Ellos son los mejores

ESTÁN EN EL RÁNKING Estos profes gallegos han sido distinguidos por los premios Educa Abanca, que escogen a los mejores docentes de España. Propuestos por alumnos, padres y compañeros al certamen, sus lecciones más importantes son las de humanidad

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Recibir una clase de uno de estos profesores es un lujo. No tanto por encontrarnos ante algunos de los mejores docentes de España como porque los primeros en distinguirlos hayan sido sus alumnos, los padres o sus propios compañeros. Ellos fueron quienes les presentaron a los premios Educa Abanca, que eligen a los mejores profesores a nivel nacional. Un ránking en el que aparecen siete docentes gallegos, de los cuales hemos hablado con los cinco que han ido a la entrega de premios que se celebró en febrero en A Coruña. No olvidemos a las dos ausentes en la gala, Luz María Beloso Rodríguez, finalista en la categoría de la ESO y profesora en el IES As Barxas de Moaña, en Pontevedra, y Thais Pousada García, profesora de Terapia Ocupacional en la UDC. Ambas se preocupan, y mucho, de hacer pensar a sus alumnos. Algo que comparten con los cinco compañeros que ocupan estas páginas y que nos abren de par en par las puertas de sus aulas.

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Entramos en la del mejor profesor universitario de España. Víctor Arufe (Compostela, 1979), docente de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UDC en infantil, primaria y el Máster de Secundaria, es el primero en el top ten de su categoría. Todos los futuros profesores matriculados en A Coruña pasan por sus manos. Y qué manos. «Yo creo que nadie se considera el mejor de España ni nada de eso... Se trata de que los alumnos opinen y de que se reconozca la buena práctica», dice el flamante ganador, al que retratamos tal y como él suele vivir sus días: entre alumnos. Víctor es consciente de que la universidad es complicada: «Hay que ponerse en la piel de los alumnos, que pasan cinco o seis horas sentados escuchando clases magistrales. Y los tiempos de atención son los que son, entre quince y veinte minutos», reconoce. Y es por ahí, por la atención, por la que marca su objetivo: «Mi primer objetivo es que amen mi materia, y el segundo es que, si no la aman, al menos no la odien», bromea. Para eso tira de humor y de interacción. «Cuento anécdotas, chistes y utilizo muchas herramientas didácticas más allá de ponerse en tu púlpito y decir tu lección. Se trata de tener inteligencia emocional, que participen, que se sientan uno más y que no te vean distante. A veces cuesta, porque están acostumbrados a otro modelo de escuela, pero nosotros debatimos y reflexionamos en alto». Su método se basa en aprender jugando: «Es lo que se llama gamificación. Hago juegos de misiones secretas con voluntarios a los que les apetece participar. Es como una especie de juego de rol en el que ellos son agentes secretos que trabajan para mí, y les voy colgando vídeos en YouTube con las misiones».

CLASE DE «FIRST DATES»

Los programas favoritos de los alumnos también le sirven para atraerlos. Sus clases se convierten, por momentos, en el restaurante de First Dates o en las cocinas de Master Chef. «El primer día de clase, para romper el hielo, conocerles y que se conozcan, hacemos un First Dates. Reparto unas hojas para que ellos las cubran con intereses, inquietudes, defectos, virtudes... Luego hacen un avión con el papel, lo lanzan y lees el papel del avión que te cae cerca para intentar adivinar de quién es. No es lo mismo eso que presentarte ante un grupo con pudor», explica Víctor, que también consensúa el tipo de examen con sus alumnos: «Ellos eligen si lo quieren tipo test, de desarrollo o de relacionar contenidos. Les pido que lleguen a un consenso y que digan qué tipo de examen quieren. Después, les abro una plataforma para que ellos cuelguen las preguntas y respuestas que creen que yo debería preguntarles, que incluyo en un 40 % normalmente en mis exámenes. Pero que lo hagan ya es una forma de obligarles a leer, sintetizar y publicar. Desde ese momento, ya están empezando a estudiar».

El elegido como el mejor profesor universitario de España no está nada conforme con el sistema de evaluación numérico. «A veces aprobé a un 3,5 y suspendí a un 4,8. Para mí el número es muy relativo. Lo del cinco... Yo estoy en contra de ello. Si cambias las preguntas de un examen, va a cambiar la nota del alumno, todas cambiarían. No confío en que el sistema numérico evalúe mucho, aunque respeto a los compañeros que lo siguen».

