Ainoa Fernández, arquitecta: «El espacio influye en las personas: las puede sanar, pero también enfermar»

Carlos Punzón
Carlos Punzón NIGRÁN / LA VOZ

VIGO

XOAN CARLOS GIL

Especialista en diseño infantil, promueve la construcción industrial con viviendas terminadas en solo cinco meses

28 ene 2026 . Actualizado a las 01:23 h.

«No sabía cómo, pero desde pequeña he tenido claro que hiciese lo que hiciese, lo que quería era poder ayudar a la gente». Ainoa Fernández Cruces (Vigo, 1994) defiende que ese apoyo social se puede dar perfectamente e incluso de manera inmejorable como arquitecta. Se declara lejos de «la arquitectura de ego», de las competiciones que libra parte de la profesión por ver quién hace el edificio más alto, el más singular o llamativo. «Se olvidan del usuario, de que el principio fundamental de la arquitectura es dar apoyo en todo tipo de espacios, adaptarlos a quien lo va a habitar. La arquitectura de ego es olvidar al usuario, la gente les queda un poco lejos», recalca.

Ainoa Fernández no deja de investigar, asegura que trata de empaparse de disciplinas que aparentemente no tienen relación con su profesión: sociología, psicología, filosofía... Su objetivo es poder alcanzar aún más sintonía con las necesidades de una parte fundamental de quienes van a utilizar los espacios que diseñe: los niños.

Arquitecta y formadora con un máster en Arquitectura y Urbanismo por la Escola Superior Gallaecia portuguesa e inmersa ahora también en su doctorado en la Universidad de A Coruña, advirtió que apenas hay investigaciones sobre mujeres arquitectas en España. Eligió conocer de cerca la huella profesional dejada por Lina Bo Bardi y Pascuala Campos, radicada esta en Pontevedra. Conocer sus obras le hizo abrazar la idea de la arquitectura con perspectiva de género, valorar la importancia de dar soluciones a quienes sufren discapacidades y adaptar el mundo a los pequeños, los hogares y también las calles. «La inclusión en este campo es tener en cuenta a aquellos a los que se suele olvidar cuando se proyecta la arquitectura», dice.

«Yo vivo haciéndome preguntas y no encuentro siempre respuestas», cuenta Ainoa Fernández. En esa búsqueda encontró la neuroarquitectura, la rama de la profesión que combina la neurociencia y la arquitectura con un propósito: comprender cómo el entorno construido afecta a nuestro cerebro, a nuestras emociones, comportamientos y salud. «Claro que el espacio influye en las personas: las puede sanar, pero también enfermar», advierte la arquitecta viguesa.

Su idea es combinar la neuroarquitectura con la perspectiva de género, «caminar hacia una arquitectura más emocional, que no se tiene siempre en cuenta cuando proyectas, porque lo que se suele priorizar es el cumplimiento de las normativas», admite de manera colectiva. «Por eso me fui especializando, conociendo el impacto en el diseño del olfato, la vista... y cómo puedes extrapolar todo eso al ámbito infantil, incluyendo mobiliario adaptativo, evolutivo, que se va adaptando al crecimiento de los niños». Y añade Fernández Cruces una visión que puede levantar sarpullidos en su profesión pero que seguro logra adhesiones fuera de ella: «se construye casi siempre sin saber quién va a habitar ese espacio, salvo que hagas un proyecto personal o familiar».

Tiene claro que el color importa, que la temperatura acústica es relevante, que la iluminación es determinante para reducir el estrés, para favorecer la creatividad y la atención... «Eso deberíamos inculcarlo, llevarlo a los espacios de los niños desde el principio e incluso a su educación para que sepan que hay una gama de colores que les va a ayudar en su crecimiento evolutivo».

Habla de la casa del cuidado, de crear hogar, «porque las casas no son cajas sin más, de hecho, a un restaurante, a una cafetería no vas solo por la atención, sino porque te sientes a gusto».

Extrapola esa adaptación de las viviendas a las necesidades de los niños a cualquier otro espacio público, desde las mismas calles a los colegios, hospitales y, en general, a todo el urbanismo. «Es tan simple como pensar cómo hacemos los bancos, porque en vez de que tengan una única altura se podrían hacer con dos, lo mismo con el mobiliario de un restaurante... Pero no solo se trata de adaptarlo a los niños sino para cualquiera que tenga una discapacidad o una dificultad temporal. Las necesidades de los niños varían según van creciendo, pero los demás vamos a la inversa».

Ainoa Fernández, de niña en un parque
Ainoa Fernández, de niña en un parque Álbum familiar

En esa búsqueda y adaptación a las necesidades de sus clientes, Ainoa Fernández ha incorporado a su campo de trabajo también la vivienda industrializada, la que trabaja en su construcción con piezas encargadas y fabricadas de manera industrial, un concepto diferente al de las prefabricadas. Asegura que es una buena forma de rebajar costes, poner solución a la falta de mano de obra en el sector de la construcción y recortar plazos para terminar la casa. «En cuatro o cinco meses tienes la vivienda, y todo lo presupuestado se respeta, al no haber desfases por cambios en el mercado ante una excesiva demora, y se reduce a mayores, por ejemplo, el tiempo que la familia tiene que vivir de alquiler mientras no se acaba su casa», añade.

La arquitecta gallega trabaja en este campo con la firma vasca Búnker House, que se encargan de la estructura. Entre ambos cubren todos los pasos a dar, desde la tramitación de la obra, la solicitud de posibles subvenciones o incluso la consecución de licencias en solo un mes. «El cliente se desentiende. Tú pides y nosotros lo diseñamos contigo, porque yo te voy a ofrecer posibilidades para decidir lo que más te gusta. Aunque sea en una promoción, siempre pueden adaptar su diseño».