Un paseo por las ruinas de Burbida

VIGO

Los edificios abandonados del Vigo romano estuvieron a la vista en el Areal hasta comienzos del siglo XVIII, cuando el empresariado catalán empezó a repoblarlo

03 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

L a vieja ciudad romana de Vigo podía visitarse hasta hace solo tres siglos. Como quien hoy va a las ruinas de Conínbriga, El Djem o Emerita Augusta. Estaban, eso sí, horriblemente conservadas. Pero quedaban en pie y a la vista edificios, fábricas de salazón, muros y necrópolis. Y los vigueses usaban estos restos para nuevas construcciones.

Lo señala el historiador Manuel Santos en su trabajo Arqueoloxía dun topónimo: o nome do Vigo romano. Un estudio que abre una nueva perspectiva sobre el origen de la ciudad, un importante puerto durante el Imperio que fue abandonado con la llegada de los suevos y cuya población se repartió por el Val do Fragoso. Una de las aldeas surgidas en el siglo VI de ese colapso fue llamada Vicus y de ahí, y no de la época romana, procede el nombre de Vigo.

Santos inicia su estudio recordando un libro muy conocido en la historiografía local: la Descripción Topográfico-Histórica de Vigo y su comarca, publicada en 1840 por el médico Nicolás Taboada Leal. Pero el investigador repara en «un enigmático texto», unas líneas de la parte final de la obra que ahora cobran todo su sentido. Allí Taboada habla del antiguo Vigo romano y describe las ruinas de la ciudad que aún estaba a la vista pocos años antes.

Escribe Taboada: «Era esta villa de Bigo en los tiempos antiguos muy larga y dilatada y de mucha población, que llegaba por la parte que mira al oriente hasta el sitio que hoy se dice del Roupeiro, que, por estar algo desviado de la mar para la pesca, se despobló, y todavía quedaron allí algunos moradores que en él habitan con su iglesia parroquial que hoy llaman de Santiago de Bigo».

El médico continúa describiendo las ruinas romanas que aún podían contemplarse a finales del siglo XVIII, momento en que los fomentadores catalanes repoblarán el Areal. Y como algunas de esas piedras fueron transportadas a otras zonas del municipio: «hay sepulturas de alabastro y piedras labradas traducidas allí de los antiguos monumentos y entierros de los antiguos pobladores de aquel tiempo gentiles con otras muchas láminas y piedras preciosas, que de estos sepulcros se quitaron y se ven hoy en otros edificios con sus letras y señales antiguas; y de ordinario se descubren otros debajo de tierra».

Taboada Leal relata que el Vigo romano fue abandonado, lo que él atribuye a dificultades para la pesca y a catástrofes como tormentas y terremotos. Manuel Santos sospecha que el colapso se debió al fin del comercio por la caída del Imperio romano.

La descripción de Taboada continúa así: «Toda aquella ladera (...) estaba antiguamente poblada de casas, edificios y arboleda hasta donde baja agora la marea, y con las inundaciones de la mar, inchientes de ella y avenidas de las aguas de los montes, terremotos y tempestades, que muchas veces se ofrece venir todo junto, se fue desaciendo y arruinando, con que ya oy selo cubre el mar y con la menguante de sus mareas da lugar á que los navegantes con mucha comodidad den carena á sus navíos dejandoles en seco».

El médico afirma que los restos del Vigo romano están a la vista, sobre todo en marea baja: «En el sitio que antes era población de casas, edificios y huertas de mucha estimación y recreo: lo sujetó y deshizo la mar, descubriendo cada día adelante muros de casas, monumentos, hornos de piedra de vobeda y otros de ladrillo por debajo de tierra que pregonan la antigüedad de sus primeros fundadores».

Y termina el texto narrando cómo los habitantes del Vigo romano abandonaron su ciudad y se desplazaron a las faldas de O Castro: «Toda esta población tenía antiguamente la villa de Bigo hasta recelosos sus naturales de las ruinas de los arrabales se quedaron en la eminencia de ella, donde agora está fuera de tales daños á la falda de su Castelo do Penso, donde ya oy está edificiado otro no de menos utilidad para su defensa con los adherentes para su fortificación».

Lo que Manuel Santos califica como «enigmático texto» cobra todo su sentido a lo largo de su investigación. En opinión del historiador, Taboada no hacía otra cosa que describir las ruinas de Burbida, si es que este era el nombre del Vigo romano, como propone.

Antes que Taboada, ya otros textos señalan la importancia del Vigo romano. Es el caso del Diccionario Geográfico-Estadístico de España y Portugal, publicado por Sebastián Miñano en 1830. El erudito escribe sobre la historia de la ciudad que era «pueblo antiquísimo, cuya fundación no consta, pero se sabe que era ya de consideración cuando los primeros romanos vinieron a España».

Pero la importancia de las palabras de Taboada es que describe exactamente las ruinas que tiene a la vista, tanto las que aparecen en el Areal con marea baja, como las piedras labradas que observa reutilizadas en otros edificios.

A finales del siglo XVI el Areal estaba ya deshabitado, tal y como lo demuestra un antiguo plano de Ávila y La Cueva. El resultado de ello no solo es que todo apunta a que Vigo era una ciudad y un importante puerto en la época romana. Sino que sus ruinas estaban ahí, a la vista, hasta hace solamente tres siglos.