Esta gallega es «hija» del Cid

Y PUEDE DEMOSTRARLO Lucía Golpe González ha dedicado 20 años a investigar el origen familiar. Una pasión que le ha robado muchas horas de sueño y de tiempo libre. Tirando de ese hilo se llevó varias sorpresas: por parte de padre es cien por cien gallega y por la de su madre desciende de Rodrigo Díaz de Vivar


No es que haya resucitado diez siglos después subido a Babieca, pero casi, casi. Si ya una vez estando muerto lo dieron por vivo y ganó una batalla, en esta ocasión ha hecho historia. Al menos la de Lucía Golpe González, la chica que ven en la imagen rodeada de papeles y antepasados, que ha rastreado sus orígenes hasta darnos este maravilloso titular YES. Ella es hija del Cid Campeador porque, tirando poco a poco del hilo de su árbol genealógico, y tras casi 20 años de investigaciones, se ha encontrado con la sorpresa de que por parte de madre, es decir, por su apellido González, desciende directamente de Rodrigo Díaz de Vivar y de su hija Cristina. El Cid tuvo tres hijos, María, Cristina y Diego (aunque en la leyenda se hablaba de doña Elvira y doña Sol), y Cristina tuvo a su vez una hija, Elvira Monzón, de la que proviene esta gallega nacida en Betanzos.

Un árbol de 30 metros

Lucía puede demostrarlo, además, con cientos de papeles, de partidas de nacimiento, certificados de defunción y de matrimonio, que ha ido recopilando a lo largo de todos estos años como respuesta a lo que ella define como una auténtica pasión. «Siempre he querido saber quiénes somos y de dónde venimos, soy Química de formación, pero después de dos décadas creo que no puedo llamarle de otro modo, lo mío es una pasión. Le he quitado horas al sueño, he aprovechado mis vacaciones para ir a meterme en archivos a rastrear papeles y así, pasito a pasito, he ido construyendo este árbol genealógico enorme».

Lucía me lo enseña en formato pdf (y doy fe de que es enorme), pero resulta imposible verlo en papel porque en un tamaño de letra normal, legible, ocupa 30 metros cuadrados. «Date cuenta -relata- de que entre el Cid y yo hay 33 generaciones, y en total he recopilado 2.000 antepasados».

«Yo sentía que necesitaba encajar un puzle -explica Lucía-, un puzle que empecé con la primera partida de nacimiento de un abuelo y poco más, pero de manera minuciosa fui organizando los datos que iba encontrando, buscando en el Registro Civil (que solo llega a 1870), luego en archivos de parroquias, en el archivo diocesano… Una pista te lleva a otra y tirando de ese hilo fui encadenando todas las vidas. Para mí fue fundamental dar con el Catastro del Marqués de la Ensenada (1750), conseguí sacar de él gran información».

Lucía se refiere, sobre todo, a información referida a la rama de la familia paterna, los Golpe, que tienen una casa en Churío (Irixoa), conocida como A Casa Grande da Fonte. «Allí han vivido diez generaciones de Golpe, toda mi familia por esa parte es cien por cien gallega, de los 300 antepasados que he identificado, absolutamente todos son gallegos, y casi todos de la provincia de A Coruña».

Mientras me cuenta esa historia, ella aprovecha también para mostrarme unos maravedíes que encontró en la casa de Churío. «Un día me dio por llevar un detector de metales para ver si encontraba algún tesoro», bromea..., o no tanto, porque de una bolsita pequeña saca un pendiente y más monedas, que dan cuenta de que esa casa ha tenido una gran vida.

«Cuando rastreas entre tantos papeles aparecen historias tremendas, por ejemplo, comprobé que a una antepasada mía la casaron a los 14 años con un hombre mayor y después ella creemos que se suicidó, por eso es posible que pueda haber sido enterrada en algún lugar de la finca, porque si se suicidaban no solían enterrarlos en el cementerio».

Esa es la rama Golpe. Pero por la parte de los González, la que llega al Cid, Lucía también tiene alguna anécdota curiosa. «Estaba atascada en la investigación y me di cuenta de que el lazo del árbol se rompía al llegar a Cuba; sin información directa de allí no podía avanzar, así que cuando pude me cogí un avión con una tía y nos pasamos 12 días recorriendo iglesias y todos los archivos de La Habana buscando datos, porque solo tenía uno de partida: la fecha de defunción de una tatarabuela, Eloísa Cabrera».

La pasión es contagiosa y ese esfuerzo mutuo entre su tía y ella dio sus frutos. Ese fue el momento decisivo, el instante en que su historia se engrandeció gracias a que encontraron un papel de un pleito del padre de la tatarabuela Eloísa. «Ahí supimos que nosotros descendemos de una de las cinco familias que poblaron por primera vez La Habana, uno de mis antepasados se casó con una indígena, Isabel de Cacanga, por eso después me resultó más fácil rastrear los orígenes, porque ya todos salían en los libros de Historia, estaba todo escrito». Y de La Habana al Cid fue un camino relativamente sencillo.

Vidas que dan vértigo

En estos 20 años Lucía ha disfrutado de un viaje en el tiempo, y aunque ha acumulado muchísima información, ha pasado de puntillas por alguna de las vidas de tanta gente. «Da un poco de vértigo, ves datos y datos, y de pronto en algunas historias te paras: entre mis antepasados hay uno que fue Familiar del Santo Oficio, que estaba ligado a la Inquisición. Ese hombre tenía siete hijos varones y por las actas de defunción me di cuenta de que justo cuando se muere él, en menos de un mes, fallecieron también cuatro de sus hijos, uno cada semana posterior. Eso te hace pensar qué sucedió, es inevitable que la historia te lleve».

Claro que después de hurgar entre tantos nombres es imposible no preguntarle si hay alguno que se haya repetido más. «En la rama de Galicia, la de los Golpe, predominan los Antonios, los Josés, las Josefas, las Marías y los Franciscos… Y en la otra hay algún Manuel, Gonzalo, Celia y he dado solo con una Lucía como yo, aunque con z, que vivió en el siglo XVIII». También ha encontrado a un bisabuelo, «hijo de soltera», que se casó con su bisabuela, una mujer que aparece en el registro como «hija de soltero». «A mí me parece curioso, no es muy habitual que no exista el nombre de la madre. De hecho, por esa parte no he podido saber más», explica.

¿Algún día vas a parar?, le pregunto. «Es imposible -responde-, no puedo, esto es algo que no se acaba nunca, aunque ahora es mucho más fácil con Internet y hay mucho material digitalizado ya. Espero que algún día esto le sirva a alguien, y que mi hijo Carlos, de 7 años, que es el único nieto de mi familia, tenga todo el material por si quiere seguir. Alguien tendrá que continuar la historia».

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