En grupos tan grandes como los suyos, la parte emocional cobra todavía más importancia. «Son ya adultos sumergidos en una sociedad con muchos problemas familiares, económicos, fallecimientos... Al final tenemos que ser humanos, y esa parte está un poco descuidada en el ámbito docente», señala. ¿Te sabes la vida de tus alumnos?, le pregunto. La respuesta es instintiva: «Sí, yo tengo tutorías vitalicias, la puerta de mis despacho está siempre abierta. Soy muy activo en redes sociales, las tengo todas, y les sigo la pista. Me alegro mucho cuando vienen a consultarme algo años después y cuando consiguen la plaza». Su empeño, su vocación y su forma de dar clase le convierten en uno de los profes más queridos por sus alumnos, lo que no pasó inadvertido a la hora de concederle el primer premio. Calidad docente, satisfacción del alumnado, investigación y transferencia del conocimiento, proyección docente en la sociedad, formación y reciclaje de conocimientos, transmisión de valores, innovación y uso de las TICs son algunos de los criterios de valoración de los premios Educa Abanca, aunque hay alguno más que Víctor también cumple: las actividades solidarias. «Suelo organizar una recogida de juguetes en diciembre, pero una vez hice limpieza en mi despacho y lancé una convocatoria pública en la que regalaba libros. Al final fue una avalancha, acabó saliendo en los medios y todo», cuenta todavía sorprendido.

Ama lo que hace por encima de todo. «Todos los días tienen el mismo color en mi calendario, los domingos trabajo también desde casa, aunque para mí mi trabajo es mi hobby», asegura. Dejando a un lado tanta pasión, ¿la universidad, cómo la ves? ¿No le vendría bien algún que otro cambio?, le planteo. «Muchos, cambiaría los planes de estudio, algún profesorado... Le daría una vuelta a todo», responde. Y seguro que para mejor.

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«Aos alumnos dígolles que hai que ser persoas»

Directora y profesora de Matemáticas e Lingua Galega en 5.º y 6.º de primaria en el CPI Plurilingüe Virxe da Cela de Monfero e Irixoa, María del Camino Pereiro (Vigo, 1970) centra todas sus energías en que sus alumnos vean «que son capaces de facer calquera cousa que se propoñan se a afrontan con ilusión e se se apoian nos demais». Todavía aturdida por su nominación, cuando se le pregunta qué cree que la diferencia de otros profesores para haber resultado finalista del premio al mejor profesor de educación primaria, responde: «Eu creo que non teño nada especial, creo que o que tiven é sorte, sorte de ser parte deste centro», y hace un único comentario: «Creo no que fago, que ser mestra é algo máis que transmitir coñecementos. Debemos ser modelos de actitudes e comportamentos, actuando con responsabilidade e amosándolle ao alumnado que é necesario soñar e ter ilusión para alcanzar metas e que este camiño sempre é máis sinxelo se se fai en compañía. Sempre lles digo que o importante na vida é ser persoas».

Camino tampoco se siente demasiado identificada con el sistema de evaluación numérico: «Para min a avaliación vai máis aló dunha proba puntual. O importante non é que alguén, neste caso unha mestra ou o sistema educativo, te cualifique cun valor numérico, senón que cada persoa coñeza o que sabe, para que vale e onde o pode aplicar. Procuro facer os menos exames posibles e intento que sexan personalizados». Y es que en estas edades de sus alumnos, señala, el desarrollo evolutivo es diferente en cada niño «e non podemos pretender que as cualificacións numéricas determinen as intelixencias de cada un, e destaco intelixencias porque son múltiples e poden desenvolverse de diferente forma e a diferente ritmo».

Sus niños son capaces de programar un videojuego o montar y manejar un robot, «pero ao tempo que o fan, sen darse conta, están desenvolvendo o seu pensamento computacional e son quen de comprender o funcionamento da rede e de aparellos tecnolóxicos que son xa parte das nosas vidas». Esta es parte de su receta para motivarlos, pero no es la única: «Motívoos facéndolles saber que eles son os protagonistas e, polo tanto, responsables de como queren aprender. Propoñéndolles que establezan retos e soños e que loiten por acadalos, e que vexan que non sempre se alcanzan ao primeiro intento. Dígolles que sempre sexan eles mesmos».

