¡Esto sí es un pincho! (y gratis)

AQUÍ LA BEBIDA NO VIENE SOLA sino que trae compañía, que por cierto es muy salada. Hay que ganarse al cliente, antes de que se lo coma la competencia. Por eso cada vez los pinchos son más sabrosos y contundentes. Pasen y prueben. Es gratis.

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LUIS MANUEL RODRÍGUEZ TANIA TABOADA Y MARÍA GARRIDO

Confiesa. Tú también eres de los que visualiza el pincho antes de apostar por un local u otro para tomar una caña. Las patatitas y las aceitunas ya nos saben a poco, y ahora casi exigimos salir comidos del aperitivo. Los que están detrás de la barra lo saben, y hacen todo lo posible para conquistarnos por el paladar. Desde una degustación de embutidos a un huevo frito o un señor cocodrilo (en la modalidad de filetitos). Con estas propuestas encima de la mesa, una caña se queda corta. Otra ronda se impone. El segundo plato se asoma y el estómago empieza a estar a gusto. Y todo esto por el mismo precio. Así quién dice que no...

En El Pinar, en A Coruña, van sobrados de generosidad. Pidas lo que te pidas de beber, te plantan encima de la mesa una minitabla de embutidos. Aunque lo de mini es un decir. Dos lonchas de jamón, dos de chorizo, dos de salchichón y un triángulo de queso. Además de contentar al cliente, la intención es dar a conocer el producto para que, si gusta, puedan llevárselo a casa, porque en este caso también disponen de tienda en el local. «Si das un buen pincho, la gente se anima. Aquí pueden tener la tranquilidad de que les estamos dando a probar lo mismo que se van a llevar a casa si lo compran, que no es lo mismo que llevarlo a ciegas. Se corta al momento, como mucho puede haber dos platitos hechos, y de las mismas piezas que si se lo llevaran a casa», explica Pilar Expósito, la encargada.

A partir de las diez de la mañana, los surtidos empiezan a volar por este local que lleva poco más de un año en la plaza de San Pablo. A la pregunta de si es rentable, porque todo sea dicho: los pinchos son regalo de la casa, la respuesta es la esperada. «Sí, hay que saber comprar». La combinación no siempre es la misma. Procuran variar para que se conozca todo lo que hay. Si hay mucho apuro, como suele ser a partir de las siete de la tarde, resulta imposible, pero como anden liberados se ponen a innovar. Fruto de esas ganas de sorprender nacieron las minipizzas, el pincho caliente que sale del horno cuando se acerca el momento de la cena. Lejos de hacer comparaciones, puede que estemos ante el pincho más potente de la zona. Lo que sí está confirmado es que de aquí se sale con el estómago lleno. Y es que como dice Pilar: «Manos que no dais, qué esperáis».

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QUESADILLAS

Una de las rutas turísticas más atractivas del occidente ourensano es la que tiene como eje a O Carballiño, con enclaves como el espectacular Templo da Veracruz, el parque municipal o el cercano Monasterio de Oseira, entre otros muchos. Pero a la hora de reponer fuerzas, es fácil integrarse en el bullicio de la villa y en locales como la tapería Casa Gelo (Perfectino Viéitez, 20). En esta abrigada calle peatonal, Gelo -sus allegados también lo conocen por Nené- y Rosalía son ya dos vecinos más con los que pasar una tarde agradable, con caña y pincho de por medio. Y tratándose de dos personajes nacidos en pleno valle de la Denominación de Origen Ribeiro, el vino tampoco es una mala opción -ni mucho menos- para amenizar la velada y, en ocasiones, salir con el estómago lleno, porque la actividad en la cocina se multiplica ante la vehemencia de sus propietarios a la hora de satisfacer a sus clientes/amigos.

Que si el filetillo con patatas marca de la casa, huevos fritos al gusto del consumidor y hasta quesadillas -mezcla de la tradición local con la que satisfizo a los emigrantes, más allá del charco-, son solo parte del repertorio culinario que acompaña a las bebidas como detalle de la casa. Y es que Gelo, Rosalía y cualquiera de sus colaboradores, intentan que nadie eche de menos alguna atención más.

Quizás por eso, siempre está preparado un jamón en su soporte, que tras la adecuada exhibición de corte del anfitrión, pasa al plato en lonchas para aliviar cualquier tertulia futbolera o reunión de amigos arreglando el país entre sorbo y sorbo. Porque el tema lo ponen sobre la barra los oradores, mientras que la pareja de hosteleros con tantas horas de vuelo ejerce de mediadora. No vaya a ser que alguien se vaya con hambre o sed, que esto es un bar.

