«Gracias a mi trabajo viajo todo el año»

No están de vacaciones, pero se pasan el año haciendo maletas porque sus profesiones les llevan al extranjero. De Suiza a Carballo con escala en Latinoamérica destino a India. ¿Privilegiados? Sí, mucho

El croquis de Juan José es difícil de seguir. Carballo, Malpica y Suiza son los tres ejes sobre los que gira su vida, y no parece que tenga mayor problema por tener que dividirse a lo largo del año. Tampoco por llevarse el trabajo en la maleta. Suiza es su destino durante seis meses. «Desde hace ocho años soy gerente de un restaurante en la estación de esquí más importante ahora mismo allí, la de Laax. Paso entre cinco y seis meses en Suiza, y después vengo a Malpica y tengo aquí un campamento de surf, el Silfo Surf Camp», dice Juan José. «La verdad es que no paro», reconoce. Su base familiar está en Carballo. «Cuando vuelvo de Suiza vengo a Carballo, porque mis hijos van aquí a la escuela», dice Juan José, que tiene un planning anual de vértigo: «Me voy a Suiza desde noviembre hasta abril, de abril a finales de mayo estoy en Carballo, y en junio me marcho a Malpica hasta finales de septiembre. De septiembre a noviembre vuelvo a Carballo, y después me voy a Suiza otra vez». No, no es un trabalenguas. Es su rutina. Pero él dice que al contrario de lo que pueda parecer, lo lleva bien: «Sí, se lleva bastante bien. Durante la temporada de esquí la verdad es que estoy muy enfocado, porque es una estación muy grande. A mí me dieron un restaurante, yo lo llevo. Y claro, estoy muy centrado en ello».

Él fuera y su familia aquí

Este suizo-carballés reconoce que lo más difícil de su ausencia se lo lleva, en realidad, su familia: «Es más difícil para mi mujer y los niños, porque yo allí me despreocupo completamente de todo y me centro solamente en el trabajo. Y claro, cuando vengo para aquí les dedico el máximo tiempo posible, y ahora en verano estoy más con los peques. Sin embargo, en la distancia encuentra el secreto de la buena salud de su relación con su mujer: «Yo siempre digo que nuestra relación dura tanto porque es siempre esa novedad de verse, de echarse de menos». Pero con tanto movimiento, ¿dónde son sus vacaciones? ¿Es capaz de volver a hacer la maleta para irse a descansar? Pues sí. «Ahora, en cuanto acabe la temporada de surf, nos marchamos casi tres semanas para descansar un poco y desconectar. Este año toca Tenerife. Vamos a ver un poquito el sol, porque este año mucho verano no tuvimos». Y después de un invierno rodeado de nieve, se lo merece.

No se fue a Suiza por casualidad. Hijo de padre carballés y emigrante, nació allí y se animó a volver. «Como ya conocía Suiza, dije: ‘Lo voy a intentar, voy a probar’. Me fui y empecé como friegaplatos, rápido me dieron la oportunidad de meterme en la cocina y al año siguiente ya estaba de jefe de cocina en un restaurante español en el que daban tapas. Después de eso surgió lo de gerente en la estación». Esa decisión no la tomó porque encontrase dificultades aquí, sino porque le costó acostumbrarse a la forma de trabajo. «Me cuesta trabajar para alguien en España, por el sistema. Cuando conoces cómo funciona fuera y vuelves, te das cuenta de que las circunstancias, los derechos, cambian mucho. Aquí trabajar una hora gratis era: ‘Éche o que hai’. Y yo decía: ‘¿Pero por qué voy a trabajar una hora gratis?’, y te contestaban: ‘Es que el sistema es así’. Y bueno, tampoco es oro todo lo que brilla sobre Suiza, pero digamos que te puedes agarrar bastante a los derechos de allá», asegura.

Una situación como la suya, que es absolutamente elegida y nada tiene que ver con la de quienes se ven obligados a hacer la maleta para labrarse un futuro lejos de casa, le permite compaginar sus dos pasiones y sus dos países. Porque él, que creció en Suiza, tiene el corazón dividido entre Galicia y la nación del chocolate. «Gracias a mi trabajo viajo todo el año», dice Juan José, que de momento no se plantea vivir de otra forma ni asentarse del todo aquí.

Pero al final, la tierra tira tanto como para formar en ella la familia. «A mi mujer la conocí una noche de San Juan en un verano en el que vine de Suiza. Después, ella se vino allá una temporada y luego me vine yo a Galicia, me formé un poco más como cocinero en la Escuela Superior de Hostelería y así surgieron las cosas. Ya llevamos 16 años juntos y tenemos dos niños, uno de 16 y otro de 13», relata con la maleta a medio hacer y a punto de tomar rumbo a Tenerife. Otro vuelo que, como el resto, le traerán de vuelta a casa.