¿Y qué le aportan? Pura vida. «Sobre todo frescura e alegría, sentirme como parte das súas vidas. Fan que subas as escaleiras co convencemento de que é posible mellorar o mundo, porque terán capacidade para facelo».

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«O máis importante é que vaian contentos a clase»

Xacobo (A Coruña, 1977) lleva curso y medio en el IES Urbano Lugrís de Malpica, aunque antes tuvo una peregrinación que le llevó a 17 centros en 11 años. Otra cosa no, pero experiencia le sobra. Y como finalista al premio al mejor docente de secundaria, parece que buen hacer también. «Que cal é o segredo? Tratar de pasalo ben na clase e reformular o xeito de impartila para que eles aprendan mellor, aínda que é difícil. Dar clase é como facer surf. Estás na mesma praia coa mesma táboa, pero poden virte ondas totalmente diferentes», asegura. Se le ilumina la cara al hablar de su materia. «Son profesor de Bioloxía e Xeoloxía, e iso significa que podemos dar todas as ciencias! Estamos no Plan de Mellora da Aprendizaxe e do Redemento (PMAR), no que entran as matemáticas, a bioloxía, a física e a química», cuenta ilusionado.

En esta particular playa en la que surfea, Xacobo intercala la teoría con las prácticas de laboratorio, los videotutoriales y el elearning a través de unidades didácticas interactivas. «Fágolles videoleccións que na clase poñemos en común e practicamos a gamificación, por exemplo con cuestionarios no móbil cos que o pasan fantástico. Ao mesmo tempo, iso permíteme facer análises de big data e saber exactamente en que preguntas fallan», indica. Y, por supuesto, «moitas, moitas prácticas». En definitiva, se trata de que sus alumnos participen y creen sus propios proyectos. «Iso xera motivación, crea ilusión, que é o máis importante que podes facer cun alumno, sexa bo ou mal estudante. O máis importante é que vaia contento a clase, porque ti es o creador dun espazo de aprendizaxe».

Sabe que la ESO es una etapa difícil: «É obrigatoria, por iso teñen que vir de boa gana. E tes que entender a psicoloxía do adolescente que tes diante», reconoce el docente, que se encuentra ante algunas actitudes poco receptivas. «Ás veces móstranse desafiantes porque poden ter problemas gordos na casa, e moitos xa cumpriron os 18 e tes que chegar a un acordo con eles», dice incidiendo en la importancia de la comprensión. «Unha man por riba do ombro ás veces senta de marabilla. Eles necesitan atención, conversación e man esquerda. Eu non son moito de partes, é moito mellor charla, charla, charla. A non ser que che tiren unha mesa á cabeza na clase, como me pasou na miña primeira semana noutro centro», relata. Pero eso ya ha quedado muy lejos, y ahora les tiene pillado el tranquillo. «Cando facemos un experimento no que poden ver e tocar a ciencia din: ‘aaah, que guai!’. E cando me piden facer unha foto para compartila, penso: Xenial, conseguino!».

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«El que saca un 4 no sabe la mitad que el que saca un 8»

Es de ciencias, pero no cree que los números sean la mejor manera de reflejar lo que sabe un alumno. Coordinador del club de ciencias del IES David Buxán de Cambre y de varios proyectos europeos, José Manuel Viñas (Vigo, 1968), profesor de Biología en la ESO y finalista en los premios Educa Abanca por esta categoría, considera que las medias son crueles. «Hace unos días lo decía alguien, que si tú sacas un 4 no sabes la mitad del que saca un 8. No sabes tan poco. En ese caso los números son dolorosos y no sé si los niños pequeños lo entienden. Vemos que se fijan muchas veces en las notas y yo prefiero decirles: ‘Esto lo sabes hacer y esto no lo sabes hacer’. Después de ver lo que sabes y no sabes hacer, yo puedo ponerte en esta evaluación un número, pero lo importante es que saben lo que les falta por aprender», asegura José, que se muestra aún más crítico con el sistema a partir del bachillerato: «El bachillerato me parece muy cruel, con chicos que por 0,25 no pueden hacer la carrera que quieren. Ni tienen menos vocación ni son menos válidos que los que sacan un 0,25 más. Yo no estoy de acuerdo con el sistema de selectividad, y sé que hay gente que se me va a echar encima y que dirá que hace falta evaluar de alguna manera a los niños que quieren entrar en la universidad, pero creo que la selectividad no es la herramienta».

