El paraíso tiene nombre de superhéroe

ASÍ ES LA PLAYA DE LAPAMÁN. Unas vistas impresionantes de la ría, arena finísima y blanca, aguas cristalinas y unas puestas de sol que son un auténtico espectáculo. Si encima lo acompañas de un buen mojito, ¿se puede pedir más?


El acceso principal a este arenal con nombre de superhéroe no hace presagiar lo que te encuentras cuando pisas la playa. Aparece un auténtico cuadro de Monet nada más poner un pie en la blanca y finísima arena. La ría de Pontevedra se presenta ante tus ojos como un cuadro impresionista. El mar se abre a tu vista con una infinita paleta de azules y verdes. Al fondo, Sanxenxo, Raxó y Combarro. Y protegiendo la ría, Ons. El cuadro lo cierra magistralmente la punta de Beluso. Esa es la primera impresión y que te deja ya maravillado. Pero Lapamán tiene mucho más por descubrir.

 Pocos son los que van por vez primera y no quieren repetir. Este arenal es el punto de encuentro de los vecinos de Bueu, Marín y Pontevedra, pero también de un buen número de turistas que repiten cada año. Porque además de las visitas, el que es fiel a esta playa, va siempre que puede. Y cada uno tiene su sitio. Todo el mundo sabe dónde se instala tal o cual grupo. La zona principal del acceso es más familiar. También es la opción preferida por los turistas. Y a medida que avanzas hacia el final, se van salpicando los grupos de jóvenes. Ya en la pequeña cala de O Muíño Vello, el ambiente es mucho más juvenil. Buena culpa de ello tiene el chiringuito que lleva el nombre de esta cala y que ha conseguido crear una comunidad y clientela fija desde hace varios años: «Hay pandillas que vienen todos los días desde Vigo», explica Rubén Paz, que abrió las puertas de este emblemático local hace ya siete años y donde triunfan los mojitos: «Ponemos muchos al día. Incluso viene gente del otro lado de la playa a tomarlos», asegura.

Cuando sube la marea esta cala se independiza por unas horas de Lapamán. Pero eso no impide que la gente se siga instalando allí. Los hay que se mojan hasta la pantorrilla para poder dejar su toalla en el pequeño arenal. Otros prefieren subir por las rocas, cual cabra montesa, y ataviados con todos los bártulos. Todo con tal de no mojarse los pies. Y también los hay que optan por bajar por un pequeño sendero que da acceso también a la cala.

La playa del hombre lapa, como bien la ha denominado hace unos días Xabier Fortes, es el Caribe gallego con mayúsculas. La Galifornia de la que tantas veces se habla. La arena es tan, tan fina que si arrastras los pies con ímpetu, puedes crear una banda sonora a tu paso. Y tan, tan blanca es que deslumbra en las horas centrales del día. No hay palmeras, pero sí un abrigo de árboles verdes y frondosos, que bien podrías pensar que te encuentras en un arenal caribeño. Y el agua es tan cristalina que puedes verte la punta de los pies dentro de ella. Además, al ser una playa de dentro de ría, el agua no está tan, tan fría. Y el arenal es tan, tan llano que cuando baja la marea, la orilla se convierte en un ir y venir de bañistas en este improvisado y natural paseo.

Un paseo natural

Este particular paseo te permite ir caminando a los arenales de A Coviña y O Santo. Incluso puedes acceder a pie a la isla de este último arenal sin mojarte los tobillos. Todo un lujo para los adultos y una auténtica aventura para los niños. Eso sí, hay fanecas bravas, bravísimas, aunque depende del año. Son como los pimientos de Padrón, que unos pican... vaya si pican. El paraíso también tiene sus sombras. Si no estás acostumbrado, debes usar fanequeras, sobre todo, con bajamar. Durante la pleamar no hay tanto problema. Pero también hay un método infalible para evitar que te piquen. Arrastrar los pies mientras avanzas en el agua. Las ahuyenta y evita que pises su envenenado lomo, aunque Paz puntualiza que no es tan infalible: «Pican incluso arrastrando los pies», dice. En el peor de los casos, siempre podrás pedir amoníaco o agua caliente en los chiringuitos de la playa. Este último mucho más efectivo.

Amelia, que regentó el chiringuito del acceso principal durante más de 30 años y que ya se ha jubilado, tenía siempre el botiquín preparado. Era tan amable que solo con verle la cara ya parecía que te dolía menos. También está el bar de Lino, un clásico de la playa. Y donde Javier Solana acudía a primera hora de la mañana tras darse el paseo matinal cada vez que venía de vacaciones. Y en la bajada principal, el Arrieiro Playa, justo en las escaleras. Ideal para buscar sombra los días de mucho calor.

Punto y aparte tienen los atardeceres en Lapamán. Incluso hay quien baja solo para verlos. El cuadro de Monet cambia de paleta y los tonos ocres, rojizos e incluso malvas son un auténtico espectáculo. Pocos arenales hay con una puesta de sol tan bonita. Cuando Lorenzo cruza la línea del ocaso, deja una explosión de color en el cielo enrojecido, mientras las gaviotas aprovechan poco a poco para instalarse en la playa. Despedir el día en este arenal es un momento mágico.

Esa explosión de color se acompaña con el ritmo constante de las olas que llegan a la arena. Y se hace de noche, sin que apenas te des cuenta. Es Lapamán. El paraíso. Y llegas a casa renovado. Con el alma cargada de buenas sensaciones.

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