A Fraga, el paraíso perdido

La mitad de las casas de la vieja aldea de Moaña están vacías y solo subsiste un ejemplar de burro fariñeiro, especie autóctona protegida


Moaña

La mirada del viejo burro fariñeiro parece reflejar la nostalgia de un paraíso perdido. El animal es el único que queda de su especie en la zona. Antaño, constituía una ayuda imprescindible para los agricultores y molineros. A Fraga se ha convertido en una vieja aldea semiabandonada de los montes de O Morrazo, en el término municipal de Moaña. El bosque que le da nombre sigue siendo espectacular, pero los viejos árboles no se han librado tampoco de talas «excesivas», a juicio del colectivo Luita Verde.

Los escasos habitantes de A Fraga se resisten a que el lugar siga deteriorándose y piden la recuperación de este núcleo rústico protegido por la Xunta. Según la normativa, las viejas viviendas tienen que ser reconstruidas conforme a la fisonomía que tenían. Esto no ha impedido que se cometan algunas actuaciones que «desentonan del panorama», como un chalé demasiado vanguardista criticado por los vecinos.

Antiguamente había embalses cuya agua se utilizaba para regar los terrenos agrícolas. Hoy están invadidos por las silvas. Jesús Martínez, uno de los pobladores de la zona, lo ejemplifica con dos lavaderos completamente abandonados. En otras parroquias estos sitios donde las mujeres se reunían para hacer la colada se han restaurado, como en Meixoeiro, Sabucedo y Broullón. Aquí no.

Los caminos tampoco están arreglados. Hubo actuaciones en algunos viales pero las riadas se han llevado la capa del firme erosionando el suelo. «Si el pueblo estuviese limpio y arreglado, sería espectacular para el turismo», señala Martínez. Sabe bien lo que dice porque este morracense vivió durante lustros en la perla del Cantábrico. San Sebastián no desperdicia ninguno de sus atractivos. «En cambio, se hacen los locos con nuestra aldea», se queja este emigrante retornado tras muchos años de trabajo en Euskadi. Martínez pidió al Concello que le acondicionasen un camino que conduce a su casa, una vieja vivienda de principios del siglo XX que conserva el sabor de antaño. En la casa hay una lareira, un horno y un viejo lagar donde se hacía el vino para consumo propio.

A Jesús Martínez le contestaron que el camino no era público, así que depende del acuerdo de los vecinos que esté o no en perfectas condiciones de uso.

Agua por todas las esquinas

Dolores Piñeiro cuenta que «pasear por A Fraga resulta una experiencia reconfortante. Recordé mi niñez después de muchos años». A pesar de que la vía rápida agostó algunos manantiales y obligó a cambiar cursos de aguas, esta siguen brotando «por todas las esquinas». «La gente mayor se fue muriendo y la mitad del pueblo está en ruinas » se lamenta Dolores. Su casa fue construida en 1929. Una vieja taberna cercana similar a un furancho es el punto de reunión de los que viven allí. «Lo mismo que se ha hecho con los molinos de maíz de los siglos XVIII y XIX tendrían que hacerlo con las casas antiguas centenarias, recuperarlas», señalan los parroquianos.

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