El profesor señala que él prepara a sus alumnos como si fuesen atletas completos: «Puedo prepararlos para saltar y para hacer un montón de cosas, pero después veo que en otras ocasiones, en exámenes como el de selectividad, solamente se pide alguna prueba, solamente quieren un velocista. Sí, pero yo te entrego a una persona que tira jabalina, que hace salto de altura... es una persona completa, pero tú solo me vas a pedir una persona concreta. Y una persona que sabe hacer de todo posiblemente no sea el mejor velocista, pero ya hay gente que prepara a buenos velocistas. Eso sí, esos chicos solo van a valer para eso, después les costará mucho hacer otras cosas». Eso, dice, es lo que le duele del sistema actual, «que solamente se mida a los alumnos por los conocimientos que tienen, ni siquiera por las habilidades para solucionar problemas con esos conocimientos. No es nada fácil, pero como profe hay veces que te da la tentación de decirles: ‘Bueno, yo te enseño así y tienes que hacerlo así, y el mundo te lo va a pedir así, pero los exámenes te lo piden de esta otra manera’», confiesa.

EXÁMENES DE PENSAR

Con esta apuesta por la solución de problemas, ¿cómo plantea José sus exámenes? «Los niños pequeños me dicen: ‘Profe, tus exámenes son muy difíciles porque no pones ninguna pregunta del libro’. Nosotros aprendemos lo que viene en el libro, pero también les pongo casos prácticos como el de un examen que les hice a los de primero hace unos días, que era sobre la atmósfera, y había que saber leer un mapa atmosférico con sus isobaras, sus bajas y altas presiones... Es algo que vemos en la tele o en el periódico todos los días y tenemos que aprender a entenderlo», señala. Tiene muy claro el tipo de examen que nunca les pondrá: «Lo que no les hago es la pregunta: Enumera las capas de la atmósfera y explica sus características. No tiene ningún interés porque es vomitar lo que almacenaste ayer por la tarde, posiblemente en el mejor de los casos, cuando no puedes copiar directamente. Es mejor pensar sobre lo que se hace», defiende añadiendo que ese método es mucho más sencillo, porque «no te peleas con nadie».

Sus clases están basadas en el mérito indagativo, «que es como se hace la ciencia, investigando», y cree que cada vez más profes jóvenes se suman a él y centran sus esfuerzos en hacer que los alumnos se interesen por algo. «La forma de interesarse en muchas ocasiones no es ponérselo fácil. No está mal si en algún momento, cuando ya están un poquito entrenados, se frustran. No pasa nada, no todo sale a la primera», afirma. ¿Vivimos en un mundo en el que parece que los niños no se pueden frustrar? «Sí, y el mundo no es así. Estamos creando gente que no va a estar preparada para poder vivir en este mundo. Tampoco está mal que me guste un deporte, aunque no sea el mejor en ese deporte, e incluso veo padres que les exigen a sus hijos como si fuesen futuros profesionales», insiste.

Lo fundamental, más allá de los sistemas de puntos en casa o de la prohibición de sacar menos de un 7, es el refuerzo positivo. «Si además del mensaje del profesor que te dice, ‘pues, mira, lo estás haciendo mal’, tienes el mensaje de tu padre diciendo todo lo mal que lo hiciste, y aún encima ves que tu padre lo pasa fatal porque tú lo hiciste mal, creo que es una presión demasiado grande para los niños. Eso no quiere decir que no haya que exigirles a los hijos, porque veo que hay algunos padres que no les exigen nada, y tampoco se trata de eso. Lo que habría que exigir es el esfuerzo». Por eso en su club de ciencia la puerta está abierta para todos: «Nuestro club tiene una premisa, y es que el umbral tiene que ser bajo. Tú me puedes decir: ‘Mira, profe, yo quiero hacer algo de robótica pero es que no tengo ni idea de robótica’. ‘Pues bienvenido’», contesta José, que todavía no sabe quién le presentó al premio, pero no le importa en absoluto: «Mis premios son de los niños, no míos». Pues eso.

