Esto parece Ikea


La arquitecta de A Barca confesó esta semana en La Voz que la ira vecinal que ha desatado la rehabilitación del santuario se debe a un problema de comunicación. Los lugareños entraron hace unos días en la ermita y dieron rienda suelta a su indignación al grito de ¡¡esto parece de Ikea!! Algo atávico despertó en los vecinos el diseño de inspiración sueca que tanto se valora en la ciudad. En Muxía reniegan de los aparadores Stockholm con una determinación que los convierte en una especie de héroes antiglobalización. Solo les faltaron las forcas para dejar claro que a los de la Costa de Morte no les conmueve la propaganda de la uniformidad, esa que ha conseguido que un apartamento en Malasaña y otro en Bombay sean de una similitud inquietante. En A Barca quieren que su templito sea lo que siempre fue, con sus muebles barrocos y su retablo. La invasión sueca solo les provoca desprecio y un impulso pirómano que tiene algo de purificador.

La arquitecta de A Barca se dolía esta semana en La Voz de que los vecinos han juzgado la reforma con el corazón y no con la cabeza. Se entiende el mal rato que debe de estar pasando pero esta reacción tan pasional resulta conmovedora. La pulsión, hoy, va por otros derroteros. El planeta avanza hacia una uniformidad adolescente. Quien conviva con un púber sabrá que en esos años se penaliza la diferencia. Por eso estos zagales parecen fotocopias, en el caso de ellas enterradas en kilométricas melenas e inevitablemente calzadas con unas Nike Airmax. Al mundo le ha pasado un poco lo que a este ejército de clones. Todo se ha vuelto demasiado parecido. Antes, viajar era una garantía de sorpresa. Cada país, cada ciudad, cada lugar era distinto al anterior. La comida, la ropa, los libros, los periódicos, la arquitectura, los horarios eran específicos y eso convertía cada excursión en una aventura apasionante que enriquecía, sofisticaba y relativizaba los principios fundacionales de tu identidad.

La cosa ha ido a una velocidad de vértigo. En los años ochenta, los pocos suertudos que habían ido a Nueva York  regresaban al pueblo cargados de cachivaches increíbles cuyas líneas los demás apenas podíamos intuir en las películas. Hacia el otro lado del mundo, un viaje a la India era lo más parecido al periplo africano del doctor Livingstone y el Tánger en el que se instaló Paul Bowles era, además de una patria emocional, un espacio singular y diferente a cualquier otro.

En el año 2001, poco después de los atentados de Nueva York, la heroína antiglobalización Naomi Klein, que estos días anduvo por España, publicó un revelador artículo titulado Entre el McMundo y la yihad en el que se lamentaba de una polaridad que no ha hecho más que sofisticarse.

Por eso el «esto parece de Ikea» suena como un grito de protesta, como una especie de desobediencia instintiva de los que son de Muxía y no quieren ser de ningún otro sitio.

Por Fernanda Tabarés Directora de V Televisión

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