Pablo López: «Cuando toco el piano me quedo en pelotas completamente»

Es un tipo que toca todas las teclas, en especial la de la emoción. «No entiendo otra forma de vivir», asegura quien empezó amenizando el ambiente en el lobby de un hotel de Fuengirola: «Me entrego igual si toco para cuatro que para 20.000, lo importante es que vengan a verte a ti». El 21 de agosto llenará en Sanxenxo


Pablo López (Fuengirola, 11 de marzo de 1984) tiene fama de ser un tipo normal, de los que no son capaces de que se le suba la fama a la cabeza, y eso que su vida dio un vuelco de repente hace unos años, cuando dejó de tocar el piano en el lobby de los hoteles para ser el centro de todas las miradas hasta convertirse en el artistazo que es hoy. Fue Risto Mejide, con su mala baba, el que lo vapuleó en Operación Triunfo, pero en lugar de hacerle mella lo alzó con la fortaleza de los que vencen sus miedos de frente. Pablo se levanta de la siesta con toda la gracia y el buen humor, después de una noche de mucha «inspiración» para celebrar otro día: «Soy muy intenso, digamos que mi televisión tiene un poquito más de color que otras. Es cierto que ves muchas cosas, ves muchos colores, pero a veces te mareas». El próximo 21 de agosto actuará en Sanxenxo en el Maestral Music Festival, donde tiene el lleno asegurado: «Va a ser espectacular».

 -Dicen que eres un hombre pegado al piano, ¿es verdad?

-Mira, mira, para que me creas, ahí va, ¿lo oyes? [toca un minuto]. Estoy sentado al piano y de una manera maratoniana casi.

 -Para ti el piano roza la locura, ¿puedes estar tocando a cualquier hora?

-Sí, roza el delirio prácticamente porque a veces se me olvida comer, desayunar, cenar, que es de noche y que es de día, y no es ninguna bohemia trasnochada ni es mentira. Es un amor hermoso, un poco peligroso, pero bueno.

 -No tienes vecinos, entiendo...

-No tengo colindancia, es algo que busco siempre porque es un instrumento con una ingeniería muy basada en la vibración. Suelo sufrir un pelín de vudú a estas alturas del verano; mis vecinos me intentan matar cuando se abren las ventanas en Madrid [risas]. Yo, de hecho, he escrito hace poco una canción que se llama Aire que empieza diciendo: «Me conocen por culpa del aire»... Es un transmisor maravilloso de la música. Porque, claro, algunos abren las ventanas para dormir tranquilitos y a lo mejor estoy yo aquí, a las cinco de la mañana, con Orozco berreando y entonces quieren matarme a mí y a toda la música española [risas].

 -Yo si fuera tu vecina te cantaría: «Fuera, vete de mi casa, ya no eres mi amigo» [risas].

-Eso estaría bien, ja, ja.

 -¿Eso se lo has cantando a alguien?

-No, creo que jamás tendría el atrevimiento de hacerle eso a nadie.

 -¿Es verdad que eres un intenso?

-Sí, a nivel de leyenda. Soy intenso hasta poniendo el lavavajillas [risas], en serio. Prácticamente para comprar el pan. Eso tiene unas consecuencias a las que me expongo cada día y que también afecta a algunos amigos y a mi familia. Pero también tiene cosas hermosas, es como si mi televisión tuviera un poquito más de color que otras. Ves muchas cosas, ves muchos colores, pero a veces te mareas.

 -Siempre con la emoción a flor de piel.

-Sí, no entiendo otra manera de vivir. Mi madre el otro día me mandó vídeos de cuando era pequeño y acababa de llegar a casa el piano de pared, y me recordaba ella que yo iba por la calle mirando cuánto corrían los coches. Y si uno en vez de ir a 160 corría a 200 me parecía maravilloso, que la vida era maravillosa, sigo siendo una persona emocionada. A veces tengo una especie de rechazo a la gente que no se da cuenta de que pasan cosas extraordinarias todos los días. Merece mucho la pena pararse a que se te suba un poquito el vello.

-¿Cuál es el último riesgo que has corrido?

-Hacerle caso a los fantasmas que vinieron demasiado tarde anoche, cuando estaba dándole vueltas a la idea de una canción, hasta el punto de que he cambiado todos mis planes, me he acostado muy tarde y créeme que cuando por suerte vives muy agitado mover 7 u 8 cosas un miércoles es una jodienda para mucha gente, pero qué bonito riesgo es amar, al fin y al cabo.

-¿Te cuesta mucho decírselo a la gente cuando sabes que te va a generar tensión con los demás?

-Sí, es un coñazo. Siempre la puerta de mi casa está abierta, siempre, siempre, pero a veces me cuesta. Porque si yo muevo una parte de mi flequillo, tiene consecuencias. Y lo único que quiero es hacer canciones, que es para lo que he luchado siempre, no para tener una casa grande ni para vestir de una marca, sino para dedicarme a tocar el piano que tengo aquí enfrente.