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«Es sacrificado, pero al ver su ilusión te da el subidón»

«Cuando fui a la gala de entrega de premios, me sentí un profe extraño», confiesa Rubén Molinero (Vigo, 1982), finalista del premio al mejor profesor de educación infantil. Y es que el docente del CEIP Balaídos de Vigo es, al igual que el primer y el segundo clasificados, de otra especialidad. «Ninguno de los tres éramos de infantil. Yo me presenté para educación física, pero como cuando oposité no había plazas, me examiné por infantil», explica. Hoy está encantado de ese cambio de rumbo que le trajo un trabajo que, asegura, «más que un trabajo es una vocación», aunque esta es una etapa sacrificada. «Son muy pequeños, dependen mucho de ti y hay veces que llegas bastante agotado. Pero al ver su ilusión, el descubrir todo un mundo completamente nuevo cada día, te da un subidón».

«¿Qué crees que tienes tú de diferente?», le pregunto. «Realmente no hay una respuesta concreta. Yo creo que las ganas. Es superimportante que un profe vaya ilusionado a clase», responde, aunque añade que quizás sí haya un elemento diferenciador: el uso de las tecnologías en infantil. «Ya sé que incluso hay detractores, pero creo que son herramientas que puedo llevar para que los niños aprendan y se diviertan. Primero llevé mi tablet, luego empecé con la realidad aumentada, con la robótica... Me di cuenta de que les ayudan a desarrollar su competencia digital, a trabajar las artes plásticas, a enriquecer sus dibujos, a crear cuentos con herramientas como Stop Motion...».

Y ellos se lo agradecen. Vaya que si se lo agradecen. «Tengo en casa un despachito en el que guardo regalos de todo tipo, dibujos, tarjetas, peluches... Porque antes de la plaza fui sustituto, y me iba cargado», asegura. Los padres, dice, también están contentos con él. A Rubén le presentó al premio una madre del ciclo anterior. «Para mí el mayor premio es ese. Siempre sale esa relación tensa entre familias y escuela, pero yo trabajo mucho en eso para que no sea así», dice el profesor, que está permanentemente conectado: «Tengo contacto por mail, por el blog de clase y a través de un chat directo con ellos. Es verdad que la contraprestación es que alguna vez recibo mensajes el domingo por la mañana o el sábado por la noche, pero ahí, a no ser que sea grave, espero al lunes para que no se genere una relación tóxica. Si es algo preocupante contesto, no me cuesta nada».

SU GRAN PREGUNTA

En esta misma línea, le gusta hacer partícipes de la educación de los niños a sus familias: «Les dejo entrar en clase para contar cuentos, hacer talleres...». Su secreto, revela, es lanzarles una pregunta: ¿Cómo queréis que trabaje con vuestros hijos? ¿Preferís que les suministre contenidos pensados para niños de 3 a 6 años o que trabajen otro tipo de habilidades sin darse cuenta? «De momento, me ha salido bien», añade. Aunque no es demasiado partidario de mirar hacia el norte, reconoce que allí respetan más el proceso madurativo de los alumnos. ¿Y las habilidades? ¿Se ven venir? «Sí, por eso creo que hay que trabajar en reforzar esa inteligencia innata y potenciar lo que más les cuesta. Beethoven componía melodías con cinco o seis años. En el sistema educativo actual, pasaría inadvertido. Con libro, libreta y clase magistral no se puede ver eso, no hay espacio. En infantil trabajamos por rincones, y ves claramente a los alumnos que van siempre al mismo material», indica.

Sus niños, apunta, «van a saber dónde viven, el color de su coche o la raza de su perro. La educación tiene que ser útil. No me sirve que se sepan los afluentes del Ebro si no saben cómo se llama el que pasa al lado del cole. Ahora lo importante no es saber los contenidos, sino conocer las herramientas para llegar a ellos. No tiene sentido memorizarlo todo, cuando puedes consultarlo en el móvil en 30 segundos, sino aquello que es necesario para hacer otras cosas». En definitiva, de enseñarles a vivir en este mundo. Y, con estos profes, irán sobrados.

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