«Es un reto adaptarme a culturas diferentes»

Las oportunidades de crecer en la vida suelen ser una moneda de doble cara, una cuestión de poner en balanza lo que das y lo que te llevas, y ver hacia qué lado se inclina. Hace apenas un año, a Julio le propusieron un reto: dirigir las ventas en América y Portugal de la empresa en la que llevaba trabajando quince años: Geotexán, empresa española dedicada a la fabricación de geotextiles y fibras. «El mercado español había pegado un bajón tremendo en los últimos años y tuvimos que buscar oportunidades fuera».

En la parte negativa de la balanza: suponía no ver a su familia durante, por lo menos, una semana de cada mes. El contrapeso: se trataba de un proyecto muy bonito, un cambio muy refrescante en su forma de trabajar, el reto y aprendizaje constantes que supone absorber y adaptarse a formas de trabajar tan diferentes. Finalmente, el reto ganó a la comodidad y Julio se embarcó en esta aventura multicultural.

Ahora mismo, la mayor parte de sus proyectos están en Latinoamérica, donde se siente muy bien recibido. «En Sudamérica me he encontrado un gran cariño hacia los españoles. Me atienden muchísimo más cuando doy conferencias allí que aquí, en España». Sus esfuerzos tanto en el área de ventas como formando comerciales, unido al giro que ha dado su vida personal, han merecido la pena: Geotexán ha crecido, y Julio también.

Las diferencias culturales le han supuesto algún que otro momento difícil pero, mirando en retrospectiva, tiene claro que no se arrepiente para nada de haber aceptado esta propuesta. Hay veces que se hace más duro, sobre todo con un fin de semana y todas sus horas libres de por medio, pero él ha diseñado una rutina que usa como antídoto contra la morriña: aterriza en el país que sea en el primer vuelo de la mañana, llega al hotel, se calza las zapatillas e inmediatamente sale a correr. Durante el día trabaja, y cuando acaba sale a pasear y a impregnarse de la cultura que le toque en ese momento.

Un mercado indio en Perú, un paseo por el malecón de Lima, por la franja costera de Panamá, por las avenidas de Santiago de Chile... «Lo que más me gusta es aprovechar para conocer aquello que los turistas no suelen conocer de cada país, fijándome en la gente y en sus costumbres. Y ver los contrastes que son tan característicos de Latinoamérica».

«O ano pasado collín máis de cen avións»

Haz maleta, quita maleta. Esta es la acción que más repite este particular señor Miyagi coruñés desde hace cuatro años. En menos de un lustro, Carlos Santamarina ya conoce todos los países del viejo continente, sin excepción. Es soldador y su profesión lo ha llevado a ligar las estructuras de innumerables establecimientos del sector textil y tecnológico. Vive entre aeropuertos y centros comerciales, y reconoce que viaja «máis en avión que en coche». Calcula que solo el año pasado hizo más de cien vuelos.

Cuando tiene tiempo libre aprovecha para hacer turismo, sobre todo, si es la primera vez que visita la ciudad: «Se che empezo a dicir os países onde estiven temos aquí para unha hora. Europa recorrina toda. Algunhas fins de semana aproveitamos para facer visitas. Sobre todo, cando chegas por primeira vez a algún sitio. Noutras cidades xa non, como en París, que xa estiven cinco veces. Agora vou alí e xa non vou á Torre Eiffel», asegura este viajero que nació en O Pindo (Carnota), pero que lleva tiempo asentado en Culleredo.

Carlos sabe que es un privilegiado porque su trabajo le permite conocer muchos lugares, pero también opina que no todo el mundo vale para andar con la maleta a cuestas todo el día. De esas, de maletas, ya lleva unas cuantas destrozadas: «Non sabería dicir un número, pero unhas cantas», confiesa este orgulloso papá de una preciosa niña de tres años y de otro bebé que está en camino: «Carol -su pareja- aínda ten máis valor ca min. Porque ela ten que traballar, ten que ocuparse da nena e agora do que vén», asegura.

Si tuviera que quedarse con uno de los muchos países que ha visitado, elegiría Polonia. Él devora todo lo que llega a sus manos y que está relacionado con la historia de Hitler y del holocausto, y le impactó la huella que dejó en este país este negro episodio de la humanidad. También dice que le gusta su gastronomía, sobre todo las sopas que allí les daban cuando tenían que trabajar a veinte grados bajo cero: «Buf, iso quéntache o corpo rapidamente». Pero para comer, Portugal. Dice que después de España es el país donde mejor le sienta sentarse a la mesa. Y, por supuesto, cuenta con un sinfín de anécdotas con gallegos: «Estamos en todas partes», concluye.