-¿Te acuerdas de la mayor propina que te dieron cuando tocabas en el hotel?

-Sí, me dieron un billete de 50 euros en el hotel Beatriz Palace de Fuengirola, que tiene unos 15 años o así. Yo entonces tocaba en el lobby y una clienta alemana se acercó, me dejó ese dinero, y pensé: «¡Madre del amor hermoso!». Yo entonces cobraba la leche, 70 al día por tocar tres horas el piano, mis colegas se estaban matando en las obras. Pero me dejó ese dinero, llamé a mi novia de aquel entonces y le dije: «Vamos a tirar la casa por la ventana». La putada fue que la señora alemana se sentó al piano y me dio un repaso porque tocaba impresionante.

-¿Qué canción estabas tocando?

-Your Song, de Elton John. Igual yo tengo una memoria un poquito obsesiva con los días en los que me he puesto a tocar. No es una fantasmada ni una falsa modestia, pero para mí ha sido igual de importante tocar en el hotel, iba igual de tenso y de concentrado, que cuando he tocado en el Palau Sant Jordi o al Wizink en Madrid.

-Te entregabas como ahora.

-Sin duda. Los pianistas de hotel tenemos que rendir cuentas a los animadores, y cuando de repente me decían: «Es que vienen unos golfistas y quieren escuchar este tipo de repertorio», yo era superdigno y me negaba a tocarlo, mandaba a un sustituto esas dos semanas y me iba. Porque yo me plantaba allí a las siete y media de la tarde a tocar concentrado, a veces no había nadie, o estaba mi madre o mi chica, pero yo tenía un piano delante y tocaba.

-No te vendes fácil.

-No sé muy bien qué significa exactamente venderse, pero yo no puedo negociar, es imposible. Yo no tengo hijos, no sé lo que se siente, pero tengo un respeto absolutamente vehemente, descarado y comprometido con la música. No lo puedo hacer hoy con 35 años y muchas personas delante y no lo podía hacer con 18 con dos personas en el hotel.

-¿Qué es el éxito ahora? ¿Qué te reconforta después de este cambio de vida?

-Que un día de sol a sol la extrema sensibilidad que tengo no me juegue una mala pasada. Te lo explico: a veces en los pequeñísimos detalles es donde encuentro el éxito. Hace poco estaba en Málaga, vi a mi madre que estaba guapísima, me quedé dormido en el sofá con ella mientras veíamos un concierto que tenía grabado y me sentí el hombre más afortunado en la tierra. Eso es el éxito. Y tener instrumentos para tocar. Yo toda la vida llevo yendo a tiendas musicales en donde me echaban por pesado, y ahora tengo todo lo que quiero: una batería, una guitarra, un piano… Puedo grabarme y nadie me dice nada. Eso es un exitazo. Es impresionante que miles de personas vayan a verte tocar, claro, eso me ha vuelto loco. Pero hoy, a esta hora de la siesta, para mí el éxito es el detalle de poder estar con mi madre, que me esté quedando dormido y que me diga: «Niño, cámbiate de postura que estás roncando». [Risas] Tenerla cerca, cerca de verdad.

-¿Tu madre es la que te pone los pies en la tierra y la que te dice si te ve subidito: «Pablo, bajalé»?

-Los pies en la tierra me los pongo yo desde pequeño, incluso bajo tierra. Soy muy autocrítico y muy buen enemigo de mí mismo, sí, sí…

-Hasta destructivo, dirías.

--Sí, no lo digo yo porque la semántica afecta al cerebro, pero tú lo has dicho. Totalmente de acuerdo. A veces me pido perdón a mí mismo por hacer una canción, va en el lote. Cuando un hombre tiene la posibilidad de verse en un espejo que es complicado da mucho vértigo. Es mi caso.

-¿Y lo mejor de ti mismo?

-La fortaleza, tengo mucha más de la que me he hecho creer y de la que me han hecho creer.

-Fortaleza también para sobrevivir a Risto cuando te despellejó en «OT». ¿Tenías seguridad en ti mismo?

-No, no. Yo la fortaleza no la asocio a la seguridad, porque yo lo pasé francamente mal. La fortaleza es que sabiendo que lo vas a pasar mal, volviendo a un programa en el que va a estar él, sabiendo que vas a tocar en un sitio en el que no te van a escuchar, vas y tocas. Sabiendo que te da mucho miedo subir a un avión, vas y te subes. Esa es la cosa. Me he quitado un poco el miedo ya porque viajo mucho, pero la fortaleza es no huir. Es estar ahí, estar cagao y hacerlo. Hubo una época en que tuve que enfrentarme a cosas que me daban auténtico pavor, hasta la televisión, la primera vez que empecé a ir a La Voz.

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