TENGAN la certeza de que aprecio, en lo que se merece, un plan Galicia para la dotación de infraestructuras como el diseñado por los gobiernos. Verdad es que ese aprecio no deriva de un mérito propio ni de un esfuerzo de comprensión, es consecuencia de la experiencia acumulada en esta tierra y particularmente en Vigo. Ciudad donde, a poca memoria que se guarde y con independencia de la dirección y el sentido del viaje, siempre hemos estado abocados a entrar y salir en fila india. Con todo, el plan Galicia -a mi modo de ver- carece de algunos objetivos y prioridades que reflejan la ambición de un país y, si fuera el caso, de un gobierno: la educación, el conocimiento. Refuerzan esta opinión los hechos observados en el inicio del curso escolar. Mientras el discurso de la Consellería de Educación incidía en una hipotética ampliación del calendario escolar como un hito para mejorar la calidad de la enseñanza, la inauguración del curso escolar por el rey de España, en su acompañamiento a los gallegos el año del Prestige , celebraba la existencia en un colegio público de una iniciativa pionera: el uso generalizado de las tecnologías de la información y la comunicación en la enseñanza. La red de cable es un servicio publico en concesión administrativa. No parece desproporcionado considerar, como hicieron otros gobiernos autonómicos, que este servicio debería llegar a todos los centros educativos y que los medios que proporcionan la informática y las tecnologías de la comunicación son instrumento imprescindible para la formación en igualdad. Porque quizá puedan estar de acuerdo conmigo que una mayor calidad de vida no lleva pareja una mayor igualdad. La contraposición de mensajes entre lo mostrado como singular -a cargo de una altruista iniciativa privada- y propio de una educación de futuro para todos los gallegos, y el discurso de la consellería formulando su objetivo en la ampliación de los días lectivos, descubre las carencias de una política. Quizás una oportunidad perdida en el plan Galicia.