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PINCHOS GIGANTES

Se encuentra en la Ronda Xosé Castiñeira, en plena capital lucense, y se caracteriza por el buen ambiente y la gran cantidad de pinchos y tapas gigantes que ofrece al cliente. El Punto de Encuentro, uno de los establecimientos hosteleros más concurridos de la ciudad de la Muralla, dispone de una amplia variedad de tapas para servir al cliente de una forma totalmente gratis. Tal es la abundancia de las tapas y pinchos que ofrece, que con un par de cañas, comes, meriendas o cenas. «Venimos casi todos los días después de salir de trabajar. Pidas lo que pidas, bien sea un té, un refresco o un agua, te ofrecen una tapa gratis. Puedes elegir entre seis o siete diferentes y, además de estar riquísimas, son muy contundentes», indica José Luis, un cliente asiduo a este local.

Son muchas las ocasiones en las que algunos se sorprenden de la tradición de este local en servir una tapa enorme con cada consumición. Esto, además de estar pasando la bandeja de pinchos por las mesas cada poco tiempo. «Venimos a media mañana a tomar el café y ya nos ofrecen tapa. Si no quieres, las camareras, que son muy amables, te ofrecen dulce o un pincho salado», cuenta Elena, que trabaja al lado de este local de hostelería y todos los días acude a hacer la pausa de media mañana.

Otros, como Fran, Marga y su pandilla, acuden todos los viernes al salir de trabajar para comentar la semana y planificar el finde. «Es nuestro lugar sagrado de los viernes. Nos reunimos aquí, estamos un buen rato charlando y ya vamos más que cenados para casa. Tomamos unas cañas y con ellas una tapa. A veces incluso bebemos más de lo que comemos porque son muy abundantes y hartan mucho. Siempre suelen tener ensalada de pasta, patatas bravas, ensaladilla, alioli, oreja o morro de cerdo... Además de que están muy ricas, son muy abundantes», explica esta pareja de Lugo. El Punto de Encuentro, un lugar idóneo de la capital lucense para pasar un rato agradable entre amigos y regresar a casa con el estómago lleno. Y todo después de haber tomado unas cañas o refrescos y simplemente pagar la bebida.

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LOS COCODRILOS

En Santiago hay al menos tres casos de bares cuya tapa ha ido más allá en la fama que el propio nombre del local. Ocurre con los tigres (Trafalgar), el Patata (Bar Negreira) o los cocodrilos, que pone el Abellá, que es el que nos ocupa. Se trata de una cortesía de esta casa de la rúa do Franco y es bastante singular, porque hablamos de una cama de patatas panadera recién hechas y crujientes sobre la que se ponen tantos bistecs como comensales hayan pedido una consumición. El tamaño es generoso y eso le ha generado a Jesús Romero algún que otro malentendido con los que no conocen la costumbre: «Algunos turistas piensan que nos hemos confundido o que pretendemos cobrar por algo que no han pedido». Cuando saben que se trata de una gentileza el rostro es otro, aunque incluso los españoles se muestran sorprendidos, porque en muchas capitales un plato así se cobra por una cantidad superior a lo que cuestan un par de vinos.

Romero trabajó algunos años como empleado en el bar Coruña, un histórico de la zona, y se puso por su cuenta en el Abellá en 1994, justo después del año santo que cambió para siempre la historia del turismo y la hostelería en Compostela.

Desde entonces, y van para bodas de plata, nunca ha faltado la tapa de cocodrilo -lomo, en realidad- salvo en cuatro o cinco días al año en los que la atención se complica en la barra y la cocina está desbordada por las comandas de las mesas. En una jornada normal, un viernes o un sábado agitado, la cocina del Abellá saca adelante del orden de cuatrocientas tapas de mañana, tarde y noche, lo cual requiere una disciplina y organización para que nunca falte material. «Si no ponemos la tapa algún cliente ya te mira raro», admite Romero, cuya esposa es la encargada de que cada día haya al menos ocho kilos de carne y cuarenta de patatas para que la maquinaria no pare. Apostar por una única tapa generosa les facilita el trabajo en parte, pero no es como una tortilla o unos embutidos, que se preparan y se dejan cortados para servir: «Esto da chollo. Aquí la cocina tiene que estar atenta a la petición del camarero y en el momento que reciben la instrucción, se echa la carne a la plancha y se fríen las patatas para que estén triscantes». Y cómo se agradece.

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