, como haber viajado por primera vez en mi vida fuera de España por un trabajo como actriz. Es un «¿Pero de verdad me está pasando esto, de verdad estoy en Berlín con Elisa y Marcela, con Isabel Coixet?». Yo soy un poco como Cenicienta, de familia humilde, saliendo de la nada, como una persona normal y corriente que se ve de pronto en la alfombra roja.

separadas.Greta Fernández (izquierda) y Natalia de Molina (derecha) son Marcela y Elisa en la película de Isabel Coixet
Greta Fernández (izquierda) y Natalia de Molina (derecha) son Marcela y Elisa en la película de Isabel Coixet

-¿Qué supone haber sido protagonista de «Elisa y Marcela», la historia del primer matrimonio homosexual que se registró en España?

-Ha sido un orgullo y un honor haberle dado vida a Elisa, haber sido parte de esta historia que no se había contado antes en el cine. Es importante que el mensaje se transmita, que no quede callado para la sociedad. Amarse libremente es aún un pecado en muchos sitios.

-¿Cómo ves el mundo, en qué punto estamos, avanzamos o no?

-La verdad es que pinta oscuro, pero creo que lo importante es buscar el lado más humano en un momento en que puede desbocarse el odio. Pasan cosas que te dices «¿Cómo puede estar pasando esto?». En las redes sociales la gente lo tiene fácil para explotar y soltar mierda. Es importante lanzar un mensaje más hippy o más naíf de respeto y amor. De humanidad. Nadie quiere ser infeliz, y a veces estamos tan solos... Creo que el arte y la cultura tienen, siempre lo han tenido, un compromiso con la sociedad. Son un espejo en que la gente se mira y mira su vida. Las cosas pueden ser diferentes. Más que nunca, hacen falta cultura y amor.

-¿Aún te dicen eso de «Tú viniendo de esa saga de la que vienes...»?

-¡Sí!, porque piensan que soy de la saga de los Molina... Pero no, no tengo nada que ver. Tengo una hermana que también es actriz y en la familia de mi madre la cultura siempre ha estado presente.

-Has citado a tu madre como el primer referente de tu vida.

-Mi madre es el amor de mi vida. Muchas de las cosas que hago las hago para regalárselas a ella y verla feliz, por todo lo que ha tenido que pasar siendo mujer, soltera, con cuatro niñas, como ama de casa y sobreviviendo en un mundo que se lo ponía difícil. Soy la pequeña de mis hermanas, y he sido consciente de la dificultad de ser mujer desde niña.

-Nos invitas a abrazar el placer de las diferencias en «Kiki, el amor se hace», de Paco León, quizá tu interpretación más erótica-festiva.

-Fue todo un festival de amor y humor inteligente y pícaro, como es Paco León. Metí el pie en la comedia...

-¿Es cierto que de las escenas eróticas con Álex García te dejaron algún mordisco en la piel?

-Sí... Paco León para interpretar esas escenas nos ponía reguetón. Pero yo a Álex también le dejé algún rasguño, eh. Fue divertido.

-Cambio radical de registro en «Quién te cantará», de Vermut, demoledora. ¿Te costó mucho interpretar a una adolescente tirana y violenta con su madre; cómo conectaste con ella?

-Trabajando mucho, sin juzgarla, tratando de entender de dónde podía venir ese dolor. Lo que le pasa, en el fondo, es que no se siente querida. Cuando falta amor, la rabia y la violencia fluyen con facilidad. La maternidad es algo complicado. Y la adolescencia también. Vermut invita a hacerse preguntas. A mí es lo que me gusta del buen cine.

-¿Cuál es tu lugar en el mundo?

-Mi madre, mis hermanas y mis amigos. Donde estén, yo estoy bien.

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-Si el mundo se acabase mañana, ¿qué harías hoy?

-Puede sonar cursi, pero le diría «te quiero» a los que quiero. Porque no lo decimos mucho. Y es esencial.

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