«Al principio mi familia pensó que era una locura»

Despertarse cada día con la sonrisa puesta. En la vida de Laura Weiss no hay un patrón. Tampoco una oficina en la que pasar ocho horas cinco días a la semana. Su trabajo está en Brasil, Vietnam, India, Alemania... Donde surja, donde encuentre una oportunidad que la haga feliz: «Mi trabajo no es únicamente mi título universitario. Creo que cada uno de nosotros tenemos capacidades y cualidades únicas mucho más allá de ‘nuestra profesión’. Así que es lo que intento hacer: ir explorando diferentes campos siguiendo siempre lo que me gusta», cuenta.

Nueve meses fuera

En mayo volvió a Galicia después de estar ocho meses en Brasil, y durante el verano vivió entre Estados Unidos, Francia y Alemania para dar clases de yoga y meditación. Sus viajes con la oficina a cuestas varían: a veces se pasa solo dos meses fuera, otros se queda en el nuevo destino nueve meses. Aunque el yoga es desde hace años una de sus vocaciones -«aprendí primero con vídeos en casa hasta que pude hacer mi primera formación en India»-, Laura es arquitecta: «Estudié en A Coruña y, después de vivir en Barcelona, me mudé a Suecia, a Karlskrona, para hacer un máster en Liderazgo Estratégico hacia la Sostenibilidad. Fue un año conviviendo con personas de 26 países diferentes, formados en diferentes carreras, en el que aprendí muchísimo sobre mí misma y sobre el impacto que el ser humano tiene en la tierra. Y tras ese año muchos aspectos de mi vida cambiaron de cómo vivo y cómo me relaciono con la naturaleza. Creo que ese fue el comienzo de todo lo que vino después».

Su siguiente capítulo fue un viaje a Brasil en el 2014 que lo cambió todo: «Pasé un mes trabajando en favelas a través del programa Guerreros Sin Armas y, sin duda, fue un antes y un después en mi vida. Seguí viajando por Brasil visitando comunidades sostenibles para aprender más sobre arquitectura sostenible y social, y llegué a un lugar del que me enamoré y toda mi vida se empezó a deconstruir. Conocí otras formas de ver la vida, de vivir, de entender que al menos mi verdad no era la que la sociedad en la que yo vivía me había enseñado: trabajar, dormir, comer, casarse, comprarse un coche, una casa y tener hijos». Apartó la arquitectura del 2014 al 2018 y se sumergió en el yoga y la meditación. Aquí se convirtió en la Willy Fog de los trabajos por el mundo. «Como tenía una espinita clavada de haber dejado la arquitectura y la duda de si me estaba perdiendo algo, en el 2018 volví a Berlín y trabajé con Trujillo Moya Architektur, un arquitecto valenciano con base en Alemania. Y aunque el trabajo con él era una maravilla, no me quedó ninguna duda de que el trabajo normal de oficina no era para mí».

Alegría de vivir

Desde entonces su destino es viajar, formarse y trabajar como profesora de yoga y diseñadora gráfica allá por donde la intuición la guíe. Y, sobre todo, levantarse todos los días con una sonrisa en la cara: «En el momento que no tengo motivación o me entra desgana es como una llamada de atención para redirigir mi energía y tiempo en lo que realmente quiero hacer. Especialmente este año estoy sintiendo esa alegría de vivir, de estar viva, y de que mi trabajo aun siendo trabajo no me drena o me deprime, sino que me da más alegría y vitalidad». Cuando vuelve a casa, Laura cuenta con el apoyo de su familia: «Al principio pensaban que era una locura pasajera, pero tengo una familia maravillosa que pronto se dio cuenta de que cada vez era más y más feliz, y eso al final es lo único que realmente importa». De eso se trata, ¿no?

Yo tengo dos meses de vacaciones

Patricia García

Es el sueño de casi todos, desconectar durante ocho semanas del trabajo. Este joven autónomo demuestra que para hacerlo no es necesario ser billonario, solo un poco de organización. Y, por supuesto, también muchas ganas

En su casa, sus padres se quedan con los ojos abiertos cuando les cuenta sus planes. «Creo que empiezan a acostumbrarse, pero todavía se sorprenden un poco». Brais Piñeiro tiene 32 años y dos meses de vacaciones. Esa podría ser su carta de presentación. Aunque en el currículo de este joven de Oleiros, en A Coruña, hay mucho más: fotografía, surf, monitor de campamentos, voluntario para la limpieza de playas... «Solo tenemos una vida, así que hay que aprovecharla y disfrutarla haciendo lo que a uno más le gusta». En su caso, trabajar y viajar... Durante dos meses. Brais demuestra que no hace falta que te toque la lotería para poder despedirte durante ocho semanas de la oficina. Porque este autónomo disfruta del sueño de cualquier persona: estar ocho semanas fuera de casa, sin poner el despertador para ir a trabajar, sin comer de táper, sin «marrones» y sin pensar en los atascos de la vuelta del trabajo a casa.

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